La guerra civil peruana de 1856-1858, conocida también como la Revolución de Arequipa de 1856, fue una de las más largas y violentas del Perú. Fue un enfrentamiento entre las fuerzas del gobierno del mariscal Ramón Castilla y grupos de sublevados encabezados por el general Manuel Ignacio de Vivanco. Pero no se trató solo de una lucha entre caudillos sino también de una lucha casi ideológica pues se inició como un enfrentamiento entre liberales (gobiernistas) y conservadores (rebeldes).

La rebelión de Vivanco fue una reacción de los conservadores ante las reformas liberales que se venían imponiendo en el país desde el triunfo de la revolución liberal de 1854 y la instalación de la Convención Nacional o Congreso Constituyente, que dio la Constitución liberal de 1856. Aunque al principio los liberales respaldaron al gobierno de Castilla, este en realidad era un conservador moderado que se fue alejando del liberalismo más extremo, hasta el punto que los liberales terminaron convirtiéndose en sus opositores.

La rebelión empezó el 31 de octubre de 1856 con el levantamiento de Arequipa y se extendió a Moquegua, Ayacucho y Piura. Los marinos de la escuadra también se sumaron a la sublevación, con la fragata Apurímac, la goleta Loa, el transporte Tumbes y otros buques menores, pero fracasó en su expedición al norte y más tarde al intentar desembarcar en el Callao, que en premio a su defensa del orden establecido fue elevado al rango de Provincia Constitucional. Finalmente, la rebelión se redujo a Arequipa, donde Vivanco y sus partidarios se atrincheraron y sufrieron un asedio de ocho meses, hasta que después de una terrible mortandad la ciudad fue tomada por Castilla, el 7 de marzo de 1858. Vivanco huyó a Chile. Pese a que los conservadores fueron los derrotados, los reclamos de estos terminaron por imponerse: la disolución de la Convención Nacional y la derogatoria de la Constitución Liberal de 1856.

Causas izquierda|Constitución de la República Peruana de 1856.|alt=Constitución de la República Peruana de 1856|miniaturadeimagen La principal causa de la rebelión conservadora fue la promulgación de la Constitución Liberal de 1856, ocurrida el 19 de octubre de ese año por la Convención Nacional (Congreso Constituyente) que se había instalado el año anterior. Esta Constitución suprimió la pena de muerte; implantó la gratuidad de la enseñanza, específicamente primaria; redujo la edad a 28 años para ser representante del pueblo; otorgó el voto directo a los ciudadanos que supieran leer y escribir, o que fuesen propietarios, jefes de taller, soldados y marinos retirados (sin importar que estos fueran analfabetos). El Congreso cobró gran fuerza y se volvió prácticamente unicameral, pues no había diferencias entre diputados y senadores. Mientras que el Poder Ejecutivo quedó muy limitado en sus atribuciones: se creó el Consejo de Ministros como entidad autónoma; se autorizó la intervención del Congreso en el nombramiento de los jefes del ejército y la marina; se redujo el mandato presidencial de seis a cuatro años, entre otras reformas.

El gran mariscal Ramón Castilla, Presidente Provisorio del Perú en ese momento, si bien había subido al poder con el apoyo de los liberales, expresó su discrepancia con la Constitución liberal porque limitaba mucho la autoridad del Presidente de la República. A pesar de ello, juramentó la Constitución el 18 de octubre de 1856.

La población manifestó también su descontento contra la Convención, por los ataques que sus representantes liberales hacían a la Iglesia Católica, en un país predominantemente católico. Pese a los intentos de los liberales de declarar la libertad de cultos, esto no se logró, y la religión católica continuó siendo protegida por la Nación, no permitiéndose el ejercicio de otra. Pero si lograron abolir los diezmos, primicias y otros derechos parroquiales. La Convención prohibió también el ingreso de la Compañía de Jesús, expulsada del Perú en el . De otro lado, la ciudadanía criticó severamente que los miembros de la Convención Nacional se elevaran las dietas (estipendios), mientras que se disminuían el sueldo de los empleados civiles y militares.

