Inés de la Cruz (Toledo, 17 de enero de 1570-Ciudad de México, 5 de septiembre de 1633) escritora y fundadora en 1616 del convento de San José de carmelitas descalzas, hoy Iglesia de Santa Teresa la Antigua, primero de esa orden en la Ciudad de México, junto con Mariana de la Encarnación.
Escribió dos obras: Fundación del convento [de Santa Teresa la Antigua], en 1625, y su Autobiografía, terminada el 3 de enero de 1629. También fue compositora de música sacra, y desempeñó oficios como administradora de bienes y tenedora de libros en el convento de Jesús María, primero, y después, en el convento del Carmen.
Inés de la Cruz se convirtió en ejemplo de vida monástica durante el ; es muy probable que Sor Juana Inés de la Cruz tomara parte de su nombre religioso de la fundadora carmelitana cuando ingresó al convento de San José de carmelitas descalzas, en 1667, pues era común que las novicias tomaran el nombre de la fundadora del convento al que ingresaban o de alguna de sus religiosas destacadas.
Familia Inés de la Cruz fue hija de Francisco de Castellet, natural de Valencia, España, y de Luisa de Ayala, natural de Toledo, residentes en Toledo. Su familia estaba compuesta por tres hermanos y tres hermanas, siendo ella de las del medio, entre ellos, su hermano Juan de Castellet, se convertirí en un rico comerciante en América y le ayudaría a Inés a fundar el convento del carmen en la Ciudad de México, en 1616.
Relata Inés que compartía la cama con sus hermanas, circunstancia de la que surgió su inclinación hacia la oración mental: solía despertarse en silencio, se arrodillaba al pie de la cama y oraba “sin discurso”, para no perturbar su sueño. Inés presenta esta temprana inclinación a la oración mental como una necesidad derivada de la vida familiar y se distancia de cualquier posible falta a la ortodoxia, que exigía la oración en voz alta.
Su madrina de bautizo fue su abuela, llamada Quiteria de San José a quien Inés le atribuye su vocación. Según dice Inés,[Quiteria] estaba consertada de ser monja en un convento de la regla mitigada del Carmen, llamado de la Encarnación, y en acabando de bautizarme, se fue a tomar el hábito, que sólo esto la había detenido: buen pronóstico de que el señor me prevenía de misericordias para ser suya.Inés vivió en Toledo hasta los 14 años, rodeada de su familia materna. Su madre, Luisa, tenía once hermanos: diez varones y una hermana que era monja junto a su madre, abuela de Inés, en el convento de la Encarnación de los carmelitas de Toledo. Las mujeres de su familia mantenían una estrecha relación con las carmelitas.
En su propio relato, Inés aclara que el convento donde residían su abuela y su tía pertenecía a la rama no reformada del Carmen, es decir, que no seguía la regla instaurada por Santa Teresa en sus fundaciones a partir de 1560. No obstante, Inés subraya su afinidad con las carmelitas descalzas y cuenta que, en Toledo, vivía junto al convento reformado fundado por Santa Teresa en 1569, al cual, deseaba ingresar desde niña.
En Toledo el padre de Inés desarrolló una profunda enemistad con uno de los hermanos de Luisa, su esposa. Inés explica que Mi padre se encontró con un hermano de mi Madre y, como dos enemigos mortales, cada día se acuchillaban, no valiendo todos los medios que se dieron para que tubiesen paz. Pusiéronles pena que uno no pasase por la calle del otro, y no aprovechó nada, porque en encontrándose reñían.No profundiza en las causas de ese conflicto, pero sí asegura haber sido ese pleito el motivo por el cual su padre decidió abandonar Toledo. En un primer momento, quiso regresar a Valencia y llevarse consigo a toda su familia, pero no pudo hacerlo, y decidió viajar a “las Indias”.
Así, Inés llegó a México a los 14 años junto a su familia. Al parecer, su madre y sus hermanas se lograron adaptar correctamente a la vida novohispana de la Ciudad de México, donde había una población española bien asentada, en estrecho contacto con una multiplicidad de ambientes y personas. Para Inés fue diferente, pues ella buscaba una vida distinta al proyecto de poblar y reproducirse que la monarquía castellana reservaba para las mujeres.
Formación Aprendió a leer y a escribir a los cuatro o cinco años, en Toledo, junto a su hermana mayor, donde una maestra de primeras letras, les enseñó oraciones católicas. Inés cuenta: "Deprendí muchas oraciones, y en brazos me llevaban por toda la vezindad, donde me daban muchos regalos porque las rezase. Pareceme tendría entonces quatro o cinco años, porque una cuesta que havía baxaba a gatas por no caer. Deprendí con gran brevedad a leer, de cudicia de saber la pasión de Nuestro Señor, y lloraba mucho, y como oía las vidas de los Hermitaños, me aficioné a imitarlos". Las lecturas religiosas parecen haber sido la base de su primera formación: "Deprendí muy presto a leer, y pasé todos los libros de Espejo de consolación y se me quedaron de memoria". Cita como sus ejemplos a Santa Catalina de Siena, a San Francisco de Asís y a Teresa de Ávila.
Inés se preciaba de su disciplina: "En la maestra a donde íbamos a deprender a labrar, y acudían más de cincuenta niñas; todas se holgaban, y jugaban, y las azotaban, y reñían, y yo estaba como muda, aunque no estuviese allí la maestra y así, nunca le di ocasión de reñirme". En general, Inés se consideraba una niña callada y pasaba el tiempo leyendo libros de devoción, mientras sus padres la escuchaban.
