thumb|275px|Un grupo de carrilches en una típica fiesta clandestina organizada en una quinta del conurbano bonaerense, lejos de la policía, hacia 1945. Malva Solís, la última hablante del argot original, aparece segunda desde la derecha. El carrilche es un argot LGBT de la Argentina, principalmente asociado a la comunidad travesti-trans, que surgió nutrido tanto de la jerga carcelaria como del habla popular urbana y el lunfardo durante el primer peronismo, en las décadas de 1940 y 1950, a partir del contacto de las llamadas maricas o locas —categoría previa a la consolidación de identidades como gay, travesti o trans, y que englobaba tanto a hombres homosexuales afeminados como a personas que serían posteriormente conceptualizadas dentro de esas categorías— con otros presos, notablemente en la Cárcel de Devoto, y que funcionó como un código compartido de defensa frente a la policía, otros reclusos y a los riesgos asociados a la prostitución. En el propio argot, la palabra carrilche designa a una marica, y la jerga en su conjunto ha sido descrita como un «idioma maricón». Desde una perspectiva sociolingüística, el carrilche en su forma original puede ser entendido como un antilenguaje. El carrilche está estrechamente ligado al concepto de la llamada «lengua» o «habla de las locas», un campo más amplio que describe una práctica local de enunciación mediante la cual maricas, personas travesti-trans y algunas mujeres desvían la lengua dominante, marcada por el exceso, la desobediencia lingüística y la reapropiación de la injuria.

Aunque algunas palabras del carrilche se extendieron fuera de la comunidad y se popularizaron en el uso general, como la conocida chongo, el carrilche se encuentra actualmente en retroceso dentro de la comunidad travesti-trans, y la difusión de ciertas voces implicó también la pérdida de su valor estratégico original. El carrilche original experimentó profundas transformaciones, influido también por variaciones regionales, de modo que el hablado en Buenos Aires difería del de provincias como Santiago del Estero, Córdoba y Santa Fe, y hacia la década de 1990 era ya marcadamente distinto del utilizado en los años 1940. Los cambios en la realidad social y política de la comunidad travesti-trans, como el inicio de la derogación de los edictos policiales en la década de 1990 y la sanción de la Ley de Identidad de Género en 2012, propiciaron que el carrilche dejara de cumplir principalmente una función de protección frente a la policía y otros riesgos para transformarse en una jerga de uso predominantemente social. Dado su uso cada vez más reducido dentro de la propia comunidad trans, diversas iniciativas han procurado recuperar el carrilche como patrimonio de pertenencia, memoria y experiencia compartida, entre ellas la publicación de El Teje en la década de 2000, el primer periódico travesti de la Argentina, cuyo título remite a una palabra del carrilche y que difundió las valiosas crónicas de Solís sobre el argot original. Asimismo, el pionero Archivo de la Memoria Trans ha recopilado y organizado información sobre el carrilche, aunque con el propósito explícito de preservar su carácter clandestino e íntimo dentro de la comunidad, razón por la cual ese acervo no se divulga al público general.

Historia Contexto y origen thumb|upright|«¡Basta de amorales! La nueva ley de profilaxis social terminará con ellos». Revista Ahora, diciembre de 1954. El carrilche surgió en la década de 1940 en Buenos Aires como un argot utilizado por las maricas para comunicarse entre sí mediante un código compartido; dentro del propio argot, la palabra carrilche designa a una marica, y la jerga en su conjunto ha sido descrita como un «idioma maricón». Antes de que se popularizara el uso del término travesti en los años 1970, y varias décadas antes de la difusión del concepto de transgénero, las identidades que posteriormente serían comprendidas dentro de esas categorías se inscribían en la Argentina en el abanico más amplio de las llamadas maricas, que también incluía a quienes más tarde se definirían como gais. Varios estudios acerca de la «sociabilidad homosexual masculina» señalan que antes de la difusión del modelo del Norte global del varón gay en los años 1980, concebido como relaciones igualitarias entre personas con expresiones de género similares, en la Argentina —al igual que en otros países latinoamericanos— predominó un modelo jerárquico, basado en la diferenciación de roles sexuales entre quienes asumían el rol pasivo (las maricas o locas; homosexuales afeminados) y quienes ocupaban el rol activo (los chongos; varón de expresión masculina, no necesariamente identificado como homosexual). A partir de la década de 1980 comenzó a producirse una brecha entre las identidades homosexuales que devinieron en la categoría gay, las cuales se definieron como exclusivamente homoeróticas y tendieron a rechazar lo femenino, representado en la figura de la loca. Según Santiago Joaquín Insausti, las identidades gais, travestis y trans son construcciones culturales recientes en la Argentina, señalando que: «Hasta la década de 1970, las maricas en Argentina, las bichas en Brasil y las jotas en México eran personas que, a pesar de haber sido en su mayoría asignadas al género masculino al nacer y de vivir cotidianamente como hombres, sentían atracción por otros hombres, hacían un uso permanente del afeminamiento y se "montaban de mujer" regularmente en contextos lúdicos y festivos, alternando para referirse a ellas el género gramatical femenino y el masculino, de manera aleatoria». Por ello, la figura de la marica es común tanto a la historia de las identidades travesti como gay en la Argentina, sin que ello implique una subordinación de una a la otra.

thumb|left|Vista de la Avenida Alem, . La zona ribereña del Bajo fue uno de los principales espacios de yire (cruising) y sociabilidad homosexual de Buenos Aires a mediados del .