En general, el gobierno de Castilla sufrió muchas críticas de diversos sectores de la población y eso fue lo que capitalizaron los conservadores. Por ejemplo, se criticó el excesivo gasto en la manumisión de esclavos. Por cada esclavo liberado, el Estado debía indemnizar al propietario con 300 pesos; en total se manumitieron a 25 mil esclavos. Pero según el censo de 1852 había 15 mil esclavos en el Perú, por lo que es evidente que hubo allí un fraude de parte de los propietarios. Se sabe que estos incluyeron en la lista a esclavos muertos o inflaron dolosamente la cantidad de esclavos que poseían antes del decreto de manumisión. El Estado desembolsó 2.8 millones de pesos en efectivo y 5.2 millones de pesos en vales por un total de 8 millones de pesos. Otra de las críticas fue con respecto a las elecciones de 1855 para la Convención Nacional, en las que fueron excluidos para ejercer el sufragio los servidores públicos del régimen anterior, mientras que se permitía el voto a negros libertos y a gente analfabeta. También se criticó severamente la ley dada por el gobierno para establecer una Contribución General (marzo de 1855), que en realidad se trataba del restablecimiento, con otro nombre, del tributo indígena, cuya abolición había sido una de las banderas de la revolución de 1854. La Convención frenó dicho intento.

El gobierno de Castilla se ganó pues muchos detractores. Síntoma de ese malestar fueron los levantamientos en: Arequipa (julio de 1855), en Islay (marzo de 1856), en Chincha (14 de abril), en Nauta (30 de junio), en Trujillo (15 de agosto), en Tacna (22 de septiembre), en Ayacucho, en Áncash y en otros lugares. En Lima se produjo la rebelión del general Fermín del Castillo, que fracasó, por lo que dicho caudillo tuvo que partir al exilio.

El levantamiento de Arequipa

El 31 de octubre de 1856 se inició el levantamiento conservador en Arequipa, con un movimiento popular encabezado por Domingo Camino y Diego Masías y Llosa, los mismos que dos años antes habían apoyado la rebelión contra José Rufino Echenique. Ellos invitaron a Manuel Ignacio de Vivanco, que había regresado de su exilio en Chile, a liderar el movimiento. En pocos días se armaron 500 hombres. El gobierno envío a Arica a la goleta Loa y al vapor Ucayali que desembarcaron dos escuadrones de cazadores a caballo y medio batallón de infantería, tomando a su vez a presos políticos acusados de conspiración, que fueron encarcelados en los pontones Highlander y Caupolicán, frente a Arica. También llegó al sur el gran mariscal Miguel de San Román a tomar el mando de las fuerzas del gobierno, el cual intimó la rendición de Arequipa el 16 de noviembre.

La sublevación de los marinos El 16 de noviembre, la fragata Apurímac, anclada en Arica, fue sublevada por dos jóvenes oficiales a favor de Vivanco. Estos fueron el teniente segundo Lizardo Montero y el alférez de fragata Miguel Grau, que aprovecharon que el comandante de la nave, el Capitán de Navío José María Salcedo, estaba en tierra en la casa del cónsul inglés. El primer acto de los marinos rebeldes fue liberar a los presos políticos que Castilla retenía en los pontones Caupolicán y Highlander frente a Arica.

