La tecno-antropología (escrita también como tecnoantropología, abreviada TANT, y conocida en inglés como Techno-Anthropology) es un campo de estudio interdisciplinario que investiga específicamente la relación recíproca entre tecnología y cultura, así como también explora y propone nuevos métodos de investigación (cuantitativos y cualitativos) utilizando tecnologías digitales o emergentes. Así, la tecnología es entendida como una expresión inherente a lo humano, a través de la cual las personas interactúan y extienden su agencia, acción y memoria.Al mismo tiempo, desde su aporte antropológico, estudia el desarrollo e impacto de la tecnociencia desde diversas perspectivas humanísticas y de ciencias sociales. En este sentido, la tecno-antropología analiza cómo la tecnología «moldea» o condiciona la evolución cultural de las sociedades, y a su vez cómo la cultura condiciona el desarrollo tecnológico; todo ello desde una perspectiva interdisciplinaria, ética y sostenible.
Además, la tecno-antropología no sólo se limita a comprender las culturas humanas existentes, sino que también explora culturas posibles (antropologías del futuro), enfocándose en la innovación cultural y trabajando con los miembros de dichas culturas para crear programas de cambio cultural y evaluar sus resultados.Ante tecnologías emergentes como vehículos autónomos, asistentes digitales de voz, bots, plataformas de criptomonedas y demás dispositivos inteligentes que recopilan y usan datos digitales para tomar decisiones predictivas y automatizadas, la antropóloga Sarah Pink subraya que estas tecnologías deben estudiarse en su historicidad, materialidad y en sus múltiples futuros imaginados desde una perspectiva cualitativa que las sitúe como partes integrales del mundo y no como elementos añadidos externamente.
Desde lo etimológico, la palabra tecnología proviene del griego techné (habilidad o competencia) y antropología del griego anthropos (humano), que en su conjunto suponen un encuentro o convergencia en el logos (lógica y/o aprendizaje). Por lo tanto, la tecno-antropología se ocupa de las diferentes lógicas que influyen en las capacidades y competencias humanas, las cuales están mediadas a través de técnicas y tecnologías, como pueden ser, por ejemplo, las máquinas. La tecno-antropología no se limita a tecnologías específicas, aunque comúnmente se enfoca en tecnologías emergentes. Sin embargo, no excluye tecnologías tradicionales como la construcción o el diseño industrial.
Historia y antecedentes A la disciplina tecnoantropológica se le puede rastrear desde sus antecedentes históricos y filosóficos, los cuales fueron desarrollándose a la par del avance tecnológico de la segunda mitad del .
Antecedentes históricos El antropólogo Arturo Escobar ha revisado los avances de los estudios culturales y sociales en ciencia y tecnología, agrupándolos en tres grandes enfoques diferentes que se solapan entre sí: los Estudios Sociales de Ciencia y Tecnología (ESCT), los estudios culturales de la tecnociencia, y la antropología de la ciencia y la tecnología. De estos tres, los estudios culturales de la tecnociencia amplían el análisis de la ciencias aplicadas e ingeniería al enfatizar la inseparabilidad entre ciencia, tecnología y cultura, proponiendo que la tecnociencia moldea y es moldeada por las culturas en un proceso dinámico y complejo. Desde esta perspectiva es que se fundamenta la tecno-antropología.
Según el profesor e investigador Torben Elgaard Jensen, los Estudios en Ciencia, Tecnología y Sociedad (conocidos como CTS, o STS en inglés) se han dedicado a estudiar la relación problemática y productiva entre ciencia, tecnología y sociedad desde finales de los años 70 y principios de los 80. Durante esos años iniciales, un grupo de jóvenes investigadores aplicó métodos antropológicos y sociológicos para estudiar las prácticas cotidianas en los laboratorios científicos. Descubrieron que no existe una racionalidad especial o universal en la ciencia, sino que los procesos científicos implican negociaciones complejas, interpretaciones y persuasión para definir qué constituye un hecho o un método válido. Por lo tanto, los hechos científicos no son simplemente descubiertos, sino construidos social y materialmente en contextos específicos.
Un momento clave fue el de los antropólogos que trabajaron en los laboratorios de alta tecnología en Silicon Valley, en la década de 1980. La antropología cultural siempre incluyó la tecnología como parte del estudio de la cultura material. Con el auge de las tecnologías de la información y comunicación (TIC), una nueva generación de antropólogos comenzó a trabajar en empresas y laboratorios tecnológicos como el Xerox Palo Alto Research Center (Xerox PARC).
Un caso paradigmático fue el trabajo de Lucy Suchman y su equipo en Xerox PARC, quienes mediante etnografía y observación participante, con apoyo de vídeos, analizaron el comportamiento de los trabajadores para rediseñar tecnologías (como las fotocopiadoras) para mejorar su usabilidad. Este enfoque ayudó a impulsar la disciplina ahora conocida como antropología empresarial (business anthropology)y la incorporación de antropólogos para entender a los usuarios y diseñar interfaces amigables.
Luego, en los años 90, se realizaron estudios etnográficos en universidades pioneras en TIC, como la Carnegie Mellon University (CMU). Un proyecto destacado fue el estudio etnográfico dirigido por María Jesús Buxó y Angel Jordan, quienes analizaron la cultura de investigación en la CMU, especialmente en la School of Computer Science, para entender el modelo de investigación e innovación tecnológica. Este proyecto comenzó tras unas jornadas en 1988 sobre «Modelos de futuro, nuevas tecnologías y tradición cultural», que plantearon la necesidad de diseñar nuevos modelos culturales a partir de la interacción entre tecnología y cultura.La CMU fue pionera en entender la ciencia computacional como «ciencia de lo artificial», donde el diseño y la creación de artefactos tecnológicos conforman un campo científico propio, distinto a la ciencia tradicional.
