250px|thumb|Sofía, en un grabado de joven, autor anónimo. Sofía de Baviera (en alemán, Sophie von Bayern; Múnich, 27 de enero de 1805-Viena, 28 de mayo de 1872) fue princesa de Baviera por nacimiento, y por matrimonio archiduquesa de Austria y miembro de la Casa de Habsburgo-Lorena, «el único hombre de la familia», según declaró el canciller Clemente von Metternich. Fue la madre de los emperadores Francisco José I de Austria y Maximiliano I de México.

La Casa de Wittelsbach Miembro de la Casa de Wittelsbach, Sofía y su hermana gemela, María Ana, eran las hijas del elector Maximiliano IV de Baviera y de su segunda esposa, Carolina de Baden.

Los padres cuidaban personalmente de los numerosos niños, contrariamente a las costumbres de la época. Querían educar a estas personas de pensamiento moderno, que a pesar de toda la libertad de movimiento contenían ciertas reglas, tales como: puntualidad absoluta, que fue lo primero. Se decía que Sofía era la hija favorita de su padre, aunque estaba más unida a su madre, a quien amaba mucho. Ella adoraba a su hermana gemela y estaba muy unida a todas sus hermanas.

La electora Carolina fue la nieta del margrave Carlos Federico de Baden, soberano de un pequeño estado y de poca influencia (ni siquiera se trataba de un electorado) pero que limitaba con Francia y cuya política ilustrada era admirada en toda Europa. La electora tuvo muchas hermanas que hicieron buenos enlaces, haciendo que la familia entroncase con los principales tronos de Europa. Mientras la Francia revolucionaria se hundía en la guerra y el terror, su hermana Luisa, fue elegida en 1793 por la zarina Catalina II de Rusia para ser la esposa de su nieto, el futuro zar Alejandro I de Rusia. A partir de entonces, los tronos europeos se le ofrecieron a las princesas de Baden: Federica se casó con el rey Gustavo IV Adolfo de Suecia (que fue destronado en 1809); María se convirtió en duquesa de Brunswick; y Guillermina, en landgravina y luego gran duquesa de Hesse-Darmstadt.

El año 1805 comenzó con el nacimiento de las dos princesas bávaras y terminó con la victoria de los franceses en Austerlitz. El emperador de Austria, Francisco II, debió resignarse a aceptar el fin del Sacro Imperio Romano Germánico cuasi-milenario en el que reinaba desde 1792 y conservaba solo sus posesiones patrimoniales, pero debió ceder el Tirol y Vorarlberg entregados a Baviera que, al igual que sus vecinos de Baden, Wurtemberg, y Sajonia, se encontraban del lado del vencedor.

El emperador de los franceses, Napoleón Bonaparte, creó la "Confederación del Rin" de la que se adoptó la misión de "protector", a la que se adhirieron Baviera y sus vecinos. Por la gracia del emperador, Baviera, Wurtemberg, y Sajonia se convirtieron en reinos, mientras que Baden, cuyo apoyo a la política francesa no fue considerado suficientemente entusiasta por el emperador, en gran ducado.

Ansioso por unirse con las viejas familias reales europeas, Napoleón, sin miedo al escándalo, planeó casar a sus parientes con miembros de grandes dinastías: Catalina, una hija del rey de Wurtemberg, se casó con Jerónimo Bonaparte, elevado por su hermano a rey de Westfalia; la sobrina de la emperatriz Josefina, Estefanía de Beauharnais, se casó con el gran duque heredero de Baden (Carlos Luis de Baden), adoptándola y creándola princesa imperial para la ocasión; la princesa Augusta de Baviera se casó en 1806 con Eugenio de Beauharnais, hijo de Josefina, también adoptado por el emperador. La duquesa María Isabel de Baviera, perteneciente a otra rama de la casa real bávara, se casó con el mariscal Berthier, recientemente ascendido a príncipe de Neuchâtel y Valangin (1806) y luego de Wagram (1809), quien representó al emperador francés en Viena durante las ceremonias del segundo matrimonio por poderes del soberano con la archiduquesa María Luisa de Austria. A pesar de la alianza francesa, cuando Napoleón planeó casar al príncipe heredero de Baviera con una de sus parientes, el joven fue casado rápidamente con una princesa de sangre real, aunque de una casa secundaria y protestante. Sin expresarlo, el rey de Baviera consideraba que una unión con la Casa de Bonaparte era una mala alianza y no deseaba que el matrimonio del heredero de la dinastía algún día fuera considerado morganático.