El Apurímac marchó al norte y sublevó en Islay al Loa. El capitán de dicho puerto, Emilio Díaz Seminario, medio hermano de Miguel Grau, se pasó al bando rebelde. En Islay se hallaba San Román con los generales Pedro Diez Canseco y Agustín Lerzundi además de 180 gendarmes, que se retiraron hacia Tacna, pero el día 19 de noviembre se encontraron con el coronel rebelde Brousset, que con solo veinte jinetes y quince infantes los dispersó. San Román huyó solo hacia Puno. Lerzundi murió en uno de los choques armados, el día 21 de diciembre. miniaturadeimagen|225px|El marino Ignacio Mariátegui y Tellería se mantuvo fiel al gobierno de Castilla y fue ascendido a Contralmirante. Castilla declaró piratas a los buques rebeldes para que cualquier escuadra extranjera (francesa o inglesa) pudiera atacarlos y formó una división naval al mando del capitán de navío Ignacio Mariátegui conformada por el transporte Tumbes y el vapor Ucayali para recuperar al Apurímac. Pero en alta mar se sublevó el Tumbes (27 de noviembre) con su comandante, el capitán de corbeta Federico Alzamora y desembarcó a las fuerzas de abordaje que estaban al mando del coronel Mariano Ignacio Prado en las Islas de Chincha. Se nombró al contraalmirante Domingo Valle Riestra como comandante general de la escuadra rebelde, que contaba con 78 oficiales, entre ellos cinco capitanes de navío; se trataba ya de una sublevación general de la Marina. También se nombró a Ricardo Palma como contador general de la armada rebelde. Como la fragata Amazonas estaba de viaje a Hong Kong, el gobierno de Castilla se quedó únicamente con el vapor Ucayali. miniaturadeimagen|389x389px|Lizardo Montero intima la rendición de Arica

La Apurímac y el Loa atacaron Arica el 27 de noviembre, debido a que la guarnición gobiernista, compuesta de 100 hombres, se negaba a proporcionarle víveres. ...se desembarcaron cincuenta hombres del batallón Granaderos de Vivanco, al mando del Sargento Mayor Ayarza, y poco después la compañía Cazadores de Vivanco y últimamente la guarnición del buque. Al mando de la 1.ª compañía se agregó voluntariamente el Teniente Coronel D. Manuel Córdova, y al de la segunda el de igual clase D. Manuel José Zeballos, quienes dirigieron el ataque. Medio batallón Ayacucho y más de cuarenta hombres armados por las autoridades sostenían el puerto parapetados en trincheras ya alzadas de antemano, y repartidos en las casas de la población. Nuestros soldados, inferiores en número, en la calidad del armamento y en su posición, se batieron, no obstante, con heroísmo. Después de una lucha encarnizada de más de tres horas, desalojaron a los enemigos de sus posiciones y alcanzaron una completa victoria.Ante la falta de respuesta de la Prefectura a una comunicación oficial, se confirmó el avance de fuerzas gobiernistas procedentes de Tacna hacia Arica. El mismo 27 de noviembre, el coronel Freire apareció con aproximadamente cuatrocientos hombres en el sector de Chacalluta, lo que motivó la orden de acercar el vapor Loa a la costa para hostigar el avance enemigo con su artillería mientras se realizaba el embarque de víveres y carbón. Sin embargo, durante la noche, aprovechando la oscuridad, las fuerzas de Freire lograron ingresar a Arica, ciudad que había sido previamente evacuada por las tropas defensoras debido a la insuficiencia de efectivos para enfrentar al enemigo.

Los rebeldes tomaron el puerto causando 18 muertos, pero luego de aprovisionarse, se retiraron con prisioneros: Comandante del Batallón Ayacucho Manuel Gao, mayores Samora y Melgar, 4 oficiales y 25 soldados del Batallón Ayacucho.

La flota rebelde tomó las Islas de Chincha el 28 de diciembre, donde también capturaron el vapor Izcuchaca y comenzaron a vender guano, lo que financió la sublevación, aunque no se interrumpió los contratos que el gobierno tenía con comerciantes franceses, ingleses y norteamericanos. Los rebeldes vendieron guano a comerciantes de Valparaíso amigos de Vivanco. La Convención declaró ese acto como robo de la propiedad nacional y criminales a los que comerciaran con ellos, además que facultó al Ejecutivo para que tratara con los diplomáticos de Gran Bretaña y de Francia para que prestaran su concurso en caso necesario sobre la custodia del guano de las islas. Con el dinero del guano los rebeldes compraron en Chile armas y dos vapores: el Volcán, al que llamaron Arauco, y el Peytona, rebautizado como Lambayeque.

La campaña del norte y bloqueo del Callao izquierda|miniaturadeimagen|Ramón Castilla encargó el Poder Ejecutivo al Consejo de Ministros desde el 1 de abril de 1857 para tomar la dirección militar contra Vivanco.