La batalla de Nördlingen (, ) fue uno de los enfrentamientos armados más destacados de la guerra de los Treinta Años. Se libró entre el 5 y el 6 de septiembre del calendario gregoriano (del 26 al 27 de agosto del juliano) de 1634 cerca de la ciudad de Nördlingen, que estaba sitiada por el ejército del Sacro Imperio Romano Germánico. Para romper el cerco, Gustaf Horn y Bernardo de Sajonia-Weimar lanzaron un contingente de 25 700 sueco-alemanes a una batalla campal contra 33 000 hispano-imperiales de los ejércitos del Cardenal-Infante Fernando y de Fernando III de Habsburgo.
El terreno presentaba varias colinas de poca elevación que marcaban los puntos clave del combate. Tras tomar las primeras, que sirvieron como obstáculo, las tropas españolas frenaron el avance sueco en el Hesselberg, para después retirarse, por orden del cardenal-infante, al Albuch, donde se entabló el enfrentamiento decisivo de la batalla. Con varios asaltos fallidos, incluso algunos que dieron ilusiones de victoria a los protestantes, las tropas suecas cayeron derrotadas, lo que resultó en un contraataque contra todo el ejército de Horn y Bernardo, que fue derrotado y sufrió la captura de dos de sus tres comandantes principales. La batalla concluyó con la victoria decisiva del ejército hispano-imperial sobre el ejército sueco-alemán y el fin del dominio del Imperio sueco en el sur de Alemania, lo que precipitó la entrada de la Francia del cardenal Richelieu en la guerra.
En Nördlingen fallecieron más tropas suecas que en cualquier otra batalla campal de la guerra en la que participó el Imperio sueco, ya que las bajas del ejército sueco-alemán alcanzaron las 14 000. Con la derrota de la alianza anticatólica llegaron también las consecuencias inmediatas: la retirada de Baviera y, posteriormente, la Paz de Praga. Este conflicto se considera «el final para Suecia» (en este caso, la fase sueca de la guerra) y, en su mayor parte, para su ejército en Alemania. La entrada de Francia fue ante todo una reacción a la derrota total de los suecos, que les hizo perder todo el territorio que habían conquistado en Baviera y casi todos los avances que habían logrado en Alemania.
A pesar de la pérdida de gran parte del ejército protestante, los imperiales no lograron subyugar el norte de Alemania y volvieron a sufrir derrotas en las campañas anti-Habsburgo en los años posteriores a Nördlingen. No obstante, los historiadores suelen analizar el legado de este enfrentamiento como una comparación definitiva entre los modelos militares de infantería sueco y español. Con la victoria del cardenal-infante, se tiende a interpretar el resultado de Nördlingen como prueba de la superioridad del modelo español; sin embargo, otros expertos sostienen que ninguno de ellos era superior al otro, y que el desarrollo de la batalla estuvo determinado por otros factores, como la destreza táctica de los comandantes sobre el campo de batalla.
Antecedentes Evolución de la teoría militar Cuando se firmó el Edicto de Restitución el 6 de marzo de 1629 tras el fracaso de la invasión danesa de Cristián IV (derrotado en Lutter y Wolgast), Suecia se vio obligada a intervenir en la guerra por el bando protestante. En preparación para la guerra, Gustavo Adolfo tenía que montar un ejército formidable, ya que el rey apostaba el destino de su país en Alemania a pesar de tener recursos limitados. En 1621, durante las campañas de Gustavo en Polonia, se teorizó por primera vez el modelo sueco. Debido a que sus ejércitos tenían caballería inferior a la de los polacos, los suecos tuvieron que mejorar la infantería para poder combatir eficazmente contra sus enemigos en el campo. Gustavo reorganizó el ejército sueco al crear la brigada sueca en 1623, e introdujo un nuevo modelo táctico de infantería en Europa. Los regimientos suecos estaban formados, en teoría, por mil ocho hombres, equivalentes a dos escuadrones de alrededor de quinientos, similares al batallón neerlandés. El objetivo del modelo sueco era crear unidades de infantería efectivas y flexibles adecuadas para el uso de cualquier general en el campo. En batalla, los suecos se desplegarían en brigadas (lo que dio lugar al término «brigada sueca»), que constaban de cuatro escuadrones de tamaño completo o de más compañías en caso de haber sufrido bajas (en total, unos dos mil hombres en una brigada).
