Santa Ángela de la Cruz (Sevilla, 30 de enero de 1846-Sevilla, 2 de marzo de 1932) fue una monja católica española fundadora de la congregación religiosa llamada Compañía de la Cruz, dedicada a ayudar a los pobres y a los enfermos. Su nombre secular fue María de los Ángeles Guerrero González. Fue canonizada por san Juan Pablo II el 4 de mayo de 2003. Su cuerpo se encuentra en la capilla de la Casa Madre en Sevilla. Madre de los pobres. Autor: José María Javierre Ortás: Editorial Alameda (1969).Carlos Ros Carballar: Vida de Sor Ángela de la Cruz, ISBN 84-285-1834-3, Ediciones San Pablo (1996).Santa Ángela de la Cruz. Un ejemplo de caridad cristiana. Autor: José Antonio Hurtado González. Consultado el 25 de marzo de 2019.
Biografía Infancia y juventud 260 px|miniatura|derecha|Casa natal de Santa Ángela de la Cruz en la Plaza de Santa Lucía, 5, en Sevilla. miniatura|derecha|260px|Fachada de la iglesia de Santa Lucía donde fue bautizada. Su familia era muy modesta. Su padre, Francisco Guerrero Benítez, nació en Grazalema, provincia de Cádiz. Era aficionado a leer libros de religión. Su oficio principal fue cardador de lana, aunque también fue cocinero en el Convento de la Trinidad, de frailes trinitarios. Se casó en Sevilla con Josefa González Fernández, hija de padres nacidos en Arahal, provincia de Sevilla, y Zafra, provincia de Badajoz. La madre, Josefa, y la hermana mayor, Joaquina, lavaban y cosían la ropa del Convento de la Trinidad. Sin embargo, dejaron de trabajar para el convento tras la desamortización, en 1835.
Ángela nació a las siete de la tarde del 30 de enero de 1846, en una casa ubicada en el número 5 de la Plaza de Santa Lucía de Sevilla. La casa natal es conservada en la actualidad por el instituto religioso que fundó. El 2 de febrero fue bautizada en la Iglesia de Santa Lucía, con el nombre de María de los Ángeles, por el nombre de su abuela paterna, Martina, por el santo del día, y de la Santísima Trinidad, probablemente por la vinculación que habían tenido sus padres con aquel convento. La pila bautismal se conserva en la casa natal, calle Santa Lucía 5.
Fueron sus abuelos paternos, Juan José Guerrero, de Grazalema, y Ángela Benítez, de Ubrique. Los maternos, Antonio González, de Arahal, y Juana Fernández, de Zafra.
En la acera de enfrente se encuentra el Beaterío de la Santísima Trinidad. Josefa mantenía buena relación con estas religiosas y pasaba las tardes cosiendo con la portera del beaterío.
Tuvo catorce hermanos, aunque solamente seis alcanzaron la edad adulta; los otros ocho fallecieron durante la infancia, circunstancia entonces habitual, pues existía una alta tasa de mortalidad infantil. Los varones que llegaron a la adultez fueron José, Antonio y Francisco y las mujeres Joaquina, Ángela y Dolores.
Su padre falleció cuando Ángela era niña. Sus restos se trasladaron del cementerio a la iglesia del antiguo Convento de la Trinidad, que en la actualidad es la Basílica de María Auxiliadora, de los salesianos.
En la casa de Ángela, durante el mes de mayo, se ponía un altar a la Virgen para rezar el rosario. En su casa había una imagen de la Virgen de los Dolores y otra de la Virgen del Rosario, aunque ella era más devota de la Virgen de los Reyes, que se encuentra en la Capilla Real de la Catedral de Sevilla. La familia tenía encomendado el cuidado del altar de la Virgen de la Salud de la Iglesia de Santa Lucía. Cuando era pequeña, solía rezarle a la Virgen de la Salud de la Iglesia de Santa Lucía, que actualmente se encuentra en la Casa Madre de la Compañía de la Cruz, en Sevilla. Desde su infancia mostró una gran aflicción ante las personas con malos modales. En la escuela aprendió a escribir, algo de aritmética y el catecismo. Hizo la primera comunión en febrero de 1854.