Durante su adolescencia, ya en México, su padre le enseñó a leer en latín y quiso que aprendiera música, pero -dice Inés- "yo no tenía inclinación a ella, y tenía mala voz, y desentonada, y así fue tiempo perdido, porque las liciones que me daban se me volaban presto, porque tenía la memoria ocupada". Entonces Inés quiso ser compositora: "Dixele al maestro me enseñara el arte de la música. Respondió no era ciencia de mugeres, y por lo mismo, me dio más gana de deprenderla (que fue en breve tiempo)". Así, las mujeres podían interpretar la música, pero no crearla. Inés se opuso a esta restricción y aprendió a componer; pero ella misma dice: "más como no tenía exercicio, no la pude usar; [lo aprendido] sirviome, con todo, para puntar libros en que aora cantan". En opinión de Mariana de la Encarnación, su compañera de fundación, era imposible interpretar la música que Inés componía:
...alcansó [Inés] consumadamente toda la siencia que pudo saber un maestro de música. No quiso Nuestro Señor se ocupase en siencia tan terrestre, como son todas las de esta vida, que la ocupaba su Magestad en otra mayor aún desde seglar, y según me decían sus padres y confesores, desde edad de tres años, y así permitió Nuestro Señor que teniendo la plática y ciencia de la música, no tubiese exersicio y prática porque jamás pudo entonar un solo punto (como se dice de San Agustín), de manera que las composiciones que hasía eran tan dificultosas (como ella no las entonaba) que no se podían cantar, con que quedó frustrada toda su ciencia.
Además de compositora y latinista, Inés de la Cruz era contadora. Ella cuenta: "Quando yo era niña me enseñó un maestro las cuentas, no más con veinte leiciones, y era tan chica que quando veína gente a casa, como a juguete me sacaba mi padre, para que viesen que bien hazía las cuentas". Estos saberes le servirían más adelante en su vida conventual.
Vida espiritual En su “Autobiografía”, Inés habla de su bautizo como el segundo hecho más importante para ella, después de su nacimiento, pues era una señal de lo que sería su vida futura. Desde que tuvo uso de razón, Inés siempre buscó dedicar su vida a Dios.
Cuando llegó a México, Inés no pudo entrar al convento porque su padre “venía pobre” y no tenía dinero para pagar la dote necesaria para su ingreso. Tardó cuatro años en ingresar al convento de Jesús María, el 22 de abril de 1588. No obstante, se llenó de tristeza, pues su deseo desde niña, cuando aún vivía en Toledo, era entrar a un convento de estricta observancia; este desconsuelo la llevó a desarrollar una enfermedad que le duró más de ocho años y casi termina con su vida.
Enfermó y sólo sanó cuando recuperó su objetivo. Inés recordó sus primeras motivaciones, y se movió "con huna behemente inspiración de procurar fundar un conbento" de carmelitas descalzas. A pesar de todas las dificultades presentadas, luego de doce años de dificultades y arduo trabajo, Inés, junto a Mariana de la Encarnación, fundaron el primer convento de carmelitas descalzas en la Ciudad de México.
Obras Compuso dos obras: La Fundación del convento de Santa Teresa la Antigua, escrita en septiembre de 1625, y su Autobiografía, redactada cuatro años más tarde, en 1629. La primera la elaboró con el propósito de relatar la historia material y práctica de la fundación que realizó en honor de Dios. La Autobiografía, por su parte, es un texto breve dirigido a su confesor, en el que narra de forma cronológica sus experiencias terrenales, entrelazándolas con sus vivencias espirituales.
La historia de ambos textos presenta notables diferencias. La Fundación se conserva en un manuscrito de la propia Inés, conservado en el archivo del convento del Carmen de Tlacopac, ubicado en el barrio de San Ángel, en la Ciudad de México. Se trata de un cuadernillo de 14 x 12 centímetros compuesto por 24 fojas. En la portadilla se lee: “Este cuadernito está escrito todo de letra de Nuestra Madre fundadora, Inés de la Cruz”. Este manuscrito forma parte de un volumen encuadernado junto con otros textos, el único que ha sobrevivido del antiguo archivo conventual, gracias a que las monjas lo preservaron durante la exclaustración del siglo XIX. Inés inició la redacción de su crónica el 5 de septiembre de 1625 y la concluyó el 16 del mismo mes. Era una autora experimentada que elaboró un relato breve y ameno sobre el proceso de fundación de uno de los conventos más importantes de la Ciudad de México. En apenas doce días, Inés logró condensar en veinticuatro páginas la historia de su empresa fundacional, narrando con claridad los doce años que le tomó llevarla a cabo.
La Autobiografía, escrita en primera persona y en femenino, fue publicada en el siglo XVII; sin embargo, ninguna bibliografía mexicana —desde el siglo XVIII hasta la actualidad— la ha incluido como autora ni ha mencionado esta obra. La autoría de Inés de la Cruz, no obstante, es incuestionable: el propio Carlos de Sigüenza y Góngora, cronista que transcribió el texto, así lo reconoció explícitamente. Su autobiografía Inés la cierra con lo siguiente:Para sola una cosa hallo que servirá, y es para que vuestra merced conozca quán lindo Dios tenemos […] sabiendo que a mí, que soy una pobre hormiguilla para nada buena, me […] haze nuevas mercedes, y tan grandes […] de que me hallo obligada a darle cuenta escribiéndoselas; y esto acabo oy tres de henero de mil siscientos y veinte y nueve años. Ynes de la Cruz.Para ese momento, Inés tenía 59 años.
Referencias
Categoría:Nacidos en Toledo Categoría:Escritoras de Nueva España Categoría:Fallecidos en Ciudad de México