El asedio de Azua fue un cerco militar ocurrido durante la Semana Santa del año 1849, en el trascurso del Triduo Pascual —Jueves 5, Viernes 6 y Sábado 7 de abril—, cuando Azua fue sitiada por tropas haitianas de Faustino Soulouque. Este episodio constituyó la mayor derrota sufrida por el Ejército Libertador de la República Dominicana durante la guerra de independencia dominicana.

Desde noviembre de 1848, el jefe de Estado dominicano, Manuel Jimenes, había previsto la necesidad de organizar la defensa militar de la ciudad de Azua ante una posible ofensiva haitiana. Incluso barajó la posibilidad de encabezar personalmente la defensa, pero finalmente se retiró a Santo Domingo por motivos políticos ajenos al frente de batalla.

Cuando la ofensiva haitiana comenzó el 5 de abril de 1849, las tropas dominicanas se defendieron en Azua, pero el ánimo de los soldados no era suficiente. Al término del tercer día, los defensores abandonaron la plaza y los sitiadores tomaron la ciudad. Esta derrota expuso la debilidad del Poder Ejecutivo de la República Dominicana y confirmó los temores del Congreso, que días antes había otorgado al general Pedro Santana el mando supremo del Ejército del Sur, dada su experiencia en la batalla del 19 de marzo.

Bajo el mando de Santana, las fuerzas dominicanas se reagruparon pronto y vencieron a los haitianos en la batalla de Las Carreras, pocos días después, recuperando el honor perdido en Azua.

Antecedentes

Preparativos haitianos izquierda|miniaturadeimagen|Faustino Soulouque, dictador haitiano. Tras la muerte del presidente haitiano Jean-Baptiste Riché, en febrero de 1847, el Parlamento de Haití —dominado por legisladores mulatos— eligió como sucesor al general Faustino Soulouque, un militar negro de origen mandinga que había nacido esclavo. Los políticos mulatos creían que, debido a su analfabetismo y escasa formación, sería un gobernante dócil y fácil de manipular. Sin embargo, esas expectativas se desvanecieron rápidamente.

Una vez en el poder, Faustino Soulouque destituyó a los ministros mulatos, instauró una dictadura militar y reprimió con brutalidad cualquier oposición. Muy pronto delineó su propio proyecto político: reconquistar el territorio dominicano, que Haití había ocupado entre 1822 y 1844.

Tras sofocar un motín en la ciudad de Puerto Príncipe —ordenando su represión a los generales Alexandre Souffrant, Bellegarde y Maximilien— y perpetrar una masacre en abril de 1848 contra sus principales adversarios, tanto en la capital como en el sur del país, Soulouque dirigió su atención hacia los dominicanos, a quienes llamaba los «mulatos del Este». Antes, no obstante, enfrentaría un revés diplomático.

El 22 de mayo de 1848, la corona británica nombró cónsul en la ciudad de Santo Domingo al geógrafo y explorador alemán Robert Hermann Schomburgk. Meses después, el 22 de octubre de ese mismo año, en París, Francia, fue suscrito el tratado domínico-francés de 1848. Por parte de Francia lo suscribió el ministro de Exteriores Jules Bastide; por la República Dominicana, lo hicieron Pedro Antonio Bobea, el coronel Buenaventura Báez y el general Juan Esteban Aybar, mediante el cual se reconocía formalmente la independencia dominicana.

Desde la masacre de Puerto Príncipe, el gobierno francés había tomado distancia de Haití. El reconocimiento suscitó la protesta diplomática de Beaubrun Ardouin, embajador haitiano en Francia, quien arremetió contra el tratado para ganar tiempo mientras su país preparaba una invasión.

A pesar de este revés, el dictador haitiano encontró una oportunidad favorable. En la República Dominicana, el general de división Pedro Santana había presentado su renuncia a la presidencia el 4 de agosto de 1848. El general Pedro Santana, elegido en 1844 por el Congreso Constituyente de San Cristóbal como primer presidente de la República, gozaba de un gran prestigio y poder, lo que le permitía contener enemigos. Sin embargo, cansado de las intrigas políticas, agobiado por los problemas económicos y aquejado por continuos quebrantos de salud, decidió dimitir.