Tras la caída del Imperio francés, el rey de Baviera, que se había unido a los enemigos de Napoleón de manera oportuna cuando era previsible que el corso iba a caer, pudo conservar su reino y su título y, para olvidar su pasado "bonapartista", casó a sus hijas menores con los vencedores: Carolina Augusta, después de un matrimonio anulado con el príncipe heredero de Wurtemberg, se desposó en 1816 con el emperador Francisco I de Austria; Isabel se casó en 1820 con el rey Federico Guillermo IV de Prusia; María Ana y Amalia se casaron con príncipes de Sajonia y ambas llegaron a ser reinas.

Solo la hija más joven, Luisa, no llevó corona, y se casó por razones familiares con un primo de una rama menor, el duque Maximiliano en Baviera, llegando a sufrir mucho por la diferencia de rango con sus hermanas, pero logró casar a sus hijas brillantemente. De esta manera, Sofía era también la tía (y suegra) de la emperatriz Isabel de Austria (la famosa "Sissi"), de la reina María de las Dos Sicilias, y de la duquesa de Alençon.

Matrimonio thumb|160px|El archiduque Francisco Carlos (alrededor de 1825) thumb|La familia imperial, de derecha a izquierda: la emperatriz, el emperador, el duque de Reichstadt, la duquesa de Parma, la archiduquesa Sofía, el kronprinz Fernando, y el archiduque Francisco Carlos. Bella e inteligente, Sofía se casó a regañadientes el 4 de noviembre de 1824 en Viena con el archiduque Francisco Carlos de Austria, hombre débil, sin atractivo ni encanto pero cercano al trono imperial, pues su hermano, el emperador Fernando I de Austria, era visiblemente incapaz. Por otro lado, el joven archiduque, apasionado de la caza, estaba muy enamorado de su bella esposa. Al no tener gusto por el poder o la política, era un esposo y padre devoto e incluso sumiso.

La joven fue recibida calurosamente por el emperador Francisco I, quien al mismo tiempo era su suegro y su cuñado, ya que se casó con Carolina Augusta de Baviera, media hermana de la archiduquesa.

Después de seis años de esterilidad, incluidos cinco abortos espontáneos, la pareja tuvo seis hijos: Francisco José I de Austria, emperador de Austria y rey de Hungría (1830-1916). Maximiliano I de México, emperador de México (1832-1867). Carlos Luis de Austria (1833-1896). María Ana de Austria (1835-1840), solo tenía cuatro años: como su tío, el emperador Fernando I, sufrió ataques epilépticos y murió a causa de ellos. Un niño nacido muerto (1840). Luis Víctor de Austria (1842-1919).

La archiduquesa fue una madre cariñosa y afectuosa, particularmente atenta a la educación que se le impartía a sus hijos. La muerte de su hija la dejó inconsolable.