Desde la posguerra y a lo largo del primer gobierno de Juan Domingo Perón, la homosexualidad masculina en Buenos Aires fue crecientemente construida por el Estado, la policía y la prensa como un problema de orden moral y social, bajo la categoría de los «amorales», figura que condensaba temores en torno a la sexualidad, la juventud y la estabilidad del ideal familiar. En su libro Cuerpos desobedientes (2004), que recopiló testimonios de travestis mayores de setenta años, la antropóloga Josefina Fernández señaló que: «A juicio de ellas, el primer período del gobierno peronista es el que más claramente inició la persecución de gays y travestis, ejercieran o no la prostitución callejera. Las maneras de caminar, el vestido y la apariencia en general serán motivo de una condena de la que hasta entonces estaban excluidas». En ese mismo período persistía un entramado de sociabilidad homosexual urbana que se organizaban en torno del yire (término local para el cruising), donde maricas y locas desplegaban estrategias corporales y gestuales —como el afeminamiento y el «loquear»— orientadas al reconocimiento mutuo y al contacto con los chongos, prácticas que implicaban una exposición permanente al riesgo de detención en un contexto de criminalización. Desde comienzos del , la zona de la ciudad conocida como «el Bajo», próxima al Río de la Plata, ocupaba un lugar privilegiado en el yire, especialmente en el área del antiguo Paseo de Julio, luego Avenida Alem, un sector asociado a la prostitución, frecuentado por marineros y atravesado por bares de sociabilidad masculina. Aunque asentada sobre prácticas represivas y discursos higienistas previos, hacia mediados de la década de 1940 la persecución de «amorales» se intensificó y comenzó a articularse de manera más explícita como una política represiva, hasta culminar, entre fines de 1954 y comienzos de 1955, en las grandes razzias antihomosexuales, concebidas como la coronación policial de una campaña impulsada desde el Ministerio del Interior, en el marco de debates más amplios sobre la ley de profilaxis, la prostitución y la moral pública. La represión se expresó tanto en los arrestos masivos y el traslado de detenidos a dependencias policiales y a la cárcel de Devoto como en una puesta en escena pública del castigo en la prensa sensacionalista, que exhibía a los homosexuales detenidos.

thumb|Un grupo de homosexuales detenidos tras una gran razzia contra «amorales» ingresa al Departamento Central de Policía en diciembre de 1954; luego de ser humillados y rapados, muchos de los arrestados fueron trasladados a la cárcel de Devoto.

Es en este contexto de intensificación de la represión durante el primer peronismo que surgió el carrilche. Los testimonios de Malva Solís (1919–2015), considerada «la travesti más anciana» de la Argentina, han sido claves para la reconstrucción, recopilación y comprensión del carrilche original, y fue considerada su última hablante viva en la variante de la década de 1940. Según escribió Solís: «Es indudable que el lenguaje carrilche se nutrió de gran manera de la jerga carcelaria, motivado por el hecho de que a partir del año 1947 las maricas se convirtieron en huéspedes asiduas de la cárcel de Devoto, en calidad de contraventoras de índole sexual. Esta circunstancia poco favorable fue el punto de partida para que las mariquitas idearan y pusieran en práctica una novedosa manera de expresarse. Y la modalidad lingüística tuvo gran acogida entre el carrilchaje local convirtiéndose en una asignatura casi obligada para todo maricón». La activista Marlene Wayar describió al carrilche como: «Un lenguaje inspirado por el lunfardo que las maricas manejaban en aquel Buenos Aires por su relación con los chongos de barrios populares y de ambiente carcelario, al reconocer que necesitaban uno que ni la policía ni los chongos supieran». La socialización del carrilche entre las travestis se produjo, al menos, por dos vías principales. Una de ellas fue la experiencia compartida en el ámbito carcelario, donde las travestis convivían con personas involucradas en distintos delitos y se integraban a dinámicas propias de la vida en prisión, lo que implicó la adopción de un léxico común para referirse de forma encubierta a la policía (cobani, yuta, taquero), percibida como un adversario compartido. Otro mecanismo de transmisión fue el entramado social interno de la propia comunidad travesti, conocido como «el ambiente», que funcionó como un espacio central de sociabilidad y circulación del argot. En una crónica, Solís rescata el papel de dos maricas llamadas Florián y Orquídea, las hermanas «Arvejas»:

thumb|upright|left|Portada de la revista Ahora en noviembre de 1958, con una nota sobre la pequeña agrupación Maricas Unidas Argentinas (MUA), cofundada por Solís para asistir a sus compañeras encarceladas.