miniaturadeimagen|Batalla del Nilo, Luny Thomas (1798) Una guerra naval o batalla naval se trata de una lucha entre buques de guerra en los mares, océanos, o cualquier otro cuerpo grande de agua líquida, como grandes lagos y anchos ríos.
Tácticas navales modernas
Como ocurre con todas las otras formas de guerra en la actualidad, las tácticas navales modernas descansan sobre el principio de «disparar y moverse». El éxito real de la potencia de fuego depende de un buen reconocimiento y en la adopción de buenas posiciones de disparo. El movimiento es un componente muy importante del combate moderno; una flota naval actual ha de poder desplazarse, en consecuencia, varios cientos de kilómetros en un solo día.
En la guerra naval la clave consiste en detectar al enemigo, al tiempo que se trata de evitar el ser detectado por el enemigo. Se gasta mucho tiempo y esfuerzo en negar al enemigo la oportunidad de que pueda detectar las propias fuerzas.
También es fundamental el concepto de espacio de batalla: una zona alrededor de una fuerza naval, dentro de la cual un comandante confía en detectar, perseguir, combatir y destruir las amenazas, antes de que éstas puedan llegar a convertirse en peligrosas. Esta es la razón de que una armada prefiera el mar abierto. La presencia de tierra (líneas de costa) y la topografía del fondo comprimen el espacio de batalla, limitando las oportunidades para maniobrar. Estos factores hacen que sea más fácil para el enemigo el predecir la localización de la propia flota, y hacen más difícil la detección de las fuerzas enemigas. En aguas poco profundas, la detección de submarinos y minas es especialmente problemática.
El escenario que fue el foco de atención de los planificadores navales norteamericanos durante la Guerra Fría fue el enfrentamiento entre dos flotas modernas y bien equipadas en alta mar, en un eventual choque de los Estados Unidos con la Unión Soviética. La máxima consideración fue otorgada a los CVBG (grupo de batalla de portaaviones).
En el combate naval moderno existe la posibilidad de lanzar o recibir un golpe mortal, desde una distancia de hasta 600 millas náuticas (1100 kilómetros). Esta es un área enorme para ser explorada por los medios de reconocimiento disponibles. La respuesta a este problema, de doble filo, es la guerra electrónica.
Los submarinos son la mayor amenaza para las operaciones ofensivas de los CVBG, debido a la gran capacidad que tienen los modelos modernos para pasar inadvertidos, gracias a medios técnicos tales como las capas anti-eco o los motores a chorro de agua, totalmente silenciosos. Esta habilidad para la ocultación es la principal ventaja del submarino. La extensión de las operaciones navales hacia aguas poco profundas ha incrementado mucho la amenaza submarina. La sola sospecha de que pueda haber un submarino en un área determinada, puede obligar a una flota a gastar grandes recursos para eliminarla, ya que los efectos de destrucción que produciría un submarino no detectado podrían ser catastróficos.
El arma clave en el combate naval moderno es el misil. Este puede lanzarse desde la superficie, bajo el mar o desde unidades aéreas. Con las velocidades de los misiles actuales, que pueden alcanzar hasta Mach 4, el tiempo del choque puede ser sólo cuestión de segundos. La clave para una defensa exitosa consiste en destruir las plataformas de lanzamiento antes de que consigan disparar, eliminando de un solo golpe una o más amenazas de misil. Esto no siempre es posible, por lo que los recursos de guerra antiaérea necesitan ser equilibrados entre las batallas aéreas interiores y exteriores.
Historia
La humanidad ha practicado la guerra en el mar desde hace, por lo menos, 3000 años hasta el momento presente (desde el I milenio a. C.). Aparentemente, la guerra terrestre no depende del dominio del mar, pero nada sería más alejado de la verdad. Los transportes terrestres, hasta la llegada de los sistemas ferroviarios en el , eran extremadamente dependientes de los sistemas fluviales y del transporte marítimo. Los ferrocarriles determinaron el fin de esta dependencia, y fueron cruciales en el desarrollo económico del mundo moderno (industrialización) en el Reino Unido, los Países Bajos y el norte de Alemania. Los ferrocarriles posibilitaron el movimiento masivo de mercancías y personas en tierra firme, sin el cual la Revolución industrial no habría podido alcanzar su pleno desarrollo. Antes de 1750, personas y bienes viajaban por mar (o en tierra por vías de agua interiores), pues los viajes por tierra (con vehículos hipomóviles) eran lentos, fatigosos y muy caros. Así que los ejércitos, con sus exorbitantes necesidades de provisiones, munición y forraje (pues dependían de los caballos para moverse) estuvieron atados a los valles fluviales y a las zonas cercanas a las costas durante gran parte de la historia. La razón es obvia, pues el medio de mantener aprovisionados a los ejércitos eran los barcos, que traían todo lo necesario para su funcionamiento y supervivencia (gran cantidad de mercancías) por mar o por los ríos.
De la Prehistoria y las primeras épocas de la Historia Antigua nos han llegado numerosas referencias sobre la guerra en el mar. Destacan especialmente en las leyendas homéricas: la Ilíada, sobre la guerra de Troya, y su continuación, la Odisea. El Imperio persa —fuerte y unido, pero sin un poder marítimo propio— no pudo vencer a los débiles y desunidos griegos, debido al poder de la flota ateniense. Reforzada por las flotas de otras polis (ciudades) más pequeñas, siempre consiguió frustrar los intentos persas de subyugar a las polei (ciudades-estado griegas). El poder y la influencia de las civilizaciones fenicia y egipcia, los de la púnica (basada en Cartago), e incluso los de Roma, dependieron en gran medida de su respectiva capacidad de controlar los mares (talasocracia). También la República de Venecia consiguió destacar sobre sus rivales entre las ciudades-estado de Italia, por su desarrollo naval. Pero su pujanza comercial se eclipsó por el declive del Mediterráneo en la Edad Moderna (las grandes rutas del comercio internacional se desarrollaron lejos de Venecia, en el océano Atlántico).
