La guerra civil de Navarra fue una guerra civil que se inició en el Reino de Navarra en 1451, con motivo del pleito sucesorio que se produjo tras la muerte de la reina Blanca I de Navarra entre su marido don Juan, rey jure uxoris (por matrimonio), apoyado por los agramonteses, y el hijo de ambos, el príncipe Carlos de Viana, apoyado por los beaumonteses. En este conflicto intervinieron o se vieron implicadas las Coronas vecinas de Castilla y de Aragón. En lo que sería una larga contienda, no hubo prácticamente enfrentamientos armados, consistiendo en expediciones, asedios más o menos pasivos, destrucción de cosechas y otros sabotajes.
La guerra civil terminó con la firma el 22 de noviembre de 1464 de la concordia de Tarragona entre Juan II y los líderes beaumonteses por la que estos lo reconocían como rey de Navarra. Sobre la disputada cuestión sucesoria —Carlos de Viana había muerto tres años antes y sus derechos a la Corona navarra habían pasado a su hermana doña Blanca— se ocuparían las Cortes de Navarra. Pero estas no tuvieron oportunidad de tratar el tema porque pocos días después moría doña Blanca en su cautiverio del Bearn.
Antecedentes Las banderías nobiliarias: beaumonteses frente a agramonteses Tras el belicoso y ruinoso reinado de Carlos II de Navarra (1343-1387), el reinado de Carlos III de Navarra (1387-1425) constituyó, según Jaume Vicens Vives, «una etapa de provechosa restauración del país». Sin embargo, no pudo acabar con la división que existía entre la Montaña pirenaica, habitada por gentes que se dedicaban fundamentalmente al pastoreo y a la explotación de los bosques, que conservaban el eusquera y que se consideraban a sí mismos como los fundadores del reino lo que les daba derecho a gobernarlo, y el Llano que se extendía hacia el Ebro, una zona mucho más rica dedicada a la agricultura, que contaba con las principales villas (Tudela, Estella, Corella, Viana, Cascante, Cabanillas, Cortes, Tafalla y Olite), que tenía una importante población mudéjar recluida en las aljamas y que estaba abierta a la influencia de Aragón y de Castilla.
Sin embargo Carlos el Noble logró apaciguar el enfrentamiento entre dos casas nobiliarias cuya tradicional rivalidad se enmarcaba en la división entre la Montaña y el Llano, pues cada una de ellas tenía sus principales posesiones y apoyos en cada una de ellas.
Los beaumonteses, en la Navarra pirenaica de las merindades de Ultrapuertos, de Sangüesa y de Pamplona; los agramonteses en el Llano (merindades de Estella, de Olite y de Tudela). Los beaumonteses descendían de Carlos de Beaumont ―hijo bastardo del infante Luis de Navarra, hermano de Carlos II que había sido lugarteniente del reino ― que había ostentado la alferecía de Navarra y que había casado a su hijo Luis de Beaumont con una hija natural de Carlos III de Navarra y que por ese matrimonio había recibido el condado de Lerín. Luis de Beaumont ostentó como su padre la alferecía de Navarra, título que convirtió en el de condestable de Navarra hacia 1430. Los agramonteses, por su parte, tenían su origen en Leonel de Navarra, hijo bastardo del rey Carlos II. Su hermano el rey Carlos III de Navarra le concedió posesiones en la Ribera del Ebro y le otorgó diversos honores en la gobernación del reino. Esto suscitó la enemistad de Carlos de Beaumont, que pasó a sus hijos respectivos don Felipe, que fue nombrado mariscal del reino en 1428 o 1429 y casó con Juana de Peralta —hija de Pierres de Peralta, el Viejo—, y don Luis de Beaumont, condestable de Navarra. A la muerte de don Felipe en 1450 le sucedió al frente de los agramonteses su hijo Pedro de Navarra y su tío materno Pierres de Peralta, el Joven, «personaje de una energía invencible, uno de los caudillos más singulares del hispano», en palabras de Jaume Vicens Vives.
Pero la rivalidad entre beaumonteses y agramonteses se recrudeció con fuerza durante el reinado de la hija de Carlos el Noble, Blanca I de Navarra (1425-1441), casada con don Juan, infante de Aragón. Y esta rivalidad entre beaumonteses y agramonteses tejió una tupida trama de conflictos personales que llevarían a la guerra abierta. En Navarra, de forma tradicional, no era habitual conceder a los nobles señoríos territoriales y jurisdiccionales, o si se otorgaban, era en pago a algún servicio y sin carácter hereditario, pero Carlos III lo modificó y abrió la posibilidad a los nobles de obtener estos privilegios feudales dentro del reino.
El conflicto sucesorio tras la muerte de Blanca I de Navarra 200px|thumb|left|Juan II, llamado el Usurpador por los partidarios del príncipe Carlos de Viana
En mayo de 1441 murió doña Blanca I de Navarra lo que planteó un pleito sucesorio entre su esposo, don Juan rey consorte de Navarra, y el hijo de ambos, el príncipe Carlos de Viana. Según los capítulos matrimoniales del enlace entre don Juan y doña Blanca ―la boda se celebró el 10 de junio de 1420 en la catedral de Pamplona― los derechos a la Corona navarra pasarían a la muerte de doña Blanca al hijo que tuvieran ambos y que si ella fallecía antes que su esposo sin sucesión don Juan debería abandonar Navarra pues «como extranjero» no esperaba «la subcesión e herencia del dicho reyno de Navarra» más que en virtud de los derechos de su mujer. Sin embargo, en los capítulos nada se estipuló sobre qué papel tendría el futuro rey consorte de Navarra en el caso de la muerte de su esposa con hijos mayores de edad, lo que sería fuente de graves controversias en el futuro.