El Congreso de la República intentó disuadirlo, advirtiendo que su retiro fortalecería las aspiraciones de Haití de atacar nuevamente. En su mensaje, el Congreso le recordaba: «Aún no hemos cesado de combatir constantemente con el enemigo [Haití]... y esos mismos enemigos... no dejarían de prevalerse de esta oportunidad para redoblar sus esfuerzos... Por otra parte, prevé el Congreso que la separación de Vd. del poder... podría turbar la tranquilidad pública... y cree el Congreso que el que tantos sacrificios heroicos ha hecho... continuará desempeñando la confianza que la Nación hizo de él... por el bien de la Patria».

Bajo el mandato presidencial de Pedro Santana, las victorias dominicanas en Cachimán, La Estrelleta y Beller habían mantenido a los haitianos a raya. Desde la caída de Jean-Louis Pierrot y la llegada del general Riché, habían pasado casi dos años sin que Haití se atreviera a atacar.

Sin embargo, al enterarse de su renuncia, Soulouque lo vio como una ventaja decisiva para su nueva invasión.

Siguiendo órdenes del Poder Ejecutivo haitiano, el general Louis Hardy partió de la ciudad de San Gabriel de las Caobas el 6 de noviembre de 1848 a las nueve de la mañana, al mando de los regimientos 10.º y 33.º, acompañados de caballería y artillería.

Al llegar a Puerto Príncipe, Louis Hardy prosiguió su marcha el 7 de noviembre de 1848 por rutas poco transitadas, eludiendo destacamentos militares dominicanos.

El 8 de noviembre de 1848, a las ocho de la mañana, entró en la villa de Las Matas de Farfán. Allí capturó por sorpresa al jefe militar local, el general dominicano Valentín Alcántara —quien, sorprendido, se dejó arrestar— junto a los capitanes Juan Bautista Tejada y José Cayetano Ricardo, el médico Francisco Pimentel y 14 soldados más.

Se apoderó además de dos cañones, 27 cajas de municiones y un número similar de fusiles. Luego, lanzó una proclama para tranquilizar la población, Hardy se retiró con armas y 18 prisioneros. Regresó a San Gabriel de las Caobas el 12 de noviembre sin encontrar muchos obstáculos.

El 15 de noviembre, los oficiales dominicanos fueron conducidos como prisioneros a Puerto Príncipe, donde fueron tratados con cortesía. El 29 de noviembre quedaron libres los subalternos, que volvieron a Las Matas de Farfán, y al día siguiente los oficiales embarcaron en el vapor francés Phoque rumbo a Santo Domingo. Mientras tanto, el 24 de ese mismo mes, Soulouque dirigió un extenso manifiesto a los dominicanos en el que los exhortaba a rendirse y reincorporarse a Haití, prometiendo respetar la propiedad privada, la religión católica y las costumbres locales. Al mismo tiempo, acusaba al gobierno dominicano de querer restaurar la esclavitud:

izquierda|miniaturadeimagen|256x256px|Lord Palmerston, secretario de Relaciones Exteriores británico.

A todo este asunto, buscó el gobierno británico del primer ministro John Russell frenar toda clase de iniciativa de invasión haitiana a la República Dominicana.

El 13 de diciembre de 1848, Henry John Temple —más conocido como lord Palmerston—, entonces secretario de Relaciones Exteriores británico, escribió al cónsul general del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda en Haití, Thomas Neville Ussher, para que persuadiera a Soulouque. Aquí se vería el primer antecedente de las Potencias Mediadoras, que en distintos momentos intervendrían diplomáticamente en la guerra de independencia dominicana, brindando respaldo internacional a la joven república.

En aquel tiempo, quien mandaba en la República Dominicana era el presidente Manuel Jimenes, hombre de pocas luces en el arte de gobernar, que se dedicaba en cuerpo y alma a ser gallero, a tal punto que el Congreso Nacional le enviaba leyes a la gallera para que las promulgara. A sabiendas de que el expresidente Santana, aunque retirado del poder, conservaba gran prestigio sobre los mandos militares, el general Jimenes optó por debilitar a las Fuerzas Armadas, especialmente la infantería de línea.