En el centro de los rumores thumb|La archiduquesa Sofía de Austria. thumb|left|El duque de Reichstadt. thumb|left|El príncipe de Vasa. Los rumores de la época decían que el príncipe de Vasa era el auténtico padre del futuro emperador, el archiduque Francisco José. También la rumorología otorgaba la paternidad de su segundo hijo, el archiduque Maximiliano, a Napoleón II, duque de Reichstadt, que era seis años más joven y vivía en la corte austriaca de su abuelo. Muchos rumores establecían la posibilidad de un amorío entre ambos, pues durante los primeros años de su matrimonio, Sofía estuvo muy unida a él. Según se dice, ella fue el gran amor de "El Aguilucho" (l'Aiglon), y lo ayudó en sus últimos días. Miembro de la Casa de Austria por pleno derecho, su madre era la archiduquesa María Luisa de Austria, por entonces duquesa de Parma. Su abuelo, el emperador Francisco, siempre lo trató con mucho cariño. El duque de Reichstadt podría haber despertado en Sofía sentimientos que iban del amor romántico al maternal. Pero nada permite afirmar que fueran amantes, aunque el emperador Napoleón III así lo creía, y antes de partir hacia México, el archiduque Maximiliano afirmó ser el nieto ilegítimo de Napoleón I.

thumb|Retrato realizado en 1832 por Joseph Karl Stieler para la Galería de bellezas.

Asimismo, la archiduquesa simpatizaba con el príncipe de Vasa, su primo, hijo del depuesto rey Gustavo IV Adolfo de Suecia. Seis años mayor que ella, el príncipe era un oficial del ejército imperial. Tenía una gran presencia y mucho atractivo, superando con creces al archiduque Francisco Carlos. Tampoco hay nada que confirme el chisme que circulaba sobre la relación adúltera de la archiduquesa y el príncipe. Sin embargo, Sofía era demasiado consciente de su rango, y sus ambiciones para su esposo e hijo siempre fueron demasiado poderosas y su sentido político demasiado desarrollado para correr el riesgo de una desgracia. Por otro lado, la princesa Amalia de Suecia, hermana del príncipe de Vasa, fue aprobada como dama de compañía de la archiduquesa. Las dos mujeres tejieron unos lazos de amistad que duraron hasta la muerte de la princesa en 1853.

La familia del padre de Sofía le debía mucho al exemperador de los franceses: el rey Maximiliano I, padre de la archiduquesa, debía su título real a Napoleón y su hermana mayor, la duquesa Augusta de Baviera, se había casado con el príncipe Eugenio de Beauharnais, creado duque de Leuchtenberg. Sofía nunca ocultó su admiración por Napoleón o su afecto por su cuñado Beauharnais. Por otro lado, concebía a Francia como la madre de las ideas revolucionarias y no ocultaba su desprecio por los diversos regímenes que sucedieron a la Restauración borbónica.

La Casa de Wittelsbach también destacó por su excentricidad y su gusto por las artes. El rey Luis I, el hermano mayor de la archiduquesa, fundó la Pinacoteca de Múnich y se hizo famoso por su Galería de Bellezas donde colocó el retrato de su hermana en una situación estratégica. Su pasión por la bailarina Lola Montez lo obligó a abdicar en 1848. Su filohelenismo fue la causa de que el trono de Grecia fuera concedido a su hijo, Otón, en 1831. El cuñado de la archiduquesa, el duque Max en Baviera, subió a la pirámide de Keops y tocó la cítara en la cumbre.

Archiduquesa de Austria thumb|left|El canciller Metternich. thumb|La archiduquesa (en vestido Biedermeier) con su hijo Francisco José. Tan pronto como llegó a la corte de Viena, Sofía ocupó una posición predominante en ella. Su media hermana (y suegra), Carolina Augusta le permitió desempeñar el papel de primera dama, consciente de que se adaptaba perfectamente a su personalidad. El emperador Francisco I la consideraba como una hija y le demostró mucho cariño. A la muerte del emperador en 1835, la emperatriz Carolina se retiró a Salzburgo y la nueva emperatriz, María Ana de Saboya, que no hablaba alemán, no le discutió este papel.

Sin embargo, encontró frente a ella al Canciller del Imperio, el príncipe de Metternich que gobernaba desde 1810 y desconfiaba de esta joven archiduquesa ambiciosa y de una fuerte personalidad, que podría llegar a hacerle sombra.