Sistema nervioso

Si bien, las diferencias son notables entre el cerebro de un monotrema y el de un delfínido o un primate antropomorfo, en general, la masa cerebral de todos los mamíferos presentan una complejidad y un grado de desarrollo que no tiene comparación en el reino animal. A medida que avanzamos dentro de la clase hacia especies más evolucionadas, la corteza cerebral o substancia gris, considerada la parte noble del cerebro incrementa su volumen, a la vez que lo hace el número y complejidad de sus circunvoluciones. El volumen del cerebelo es también mayor en los mamíferos.

La actividad psíquica de los mamíferos es muy superior a la del resto de los animales, y en las especies más evolucionadas se aprecian rasgos de memoria e incluso de inteligencia.

Sistema nervioso periférico

El sistema nervioso se divide en dos partes: sistema nervioso central formado por el encéfalo y la médula espinal y sistema nervioso periférico que está formado por los nervios y ganglios nerviosos que se extienden fuera del sistema nervioso central.1 La función principal del sistema nervioso periférico es conectar el sistema nervioso central con los miembros y órganos. Carece de revestimiento óseo protector lo que lo diferencia del sistema nervioso central que está envuelto por el cráneo y la columna vertebral. 23

Está compuesto por 12 pares de nervios craneales y 31 pares de nervios espinales, dando así un total de 43 pares de nervios. Cada uno de los nervios sigue un trayecto definido e inerva un sector específico del cuerpo. La división entre sistema nervioso central y sistema nervioso periférico es anatómica o estructural. Desde el punto de vista funcional el sistema nervioso puede dividirse en sistema nervioso somático que se controla de forma voluntaria y sistema nervioso autónomo que funciona de forma involuntaria o automática.

Órganos de los sentidos Por lo que respecta a los órganos de los sentidos, tacto, olfato, vista, gusto y oído son las más principales armas de las que disponemos los mamíferos para ocupar los más altos niveles en la escala evolutiva, aunque su nivel de agudeza varía de unos grupos animales a otros, especialmente en función de las condiciones de vida de los mismos. Por otra parte, algunos de ellos, además, desarrollan otros sistemas de percepción sensorial como la ecolocalización, la magnetocepción o la electrocepción. Tacto. thumb|300px|Los tentáculos nasales del topo estrellado (Condylura cristata). El tacto está más desarrollado en los mamíferos que en otros vertebrados, llegando a alcanzar en algunas especies suma importancia. Pelos y vibrisas amplifican la capacidad de las terminaciones táctiles distribuidas por la superficie del organismo de los mamíferos.

Este sentido adquiere una importancia notable para muchas especies que habitan bajo el suelo, pues encuentran pareja debido a la percepción de las ondas sísmicas producidas por los golpes dados con la cabeza contra el techo de la galería por otros congéneres. Así ocurre con los topos, capaces de sentir vibraciones de la tierra circundante que les permite localizar movimientos en todos los sentidos y direcciones.

Los elefantes acostumbran golpear el suelo con la planta de sus extremidades, posiblemente para provocar el mismo efecto sísmico, cuyas ondas se transmiten por el suelo, pudiendo ser captadas por otros individuos a varios kilómetros de distancia.

Pero además el tacto es esencial para las relaciones sociales entre los individuos de muchas especies. Los delfines se desplazan en manadas manteniendo contacto físico unos individuos con otros mientras lo hacen. El contacto físico entre la madre y sus crías adquiere una importancia notoria en la mayor parte de las especies, llegando a límites extremos en el caso de los marsupiales o de algunos placentados como las musarañas.

Por lo que respecta a la importancia que este sentido tiene en las relaciones entre individuos, es en los primates en los que se pone más de manifiesto. La mayor parte de las especies, sobre todo aquellas más evolucionadas, presentan un comportamiento social con marcada estructura jerárquica, y las relaciones entre los individuos de cada grupo se establecen y mantienen por medio de un estrecho y persistente contacto físico consistente en acicalamientos, caricias e incluso abrazos.

Olfato El cerebro de los grandes mamíferos evolucionó por el olfato y el tacto Unos sentidos del olfato y del tacto más precisos podrían haber sido cruciales para que los mamíferos sobrevivieran y prosperaran durante la etapa más temprana de nuestra historia de la evolución. Se analizaron fósiles de hace 190 millones de años pertenecientes a dos de los géneros de mamíferos conocidos: Morganucodon y Hadrocodium. El olfato es uno de los más importantes sentidos en la mayor parte de las especies de mamíferos ya que no solo les proporciona información de lo que está pasando; también lo hace de lo que ha ocurrido y de lo que está por venir. En los humanos, está en continua regresión, basando nuestra relación con el exterior en los otros, y especialmente en la vista. Tampoco los cetáceos y otros mamíferos marinos desarrollan este sentido hasta el nivel que lo hacen la mayor parte de los terrestres, especialmente insectívoros y algunos carnívoros, en los que la propia anatomía de la cabeza hace intuir la importancia que tiene. El olor no es otra cosa que la estimulación química que determinadas sustancias, producen en el epitelio olfativo.

Parte de la mucosa nasal de la mayor parte de las especies mamíferas poseen células nerviosas especializadas capaces de transformar las señales químicas en corrientes eléctricas que son transportadas por los nervios olfatorios hasta el cerebro, donde se traducen en olores.

Algunas especies como el caballo (Equus caballus) o el impala (Aepyceros melampus) poseen además células olfativas en la mucosa bucal, conocidas como órgano de Jacobson.