Hacia los doce años, empezó a trabajar en el taller de calzado de Antonia Maldonado, también en el centro de Sevilla. Antonia Maldonado era muy religiosa. Su director espiritual era el sacerdote José Torres Padilla. A última hora de la tarde, todas las operarias se reunían para rezar el rosario en un oratorio en el piso superior. Allí permaneció hasta los veintinueve años de forma casi ininterrumpida.
José Torres Padilla era de La Gomera, Canarias. Se ordenó sacerdote en Sevilla. Fue canónigo de la catedral y catedrático del seminario. Era un sacerdote muy respetado en la ciudad. Fue también guía espiritual de Santa Ángela. El jesuita Alfonso Torres destacó su habilidad pastoral en un discurso sobre un texto de Santa Ángela en la Real Academia Sevillana de Buenas Letras del 11 de mayo de 1941, llegando a afirmar que "fue un director espiritual a lo Juan de Ávila".
Ángela daba todos los viernes su comida a los pobres y luego les pedía a Antonia Maldonado y a las otras trabajadoras pan para añadir a su limosna.
Desde su juventud practicó la mortificación personal. Desde los 15 usó como cama una tabla y una piedra como almohada. También usaba frecuentemente cilicios. Además, realizaba ayunos. Su religiosidad era conocida en el taller. Se le atribuyó un milagro, indicando que un día de lluvia había ido del taller a su casa sin mojarse nada. En otra ocasión, en 1862, cuando las trabajadoras estaban en el oratorio rezando, ella se puso a levitar. Todas la vieron y, por orden de Antonia Maldonado, bajaron sin hacer ruido al taller, donde esta les dijo que no le dijeran nada de lo sucedido a Ángela cuando regresase. Al regresar al taller, Ángela les dijo: "¡Me dejaron ustedes dormida!". Antonia Maldonado le contó esto a José Torres, que quiso conocerla. Desde entonces fue su confesor y director espiritual.
También realizaba visitas a enfermos. En una ocasión, una señora tenía una enfermedad con llagas y se negaba a operarse porque le daba miedo, ella succionó las llagas y la enferma sanó.
En 1865, con diecinueve años, quiso ser monja. Torres le escribió una carta de recomendación para el Convento de San José, de las carmelitas descalzas. Ángela escribió a unas amigas de Marchena para decirles que iba a entrar en un convento. Este es el primer documento manuscrito de la santa que se conserva. Las carmelitas la consideraron muy débil de cuerpo como para resistir la labor de las legas y no le admitieron. Se conservan unas 5 000 cartas de Santa Ángela de la Cruz. miniatura|260px|Hospital de las Cinco Llagas. En 1869, cuando tenía veintitrés años, Torres le animó a intentar entrar en la Compañía de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, que realizaba obras de misericordia. Estuvo con esta congregación en el Hospital de las Cinco Llagas. Pasó el postulantado y tomó el hábito de novicia. Tras esto, desarrolló un problema de salud con vómitos. La destinaron a Cuenca y luego a Valencia. Continuó con este problema de salud. Consultaron con médicos y le cuidaron mucho en la congregación con la intención de que continuase con ellas, pero el malestar persistió y tuvo que abandonar la vida religiosa. En 1870 regresó a casa con su madre, Josefa. Curiosamente, después de dejar la vida religiosa, los vómitos desaparecieron tan misteriosamente como se habían iniciado, sin dejar ninguna secuela. Ella decía que se había curado gracias a unos "soldaditos de pavía" (bacalao cortado en tiras rebozado y frito) que había comprado en una freiduría de Sevilla.
Continuó trabajando en el taller de calzado.
José Torres Padilla participó en el Concilio Vaticano I (1869-1870).
Torres también era director espiritual de una monja mercedaria llamada sor Florencia del Santísimo Sacramento. En la Cuaresma de 1873 sor Sacramento tuvo una visión después de comulgar: en el centro de un cuadro dos ángeles coronaban con una corona de rosas olorosas a una joven y escuchó una voz que decía "Esa es Angelita". Ella se lo comunicó a Torres. Para probar la veracidad del milagro, Torres envió a dos monjas a sor Sacramento para que ella dijera cuál era Angelita y esta contestó que no era ninguna de las dos. Luego mandó a Ángela y la reconoció como la joven de la visión.