Algo similar le sucedió al poderío del Imperio otomano, ligado a la decadencia de la Ruta de la Seda y del Mediterráneo en general, durante los siglos y . En otras épocas, el dominio del mar dio una gran relevancia a pueblos pequeños y comparativamente atrasados: durante tres siglos (del al ), los hombres del norte, llamados comúnmente vikingos, asaltaron, saquearon e infestaron las costas europeas, llegando incluso a la Rusia central, a Ucrania y a Constantinopla. Remontaron los grandes ríos tributarios del Mar Negro, el Danubio, el Don y el Volga, y cruzaron innumerables veces el estrecho de Gibraltar, considerado entre los grandes reinos europeos del momento, centrados en el Mediterráneo y menos avezados en los viajes oceánicos por el Atlántico, como las Columnas de Hércules, la puerta hacia un mar indómito, desconocido y lleno de peligros.
La mayor parte de las batallas navales famosas de la historia nos han legado testimonios materiales directos, como pecios (restos de una embarcación) procedentes de naufragios, que son objeto de estudio por parte de una disciplina científica específica, la arqueología submarina. Un ejemplo importante de proyecto de investigación arqueológica submarina reciente, aunque no muy conocido, es el estudio de los naufragios de diversos barcos en el océano Pacífico, los barcos de guerra japoneses hundidos durante la batalla de Midway.
Remeros del Mar Mediterráneo thumb|300px|Un antiguo trirreme griego.
La primera batalla naval registrada en documentos escritos está datada hacia el año 1210 a. C. aproximadamente: Suppiluliuma II, rey de los hititas, se enfrentó con sus naves a una flota procedente de Chipre, la derrotó e incendió los barcos chipriotas en el mar.
Relieves asirios de cerca del 700 a. C. muestran barcos fenicios en una batalla, con dos niveles de remos. Los soldados combaten sobre una especie de puente o cubierta por encima de los remeros, y los barcos muestran una especie de espolón que sale desde la proa. No hay ninguna mención escrita acerca de táctica o estrategia correspondiente a esta época, que se haya conservado hasta nuestros días.
Los reyes y héroes griegos que aparecen en las leyendas de Homero ( aproximadamente), usaban sus barcos para transportar sus ejércitos, pero hacían la guerra en tierra firme. Pero en el año 664 a. C. se sabe de una batalla naval que hubo entre Corinto y una de sus colonias, la ciudad de Corcira.
Las guerras médicas, en el , fueron los primeros conflictos históricos de los que se conocen operaciones navales a gran escala. Por lo que cuentan los textos históricos, no sólo hubo en estas guerras sofisticados choques entre flotas y escuadras, con docenas de trirremes en cada bando, sino también operaciones anfibias y combinadas de fuerzas de tierra y mar. Parece improbable que estos avances bélicos fuesen el producto de una sola mente, o incluso de una generación; lo más probable es que el período de evolución y experimentación de tales medios y sistemas de combate simplemente pasó inadvertido para la historia escrita.
Las guerras médicas formaron un largo episodio de la Historia Antigua, que comenzó con la aparición de los ejércitos de los persas o medos (de donde viene el nombre de guerras médicas) en Asia Menor (actual Turquía). Después de algunas batallas iniciales, los persas derrotaron a los griegos de las ciudades costeras de Asia Menor, región conocida como Jonia. Sometida la Jonia, los persas se decidieron a invadir la Grecia continental. Temístocles de Atenas, líder político y militar de la ciudad, estimó que los griegos serían superados en número por los persas en tierra, pero que Atenas podría protegerse a sí misma construyendo una flota de galeras (que en las crónicas griegas clásicas aparecen como los "muros de madera" de la ciudad), empleando los recursos obtenidos de la explotación de las minas de plata de Laurión, propiedad de Atenas, para financiarla.
La primera campaña de los medos, en el 492 a. C., fue abortada porque la flota persa (compuesta de barcos jonios, sirios y fenicios principalmente) se dispersó y hundió en una tormenta. La segunda, iniciada en el 490 a. C., capturó algunas islas en el Mar Egeo, situado entre Jonia y Grecia, antes de desembarcar en la península griega, cerca de Maratón. Los griegos, conscientes de su inferioridad en tierra, atacaron a los persas realizando una apuesta muy arriesgada, pero rechazaron el desembarco. La victoria, anunciada por uno de los soldados atenienses que participó en la batalla, fue celebrada en Atenas como un triunfo histórico, y dio origen posteriormente a la prueba atlética de la maratón (que recorre una distancia equivalente a la que media entre Maratón y Atenas, algo más de 42 km).
La segunda campaña de los medos, bajo el rey Jerjes I de Persia, comenzó diez años más tarde (), y repitió el modelo que había seguido la primera campaña. El ejército persa siguió el camino del Helesponto, mientras que la flota de barcos jonios, fenicios y sirios lo seguía bordeando la costa. Cerca de Artemisio, en un estrecho canal entre la Grecia peninsular y la isla de Eubea, la flota griega le cerró el paso, y aguantó los múltiples ataques de la escuadra de Jerjes. Los barcos al servicio de los persas pasaron a través de la primera línea de barcos griegos, pero después fueron flanqueados por la segunda línea griega. La derrota del ejército griego en tierra, en el desfiladero de las Termópilas, forzó la retirada de los griegos, y Atenas evacuó a su población a la cercana isla de Salamina, en previsión de que los persas asediasen y conquistasen la ciudad.