Efectivamente, el testamento de doña Blanca, rubricado en Pamplona dos años antes de su muerte, legaba la corona de Navarra a su hijo Carlos de Viana, pero en el mismo introdujo un párrafo que será el objeto del enfrentamiento entre padre e hijo. En él se decía: «Y aunque el dicho príncipe, nuestro caro y muy amado hijo, pueda, después de nuestra muerte, por causa de herencia y derecho reconocido, intitularse y nombrarse rey de Navarra y duque de Nemours, no obstante, por guardar el honor debido al señor rey su padre, le rogamos, con la mayor ternura que podemos, de no querer tomar estos títulos sin el consentimiento y la bendición del dicho señor padre».
Atendiendo a esta cláusula del testamento de doña Blanca, don Juan no renunció al título de rey de Navarra, pero concedió la gobernación del reino a su hijo Carlos de Viana en un momento en que aquel estaba envuelto en la guerra civil castellana de 1437-1445. Sin embargo, como ha destacado Jaume Vicens Vives, «el problema constitucional quedó sin resolver, ya que siendo el príncipe de Viana el verdadero monarca propietario del reino, mal podía su autoridad someterse a la de Juan de Aragón». En este sentido es revelador que cuando recibió los poderes de su padre en diciembre de 1441 el príncipe de Viana dejó claro que lo hacía sin menoscabo de sus derechos soberanos a la Corona navarra —hizo constar en acta «que todas las cosas que así hiciera era por respeto a la persona del rey su padre, y no porque le reconociera derecho alguno sobre el reino»—.
Así, mientras don Juan siguió ocupado en la guerra castellana, la gobernación de Navarra, sin poder utilizar el título de rey, la ejerció el príncipe de Viana con escasas intromisiones por parte de su padre —solo cuando necesitó dinero—. La situación cambió cuando terminó la guerra en 1445 con la completa derrota de don Juan y este volvió a Navarra, y sobre todo tras la boda de este con Juana Enríquez en 1447, un enlace que los partidarios de Carlos de Viana consideraron dejaba sin efecto cualquier prerrogativa que pudiera detentar en Navarra en virtud del testamento de doña Blanca.
El pleito sucesorio se enmarañó a causa de la rivalidad entre beaumonteses y agramonteses, ya que Carlos de Viana tenía como ayo y principal consejero a Juan de Beaumont, gran prior de la Orden de San Juan de Jerusalén en Navarra, y había prodigado las concesiones de rentas y posesiones a los miembros de la familia en especial al jefe de la misma Luis de Beaumont, conde de Lerín y condestable de Navarra, pero también al propio gran prior ―que recibió el señorío sobre la villa de Corella, en la zona del Llano―, y a Juan de Ezpeleta, esposo de Clara de Beaumont, lo que en muchas ocasiones perjudicó los intereses de los agramonteses por lo que estos tomaron partido por don Juan de Navarra, quien por su parte tenía en gran estima al líder agramontés Pierres de Peralta, que había combatido junto a él en la guerra civil castellana de 1437-1445 y en la decisiva batalla de Olmedo.
La vuelta de don Juan a Navarra y la intervención castellana (1449-1451) A finales de 1449 Juan de Navarra, que se encontraba en Zaragoza para presidir las Cortes del Reino de Aragón —don Juan había sido nombrado lugarteniente del reino de Aragón por su hermano el rey Alfonso el Magnánimo que continuaba en Nápoles—, se marchó rápidamente para el reino de Navarra, pues según narró Jerónimo Zurita, «le convenía tornar presto a Navarra por la dissensión que se començó a mover por los estados de aquel reyno, deseando la una parcialidad del que el príncipe don Carlos tomasse a su mano la gobernación y la possessión del reyno, como legítimo sucesor a quien pertenecía de derecho».
El 31 de diciembre de 1449 Don Juan se instaló con su corte en Olite y comenzó a actuar como rey de Navarra ―una autoridad que él estimaba ostentar en virtud del testamento de su primera esposa doña Blanca― nombrando a personas de su confianza en los cargos de responsabilidad del reino, muchos de ellos miembros del clan de los agramonteses, y revocando las concesiones hechas por el príncipe de Viana a los beaumonteses. Así, por ejemplo, el gran prior Juan de Beaumont perdió el señorío de Corella, al mismo tiempo que el agramontés Pierres de Peralta recibía favores y mercedes. El propósito de don Juan era recabar la mayor cantidad de dinero y de hombres posibles para intentar recuperar sus posesiones castellanas perdidas tras la derrota de la batalla de Olmedo de 1445. De esta forma se agudizó el conflicto sucesorio, pues todo ello lo hizo, como ha destacado José María Lacarra, «sin guardar hacia el príncipe las menores atenciones».
Por este motivo la tensión entre don Juan y su hijo fue en aumento pero la causa de su ruptura fue Juana Enríquez, la segunda esposa de don Juan, porque para Carlos de Viana y sus partidarios su presencia en Navarra era la prueba de que no había ninguna posibilidad de entendimiento con su padre ya que, como ha señalado José María Lacarra, «para nadie era dudoso que este segundo matrimonio hacía decaer todos los derechos que pretendía ostentar don Juan al reino de Navarra». Así cuando Juana Enríquez se instaló en la corte de Olite, Carlos de Viana huyó a Guipúzcoa, donde se le unieron Luis de Beaumont y otros miembros de su séquito, privando así «al gobierno de don Juan —según José María Lacarra— de toda apariencia de legalidad, pues esta se basaba en la ficción de la Lugartenencia y en el buen acuerdo con el príncipe». «La sorpresa y alarma, tanto del rey como de la Diputación de los Tres Estados, debió ser enorme», concluye Lacarra.