En realidad, el tamaño teórico de las unidades suecas no solía representar el tamaño real. Esto se debe a las diferencias en el reclutamiento entre las unidades y a las bajas sufridas durante las campañas. Lo mismo se puede decir sobre el modelo español. En teoría, el tercio tenía un tamaño máximo de tres mil hombres, aunque la mayoría no alcanzaba esa cifra, y los tercios españoles presentes en Flandes en 1633 rara vez superaban los mil quinientos hombres, con una media de 1436 por tercio. En cuanto a las tácticas del modelo sueco, era habitual disparar en salvas contra el enemigo para maximizar la potencia de fuego. Asimismo se había reducido el calibre de los cañones para que la artillería pudiera seguir el ritmo de la infantería. La caballería sueca también mejoró notablemente desde la guerra en Polonia. Los jinetes finlandeses —llamados «hakkapeliitta» o «hackapells» por su grito de guerra— tenían una «temible reputación» y siempre formaban parte del ejército de Gustavo. En 1630, el rey contaba para su ejército y la armada con 43 000 suecos y finlandeses, además de 30 000 mercenarios no pagados.
La fase sueca de la guerra El 6 de julio de 1630, el ejército sueco desembarcó en Stralsund con unos 13 600 soldados, a los que más tarde se unieron otros contingentes suecos y reclutas alemanes, con un total de 29 000 soldados (a pesar de que una tercera parte estaba enferma). Con recursos económicos limitados, una fuente importante de financiación para el ejército sueco fue la Francia del cardenal Richelieu, que dio unos 400 000 táleros de subsidios anuales a Suecia. Por ello, la alianza con Francia era clave para la continuación de la guerra, al menos durante los cinco años siguientes de apoyo económico francés. El 25 de diciembre del mismo año, los suecos iniciaron una ofensiva por sorpresa y expulsaron a los imperiales en Greifenhagen, lo que aseguró el bajo Óder.
Tras el desastroso saqueo de Magdeburgo por parte del ejército imperial, que dejó 20 000 muertos entre defensores y civiles, 16 000 soldados sajones se unieron al ejército sueco en el campo para la batalla de Breitenfeld el 17 de septiembre de 1632. Los soldados bisoños del ejército sajón fueron los primeros en caer derrotados por las tropas del conde de Tilly. A pesar de ello, el contingente sueco resistió los ataques imperiales hasta que la caballería de Gustavo logró repeler a la de Pappenheim, lo que dejó expuesto el centro imperial. Gustavo aprovechó la brecha y, tras alguna resistencia, derrotó al ejército imperial. La victoria sueca resultó decisiva y, en respuesta al saqueo de Magdeburgo, los propagandistas protestantes atribuyeron el desenlace a un «castigo divino». El conde de Tilly, que sobrevivió al combate, se enfrentó de nuevo al ejército de Gustavo cerca de Rain, pero murió dos semanas después en la batalla de Rain.
miniaturadeimagen|izquierda|Retrato del rey Gustavo II Adolfo, quien intervino en la guerra en 1630.
Los imperiales intentaron recuperar sus fuerzas tras las derrotas y, bajo el mando de Wallenstein, lograron vencer al ejército sueco-alemán de Gustavo Adolfo en la batalla del Alte Veste, a pesar de que Gustavo tenía esperanzas de restaurar su reputación con otra victoria. Posteriormente, el 16 de noviembre de 1632, Wallenstein se enfrentó de nuevo a Gustavo en la batalla de Lützen, donde el ejército imperial lograría defender sus posiciones contra el avance sueco hasta la llegada de Pappenheim con sus refuerzos. Lo que sucedió fue un combate sangriento entre la caballería imperial y la sueca, durante el cual murió el rey de Suecia. A pesar de este éxito, los imperiales aún se encontraban en una posición difícil, y Wallenstein se vio obligado a ordenar la retirada de sus hombres. Con la muerte de Gustavo Adolfo, el ejército sueco perdió a su comandante principal. Aunque esto dio ventaja a los imperiales, el emperador Fernando II del Sacro Imperio Romano Germánico decidiría despedir a su mejor comandante y Wallenstein fue asesinado en febrero de 1634. El ejército sueco quedó entonces bajo el mando de Gustaf Horn, un general veterano y distinguido por su gloria junto a Gustavo. Con ello, los protestantes aún mantenían la ventaja en Alemania y el ejército de Horn pasó a la ofensiva, esta vez con una campaña en el sur de Alemania, principalmente en Wurtemberg y Baviera.
