miniaturadeimagen|383x383px|Portada de una novela histórica basada en la vida de la reina Isabel la Católica (ilustrada por Luis Labarta, 1900) La novela histórica es un subgénero narrativo que se configuró en el Romanticismo del y que ha continuado desarrollándose con bastante éxito en los siglos y . Utilizando un argumento de ficción, como cualquier novela, tiene la característica de que este se sitúa en un momento histórico concreto y los acontecimientos históricos reales suelen tener cierta relevancia en el desarrollo del argumento. La presencia de datos históricos en la narración puede tener mayor o menor profundidad. También es habitual que este tipo de novelas tengan como protagonista a un personaje secundario real o ficticio más que a uno histórico real a través del cual se desarrolla la ficción.
Características Tras el trabajo de Louis Maigron Le Roman historique à l’époque romantique (1898), György Lukács (1936) definió el propósito principal del género en ofrecer una visión verosímil de los ambientes, tipos y paisajes de una época histórica preferiblemente lejana, de forma que aparezca una cosmovisión realista e incluso costumbrista de su sistema de valores y creencias. En este tipo de novelas han de utilizarse hechos verídicos aunque los personajes principales sean inventados. Sus rasgos serían ocho:
Sentido histórico de la época Revitalización del pasado con una proyección pretendidamente realista Carácter popular, entendido como el reflejo de la realidad social y los grupos que la forman Preferencia por personajes cuya individualidad refleja un carácter medio o típico Aplicación al presente al día de hoy Incidencia del anacronismo que sea preciso Condición crítica constitutiva del género, toda vez que encierra un conflicto entre historia y ficción, que conduce a una nueva forma de novela, la novela realista, encarnada según Lukács en Honoré Balzac. Puede ser un documental
Al contrario que la pseudo novela histórica del , de fin meramente moralizante, la novela histórica exige del autor al mismo tiempo una gran preparación documental y erudita y una cierta habilidad narrativa, ya que de dominar lo uno u otro esta pasaría a ser otra cosa, o bien historia novelada o bien una novela de aventuras históricas, o lo que el crítico Kurt Spang denomina novela ilusionista (que busca recreaciones verosimilistas según la mímesis aristotélica) y novela antiilusionista (que no respeta la verosimilitud, a la manera de Bertolt Brecht).Cf. Kurt Spang, "Apuntes para una definición de la novela histórica", en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin (eds.) La novela histórica. Teoría y comentarios. Pamplona: Ediciones Universidad de Navarra, 1995, cap. 2.º. La historia puede servir como justificación o condena de los tiempos presentes, puede ser un puro escape o evasión de sus problemas o, por el contrario, puede reafirmar la ideología política de su autor, sea liberal o conservadora.
Si se trata de una novela de aventuras los hechos inventados predominan sobre la historia, que es un mero paisaje de fondo o pretexto para la acción, como sucede, por ejemplo, en la mayor parte de las novelas de Alexandre Dumas padre. Por el otro extremo también se llega a desnaturalizar el género con lo que se llama historia novelada, pues en ella los hechos históricos predominan claramente sobre los ficticios, que es lo que ocurre por ejemplo con Hernán Pérez del Pulgar, el de las Hazañas, presunta novela histórica de Francisco Martínez de la Rosa que da pábulo a disquisiciones del autor de forma que la historia se convierte en solo un pretexto para exponer teorías o documentos, allegándose a los géneros de la biografía o el ensayo.