Por otro lado, la investigación en TIC en Estados Unidos se desarrolló bajo un modelo estratégico distinto al tradicional, caracterizado por la «investigación guiada por una misión», impulsada por agencias federales como DARPA, que financiaron investigaciones con objetivos estratégicos a largo plazo, no sólo curiosidad o investigación básica. Este modelo permitió el desarrollo de tecnologías disruptivas como la ENIAC, el radar, el internet y la inteligencia artificial, las cuales no surgieron de la ciencia básica tradicional ni de la industria habitual, sino de proyectos estratégicos de alta tecnología con financiamiento público.
Tras esas primeras investigaciones, los estudios CTS experimentaron una expansión considerable en las siguientes décadas. El campo se diversificó, dialogó con otros movimientos teóricos como el postestructuralismo, y se ramificó en múltiples estudios empíricos. Hoy, estos estudios abordan temas tan variados como tecnologías de salud, sistemas de información, innovación, educación, medio ambiente, mercados, ciudades, arte y cultura. Esta expansión generó un robusto ecosistema académico con programas educativos, revistas especializadas y conferencias internacionales de gran escala.
Todo lo anterior llevó a plantear una «antropología de la invención, ingenieril y social», que estudia quiénes y cómo se inventan y diseñan las culturas, tecnologías e instituciones radicalmente nuevas. En concreto, proyectos como los living labs surgieron en la Unión Europea alrededor de 2005, promovidos por el gobierno holandés, como una solución para adaptar la tecnología a los usuarios y garantizar que las grandes inversiones en proyectos tecnológicos tuvieran un retorno claro en la sociedad. Desde entonces, el concepto ha ido creciendo y diversificándose, dando lugar a diferentes tipos de living labs que se centran en la divulgación de la cultura digital y de la innovación.
Así es cómo la tecno-antropología surgió en 2011 como una nueva carrera en la Universidad de Aalborg que combina recursos y enfoques de las humanidades, ciencias e ingeniería. El programa de maestría inició en 2012. Jensen explica que esta disciplina se creó en cooperación entre investigadores de estas facultades, y que su objetivo es formar estudiantes con una sólida base en estudios CTS y filosofía de la ciencia, a la vez de ofrecerles experiencia práctica y directa en diferentes dominios tecnocientíficos, tanto del sector privado como del sector público.
Antecedentes filosóficos Desde la escuela danesa de tecno-antropología, especialmente en los aspectos éticos y ecológicos, se proponen al menos tres pensadores claves que pueden considerarse los «padres fundadores filosóficos», desde los cuales se desarrollan los marcos críticos de la disciplina.
Lewis Mumford, en su obra Technics and Civilization (1934), describe cómo la tecnología se ha fusionado con la ciencia y el capitalismo, dando lugar a los conceptos de neotécnica (neo-technics)y megamáquina (mega-machine). Critica la reducción mecanicista y cuantitativa de la tecnología, que desvincula al ser humano de la realidad concreta. Sin embargo, también vislumbra un potencial biotécnico para una tecnología más alineada con la naturaleza humana y ecológica. Mumford enfatiza la necesidad de una ética de la presencia y un activismo pragmático que busque soluciones contextualizadas y responsables.
Por su parte, Jacques Ellul sostiene que la tecnología ha sido instrumentalizada por regímenes políticos y sistemas económicos para controlar la sociedad y la identidad individual. Ve la tecnología como un actor autónomo y con fuerza propia (coincidiendo con lo que el filósofo Ernesto Mayz Vallenilla señaló como la autarquía de la técnica contemporánea), que inevitablemente moldea la humanidad y las relaciones sociales. Considera que la tecnología es un puente neutral, aunque también puede mediar nuevas formas de humanidad y universalismo. Su idea sobre Think Globally, Act Locally resuena con la tecno-antropología, pues busca integrar el estudio local (cultural) de la tecnología con marcos teóricos globales y generales.
Con enfoque en la responsabilidad y ética necesarias ante un poder tecnológico moderno capaz de superar la capacidad de adaptación cultural de los seres humanos, Hans Jonas destacó que la tecnología ya no sólo satisface necesidades humanas, sino que también crea nuevas necesidades y se convierte en un fin en sí misma, impulsada por la idea de progreso indefinido. En su pensamiento explica que dicha responsabilidad no debe limitarse a la causalidad contextual (es decir, a responder por las consecuencias de un acto ya cometido), sino que debe ser una responsabilidad anticipada al acto mismo y sus posibles efectos. Se trata así de una responsabilidad vinculada al poder de realizar una acción y no sólo a los actos consumados o sus consecuencias.
En consecuencia, Jonas propone un modo de imperativo categórico a la manera kantiana: actuar de modo que los efectos de nuestras acciones sean compatibles con una vida humana genuina, y que a su vez no pongan en peligro las condiciones para la continuidad indefinida de la humanidad y la naturaleza.Dado su enfoque en escenarios prospectivos y ética de la responsabilidad, la obra de Jonas es una referencia primaria en los marcos éticos de los programas de tecno-antropología.
Aunque estos pensadores han sido señalados en ocasiones de tecnopesimistas o tecnodeterministas, sus ideas abren espacio para configurar una nueva relación entre la sociedad y tecnología basada en la responsabilidad, sostenibilidad y mejora de la condición humana.