Operaciones previas miniaturadeimagen|La ciudad de Nördlingen en el .
Dado que los imperiales querían expulsar a los suecos del sur de Alemania, el apoyo español resultaba necesario. Por tanto, la Monarquía española enviaría al Cardenal-Infante Fernando, hermano de Felipe IV. El 30 de junio de 1634, inició su viaje desde Italia mientras el ejército español marchaba a través del Camino Español por la ruta alemana, con el objetivo eventual de reforzar al futuro emperador Fernando III en Baviera. El cardenal-infante llegaría a Innsbruck el 21 de julio, donde se encontraban el marqués de Leganés, varios maestres de campo y coroneles. El ejército tenía que reunir al resto de las tropas españolas, incluidas las del ejército de Alsacia, las que aún marchaban desde Italia y las que habían participado en el asedio de Ratisbona, lo que hizo que se tardara en agrupar a todas las unidades. Entre ellas, el ejército de Alsacia fue responsable de la toma de Rheinfelden, una operación que aseguró el camino para el cardenal-infante hacia Flandes. El 16 de agosto, las fuerzas de Fernando III marcharon sobre Donauwörth. Tras tomarla, el ejército imperial avanzó hacia el noreste para poner sitio a Nördlingen, que solo estaba defendida por quinientos hombres.
Gustaf Horn y Bernardo de Sajonia-Weimar se reunieron en Ulm y marcharon hacia el este, aunque no tuvieron tiempo de impedir que los imperiales pusiesen sitio a la ciudad, cuyo asedio comenzó el 18 de agosto. Tras una revista general de la infantería y la caballería que tuvo lugar el 7 de agosto, el ejército español finalmente llegó a Kufstein el 18 de agosto. Viendo que las fuerzas sueco-alemanas de Horn y Bernardo se estaban aproximando, Fernando III pediría al cardenal-infante que acelerase su marcha hacia Nördlingen. El ejército español reanudó el viaje y, cuando llegó a Múnich, fue recibido por Carlos de Lorena. Junto con el contingente bávaro, continuaron la marcha con el propósito de reforzar a Fernando III en Nördlingen. El ejército del cardenal-infante llegaría a Nördlingen el 3 de septiembre. A continuación se produjo un bombardeo de la ciudad, que se prolongó hasta el 4 de septiembre.
Con estos acontecimientos, Horn, presionado por Bernardo, decidiría enfrentarse al ejército hispano-imperial en Nördlingen, convencido de que contaba con más tropas que los dos Fernandos, aunque en realidad ambos bandos tenían fuerzas similares en número, especialmente cuando se encontraron más tarde en el Albuch. Antes de la batalla, Horn recibió refuerzos de 3400 hombres de Cratz de Scharffenstein y luego otros 6000 a 7000 hombres de la guarnición de Wurtemberg. En total, los suecos contaban con 25 700 tropas junto con las fuerzas de Bernardo. En el bando hispano-imperial, el ejército del cardenal-infante, que consistía en unos 15 000 soldados perfectamente equipados, se unió a los 18 000 hombres del ejército imperial, con lo que la cifra ascendió a 33 000 en total. Con estas fuerzas, el ejército sueco-alemán inició su marcha hacia el campo de batalla para enfrentarse al ejército católico.
La batalla miniaturadeimagen|Mapa del campo de batalla y la ubicación de las colinas. Aunque de poca elevación, eran objetivos importantes que marcaban el campo.
Despliegue y orden de batalla