Evolución del género
Tras muchos precedentes anteriores, la novela histórica solo llega a configurarse definitivamente como género literario en el a través de la veintena de novelas del erudito escocés Walter Scott (1771-1832) sobre la Edad Media inglesa, la primera de las cuales fue Waverley (1814); en realidad, Scott, que fue un gran propagador del Romanticismo alemán en Inglaterra, se inspiraba en una autora alemana poco conocida, Benedikte Naubert (1752-1819), que escribía narraciones históricas protagonizadas por personajes secundarios, no héroes. Como señala Lukacs, Scott era un noble escocés empobrecido que mitificó sus orígenes sociales como una especie de don Quijote de la Mancha, algo que no se escapaba a las consideraciones del propio Scott. La novela histórica nace, pues, como expresión artística del nacionalismo de los románticos y de su nostalgia ante los cambios brutales en las costumbres y los valores que impone la transformación burguesa del mundo en el trascendental momento del paso a la modernidad entre los siglos y . El pasado se configura así como una especie de refugio o evasión, pero, por otra parte, permite leer en sí mismo una crítica a la historia del presente, por lo que es frecuente en las novelas históricas encontrar una doble lectura o interpretación no solo de una época pasada, sino de la época actual.
Este género nuevo se separa claramente de la moralizante novela pseudohistórica del , cuya evolución define perfectamente Louis Maigron: al principio hay una corriente idealista, que pretende establecer "modelos" sobresalientes de virtud y es de propósito moral y educativo; después progresa hacia un tipo de novela pseudohistórica "realista" que no se centra en figuras eminentes y donde la historia se introduce "sin ostentación ni fracaso", con algún respeto por la verdad histórica: el género aprende a no "travestirse grotescamente" de actualidad que la desacredite. Luego vino un tipo de novela "pintoresca" que introducía uno de los elementos esenciales del género: el color local.
Su propósito último, abiertamente moral y educativo, el hecho de que esté protagonizada por héroes, su cosmovisión asentada en valores contemporáneos, su discutible verosimilitud y su lenguaje, poco respetuoso con la época reflejada, impedían considerarlas estrictamente novelas históricas, como por ejemplo Les incas (1777) de Jean-François Marmontel, en Francia, o El Rodrigo (1793) del jesuita francoespañol Pedro de Montengón. Por eso la melancólica fórmula literaria de Walter Scott alcanzó un éxito inmenso y su influjo se extendió con el Romanticismo como uno de los autores y símbolos principales de la nueva estética. Discípulos de Walter Scott fueron, en la propia Escocia, Robert Louis Stevenson con La flecha negra, El señor de Ballantrae, Secuestrado o su segunda parte, Catriona; escribió novela histórica el decadentista Walter Pater (Mario, el epicúreo) y otros escritores del movimiento en Europa. En los Estados Unidos de América destaca otro discípulo de Walter Scott, James Fenimore Cooper (1789-1851), quien escribió El último mohicano en 1826 y continuó con otras novelas históricas sobre pioneros.
En España la primera novela histórica de molde scottiano fue Ramiro, Conde de Lucena (1823) de Rafael Húmara y Salamanca, cuyo prólogo es un importante documento sobre el género. Siguieron Jicotencal (1826), de Félix Mejía, mal atribuida a otros autores y publicada en su exilio de Filadelfia, y, entre otras muchas, Ramón López Soler con Los Bandos de Castilla (1830); Sancho Saldaña o El Castellano de Cuéllar (1834) de José de Espronceda, El doncel de Don Enrique el Doliente de Mariano José de Larra, El señor de Bembibre (1844) de Enrique Gil y Carrasco y Francisco Navarro Villoslada con Doña Blanca de Navarra (1846) y Amaya o los vascos en el VIII (1877) entre muchos otros, destacando en especial las 46 novelas históricas de Benito Pérez Galdós bajo el título general de Episodios nacionales (1872-1912) y las 22 de Pío Baroja, ya en el , bajo el de Memorias de un hombre de acción (1913-1935).
En Francia, siguieron el ejemplo de Scott Alfred de Vigny (1797-1863), autor de la primera novela histórica francesa, Cinq-mars (1826), y después Víctor Hugo Nuestra Señora de París y Alexandre Dumas (padre) y sus colaboradores, a los que les importaba sobre todo la amenidad de la narración en obras como Los tres mosqueteros. Posteriormente cultivaron el género Gustave Flaubert (Salambó), las novelas históricas compuestas por Émile Erckmann y Alexandre Chatrian, conocidos como Erckmann-Chatrian, y Anatole France (Thaïs, entre otras).