En una red de galerías subterránea, los animales que se alimentan de invertebrados, pueden hacer uso de este sentido para seguir los rastros olfativos que dejan sus presas, y con tal objetivo , algunas especies han desarrollado órganos especiales como ocurre con el topo estrellado (Condylura cristata).

También adquiere una importancia especial en los que se alimentan de geofitas, puesto que al no producir movimiento ni sonido alguno, solo el olfato es útil para localizar el alimento percibiendo su aromo incluso a través de la tierra. De hecho, se ha comprobado que muchos roedores son capaces de cavar en línea recta entre un campo de y otro, lo que por un lado reduce el gasto energético al disminuir el trazado, y por otro evita pasar más de una vez por el mismo punto. Una vez que llegan a un área rica en alimentos, los túneles se ramifican para ampliar el área de cosecha.

Para muchas especies que pueblan la superficie el olfato es imprescindible para la localización de los alimentos. En general los animales oportunistas, los carroñeros, los insectívoros y los carnívoros siguen rastros olfativos procedentes de lo que podría ser un buen alimento, al igual que los que podrían convertirse en presas se sirven de él para detectar la proximidad de posibles predadores.

Y no solo es esencial en la consecución del alimento o la seguridad preventiva, sino que también resulta ser un instrumento básico para establecer las bases de las relaciones sociales entre los individuos. Delimitar un territorio, conocer el estado de receptividad sexual de una posible pareja o reconocer a los individuos que forman el grupo o la colonia requieren de la participación de este sentido, llegando a extremos en los que un olor puede ser una eficaz arma defensiva como muestran las mofetas, o provocar que una hembra sea capaz de abortar, como les ocurre a muchos roedores, entre ellos el ratón doméstico (Mus musculus) con las feromonas de los machos.

El olfato está estrechamente relacionado con el gusto y en algunas especies acuáticas es sustituido de forma más eficaz por éste al ser capaz de detectar sabores transportados por el agua. La información proporcionada por este sentido, adquiere gran importancia durante la alimentación al ser procesada en el cerebro para preparar al organismo para la posterior digestión.

Vista

Casi todos los mamíferos tienen ojos, aunque la agudeza visual y la percepción de lo que las rodea, varía de unas especies a otras.

La vista humana es quizá la más compleja en lo referente a la especialización hacia la determinación de tonalidades en lugar de cambios en la intensidad de la luz como ha ocurrido en otras especies de la clase.

En la retina, distintos tipos de células captan la luz y la transforman en impulsos nerviosos (señales eléctricas) que, a través del nervio óptico alcanzan el cerebro. Los bastones, son las células encargadas de diferenciar la ausencia de la presencia de luz visible (blanco y negro), mientras que los conos, poseen fotopigmentos, capaces de captar las distintas longitudes de onda de la luz, traduciéndola en colores.

La capa de la mayoría de los mamíferos tiene colores o distribución de los mismos que tienden a camuflarlos, por lo que la capacidad del ojo de distinguir a sus semejantes, a presas o a depredadores por cambios de tonos con el medio circundante no ha sido tan necesaria como la de captar el movimiento de éstos para localizarlos y mantenerlos vigilados.

Así, la mayoría de los animales han evolucionado produciendo mayor cantidad de bastones en la retina, capaces de distinguir variaciones de intensidad de la luz que es realmente como se capta en el ojo el movimiento, mientras que algunas especies de primates, algunos roedores o carnívoros en los que la cantidad de conos en la retina es mayor, han conseguido colonizar los árboles y algunos de ellos además, alimentarse de frutos cuyo movimiento es escaso pero que, en cambio poseen variados y llamativos colores,

Otros, especialmente de hábitos nocturnos como numerosas especies de murciélagos, otros roedores o musarañas, parecen no poseer ninguna capacidad de visión en color, ya que los conos están prácticamente ausentes.

Entre unos y otros animales, la distinta proporción de ambos tipos de células, determina la capacidad de distinguir los colores, así como la gama de éstos, pues existen especies, como algunos felinos que aunque ven en color, solo son capaces de distinguir una gama limitada de estos.

La vista es un sentido de importancia secundaria en los animales que viven enterrados llegando a tener algunas especies, como los topos, una fina piel cubriendo los ojos. También los delfines de río, habitantes de aguas turbias, manifiestan una notable atrofia ocular.

El campo de visión también es un factor a tener en cuenta si se quiere sobrevivir. Los mamíferos poseen dos ojos situados a ambos lados de la región frontal de la cabeza, y mientras que en unas especies se orientan completamente hacia delante, en otras lo hacen lateralmente uno a cada lado de la cara. Los campos de visión de cada ojo se superponen en mayor o menor medida, y en este espacio de confluencia, conocido como grado de binocularidad, es donde los animales perciben la imagen de manera tridimensional, ubicándola en el espacio correctamente.

También la existencia de un hocico más o menos prominente afecta al campo de visión de los animales y por tanto al grado de binocularidad.

Animales como las grandes ballenas o el elefante africano, que poseen los ojos situados lateralmente, tienen un escaso campo de visión tridimensional, mientras que los primates, y muchas especies arborícolas como los perezosos o los cuscús poseen los ojos situados al frente, superponiéndose el campo de visión de ambos ojos en la mayor parte del área, de tal modo que su visión es estereoscópica y la sensación de tridimensionalidad completa.