En marzo de 1873 Ángela dijo haber vivido un estado del alma de gran elevación mística. Desde entonces, con permiso de su director espiritual, pasó a firmar como Ángela de la Cruz.
Un día, al salir de una misa en la capilla de la Orden Tercera de San Pedro de Alcántara, tras haber visto un cuadro en el que parecía que san Francisco de Asís estaba levitando, le dijo a su amiga que sentía un gran deseo de vivir despegada de la tierra.
El 1 de noviembre de 1873, Ángela se propuso por escrito vivir conforme a los criterios evangélicos.
Fundación de la Compañía de la Cruz miniatura|derecha|260px|Casa en la calle San Luis, 13 de Sevilla donde Santa Ángela de la Cruz organizó su primer convento. miniatura|derecha|260px|Placa conmemorativa en la calle San Luis, 13, de Sevilla. El 11 de octubre de 1874 comenzó a escribir su diario espiritual. Estos escritos recibirán el nombre de «Papeles de conciencia».
El 8 de diciembre de 1874 se consagró al Señor con votos perpetuos. Poco después quiso fundar una compañía para alcanzar la perfección espiritual, como comunicó al sacerdote Torres. Por ello, observaría la pobreza como un medio para acercarse a los pobres y llevarlos hasta Cristo.
Consideraba la Cruz como la cumbre más elevada de la perfección. También quería dar a conocer al mundo la Cruz de Cristo, ya que, como escribió una vez, "la enseñanza del Calvario no es nueva, pero está muy olvidada".
Consideraba su padre espiritual a san Francisco de Asís y quería alcanzar esos niveles de humildad ante Dios.
Contó que, en 1875, mientras iba por la calle Enladrillada rezando el rosario, se le había aparecido la Virgen María. Describió la aparición del siguiente modo:
A finales de junio de 1875 Torres le dijo a Ángela que convendría que dejase el taller para preparar mejor la nueva fundación, por lo que se despidió de sus compañeras. En un mes escribió las reglas. Ángela logró la adhesión de Josefa de la Peña, una terciaria franciscana con la que iba a visitar a los necesitados. A ellas se les unieron dos muchachas humildes: Juana María Castro y Juana Magadán. Con el dinero de Josefa Peña, aquel verano alquilaron un cuarto con derecho a cocina en el número 13 de la calle San Luis.
El 2 de agosto de 1875 las cuatro hermanas salieron de la calle San Luis para ir a la Iglesia del Convento de Santa Paula, donde asistieron a una misa oficiada por Torres, comulgaron y se consagraron a Dios en el amor y servicio a los pobres. De esta forma, quedó constituida la Compañía de la Cruz con sor Ángela de la Cruz, sor Josefa, Juana María Castro con el nombre religioso de sor Sacramento, y sor Juana.
Las monjas realizaban obras de caridad con los pobres y visitas a los necesitados.
El 1 de octubre se trasladaron a una casa alquilada, el número 8 de la calle Hombre de Piedra. La casa fue bendecida por el párroco de San Lorenzo, el beato Marcelo Spínola y Maestre. En la Navidad de 1875 el arzobispo Luis de la Lastra y Cuesta dispuso que se vistiesen con hábito para exteriorizar sus votos. Este fue diseñado por Santa Ángela: de color marrón, con un escapulario de la misma tela, un cordón como el de los franciscanos, toca blanca y, como calzado, simples alpargatas.
La siguiente en unirse fue sor Ana. Posteriormente se unieron a la Compañía Luisa Padilla, de la alta sociedad sevillana y directora de un colegio, y una de sus discípulas, Concepción Fernández, que pasó a tener el nombre religioso de sor Pura. Una de las hermanas que se unió posteriormente fue sor Adelaida de Jesús, que se curó de una tuberculosis que podría haberla matado, atribuyendo esto a la intercesión de fray Diego José de Cádiz. Este milagro de sanación sirvió para beatificar a Diego José de Cádiz en 1894, por León XIII.