En Italia surgió una auténtica obra maestra del género, I promessi sposi (o Los novios, editada primeramente en 1823 y refundida después en dos entregas (1840 y 1842) por su mismo autor, Alessandro Manzoni. En ella se narra la vida en Milán bajo la tiránica dominación española durante el , aunque este argumento encubre una crítica de la dominación austriaca sobre Italia en su época. Al español fue traducida prontamente por Félix Enciso Castrillón y por Juan Nicasio Gallego. Se consagró especialmente al género Carlo Varese entre muchos otros autores y se tradujeron además las obras de Cesare Cantù y Massimo d'Azeglio y, ya en el , hay que mencionar entre gran número de autores a Umberto Eco, que hibrida los géneros de la novela filosófica, policíaca e histórica en El nombre de la rosa y ejerce más estrictamente los cánones del género en su Baudolino. También escribió notables novelas históricas Valerio Massimo Manfredi.
En Alemania existía ya una novela histórica barroca (Andreas Heinrich Buchholtz o Daniel Caspar von Lohenstein) y, tras los importantes precursores que fueron Leonhard Wächter (1762-1837) con obras como Sagen der Vorzeit, 1787, o Benedikte Naubert (1752-1819), con otras tan populares como Walter de Montbarry y Thekla de Thurn, tenemos a sus contemporáneos Ignaz Aurel Fessler o Feßler (Atila, rey de los hunos, 1794) y August Gottlieb Meissner o Meißer (Espartaco, 1792), por no hablar de Kotzebue (Ildegerte, 1778) o Wieland (Der goldene Spiegel, 1772). Las más exitosas y leídas fueron Der Jesuit de Carl Spindler y Agathocles, de Caroline Pichler. La filosofía de la historia de Herder, para quien la Historia debe constituir la estética y la ciencia, inspiró el Goetz von Berlichingen de Goethe (1773) y más tarde la filosofía historicista de Hegel. Fue sin embargo Achim von Arnim (1781-1831) el que primero consiguió unir plenamente ficción e historia creando la primera novela histórica alemana moderna en Die Kronenwächter (1817); las de Willibald Alexis expresan el nacionalismo prusiano del Romanticismo; hay que mencionar asimismo el Lichtenstein de Wilhelm Hauff, las obras de Ludwig Tieck y especialmente a Theodor Fontane, quien escribió su monumental Antes de la tormenta (1878). El Das Odfeld ya pertenece al realista Wilhelm Raabe (1888). En el el género se adapta a las innovaciones narrativas en la obra de Alfred Döblin y el judeoalemán Lion Feuchtwanger, y se consolida en la novela histórica del exilio, obra de autores tan destacados como Heinrich y Thomas Mann, Bertolt Brecht, Hermann Broch o Hermann Kesten, como respuesta a la ideología nazi. En la Bélgica flamenca, la novela histórica de Hendrik Conscience (1812-1883) El león de Flandes (1838) fue fundamental para reactivar una lengua que había caído en la diglosia respecto al francés, y siguió casi medio centenar más del mismo autor.
En Rusia, otro discípulo de Scott, el romántico Aleksandr Pushkin compuso notables novelas históricas en verso y la más ortodoxa La hija del capitán (1836). Allí se escribió también otra cima del género, la monumental Guerra y paz de León o Lev Tolstói (1828-1910), epopeya de dos emperadores, Napoleón y Alejandro, donde aparecen estrechamente entrelazados los grandes epifenómenos históricos y la intrahistoria cotidiana de cientos de personajes. El simbolista Dmitri Merezhkovski (1861-1945), por otra parte, indagó en los orígenes conflictivos del Cristianismo en La muerte de los dioses (1896), sobre el emperador Juliano el Apóstata.