En los últimos meses de 1848, Jimenes entendió que Haití planeaba invadir nuevamente la República Dominicana. El 17 de diciembre de 1848, amparado en los poderes extraordinarios que el Congreso le había otorgado dos meses antes, decretó la movilización de la Guardia Cívica, compuesta por todos los dominicanos varones de entre 12 y 60 años, salvo los físicamente incapaces. Quien rehusara al llamado podía ser catalogado enemigo de la patria y expulsado en un plazo de 48 horas.

miniaturadeimagen|Antonio Duvergé.

Al día siguiente, el presidente dirigió una proclama al pueblo y al ejército, buscando endurecer el espíritu de resistencia. Al mismo tiempo, el general de división Antonio Duvergé (jefe del Ejército del Sur y gobernador militar de la provincia de Azua) dirigió una proclama —en francés y español— a los haitianos, acusando a su líder de crueldad y advirtiendo que solo encontrarían muerte y derrota si invadían la República Dominicana: «Nada tenéis que ganar si no es fatigas, pérdida de vuestro trabajo que abandonais [sic], miserias, necesidades, quebrantos y una muerte segura que reservamos los valientes dominicanos en la boca de nuestros fusiles, en la punta de nuestras lanzas, y los filos de nuestros machetes».

Pero, contradictoriamente, mientras arengaba al pueblo y alertaba sobre los movimientos enemigos, Jimenes accedió a un canje de prisioneros con Soulouque, gestionado por el cónsul general de Francia en Haití, Jean-François-Maxime Raybaud. El 23 de enero de 1849, 160 haitianos detenidos en Santo Domingo desde 1844 fueron trasladados a Jacmel (Haití), justo cuando Soulouque finalizaba los preparativos para lanzar una ofensiva a gran escala.

Fase inicial de la ofensiva

El 1 de febrero de 1849, tres divisiones haitianas, que habían ocupado posiciones avanzadas en suelo dominicano, se presentaron en villa de Las Matas, localidad de la frontera. Las fuerzas dominicanas, al mando del general Antonio Duvergé, respondieron con artillería y sostuvieron el combate desde las ocho de la mañana hasta las tres de la tarde, momento en que los haitianos se retiraron. Tras esta acción, no hubo nuevos ataques durante un mes.

El 5 de marzo de 1849, el Ministerio de Guerra y Marina de la República Dominicana, dirigido por el general Román Franco Bidó, instruyó al gobernador militar de la provincia de Santiago, sugiriéndole recurrir al arma más accesible del campesinado dominicano: el machete. Tal recomendación dejaba entrever la gravedad de la situación y la necesidad de preparación ante lo que se aproximaba.

Sin embargo, a inicios de marzo Haití organizó una nueva ofensiva de grandes proporciones. Tropas procedentes de Trou-du-Nord, Grande-Rivière-du-Nord y el Fuerte Libertad se concentraron en Juana Méndez.

El mismo 5 de marzo, el presidente Faustino Soulouque llegó allí con 8000 soldados, acompañado de sus más conspicuos generales: Fabre Geffrard, Paul Decayette, Castor y Deléze. La columna principal, formada por 5000 soldados de los departamentos del Oeste, Sur y Artibonito, marchó por la ciudad de Las Caobas y Mirebalais; mientras tanto, el general Bobo avanzaba con las fuerzas del departamento Norte desde Cabo Haitiano por Hincha y Bánica. En suma, una fuerza colosal de hombres.

Desde su cuartel general en Las Caobas, el 8 de marzo, Soulouque publicó una proclama dirigida a los dominicanos con un tono amistoso y conciliador. Prometía paz, respeto a las propiedades, costumbres y religión si aceptaban volver al dominio haitiano, aunque advertía que serían considerados enemigos quienes rechazaran su “generosa” oferta.

El primer enfrentamiento importante de esta ofensiva tuvo lugar en Las Matas, sede del cuartel general del Ejército del Sur. El 14 de marzo, Soulouque ordenó el avance de sus tropas, que atravesaron sin resistencia varias posiciones dominicanas.