thumb|300px|Motín de Esquilache, atribuido a Francisco de Goya (ca. 1766, colección privada, París).*El motin de Esquilache (1776) en Alma Mater hispalense. José Camón Aznar, Francisco Goya, Caja de Ahorros de Zaragoza, Aragón y Rioja, ISBN 8450041651, vol. 1, p. 43. Cita a Pierre Gassier como el autor que identificó la escena con el motín de Esquilache. La interpretación que hace de la escena Camón Aznar discrepa con los hechos: implica que el fraile no es un personaje real, sino la imagen de un santo que se lleva en andas; y que es el personaje «con lujosa casaca, subido a una silla» el que «arenga a la muchedumbre». Herman Schwember se extraña de la atribución a un Goya juvenil, cuando la factura parece más de un Goya posterior (incluso cuarenta o cincuenta años posterior, de época romántica). Aun así, no duda de ella, puesto que supone que el cuadro es pendant con otro atribuido sin ninguna duda a Goya, y que se titula Carlos III firmando el decreto de expulsión de los jesuitas. Ambos tendrían unas dimensiones de 46x60 cm (Las expulsiones de los jesuitas, o, Los fracasos del éxito, J. C. Sáez Editor, 2005, ISBN 9567802998, pg. 93). Otros autores hacen una indicación diferente del cuadro que forma pareja con ese, indicando que se trataría de Cumplimiento de la expulsión. De ninguno de esos dos se tiene más noticia que la referencia que hace Iriarte (biógrafo de Goya) en 1867 a esos títulos y a su posesión por un coleccionista. Los datos biográficos de Goya en el periodo 1767-1770 (previos a su estancia en Italia) son muy escasos (Resultados de la búsqueda de esos cuadros en Google books). La torre del Ayuntamiento, a la izquierda, permite situar la escena en la puerta de Guadalajara (calle Mayor).López García, op. cit. p. 10. El fondo despejado de la calle marca la dirección hacia Palacio, a donde los amotinados pretenden dirigirse. El personaje con hábito y crucifijo, que intenta calmar o coordinar a la multitud es el padre Yecla o padre Cuenca, un fraile gilito (Orden Franciscana) de los que predicaban por las plazas. En señal de penitencia llevaba la cabeza encenizada, soga al cuello y corona de espinas.Vaca de Osma, op. cit., pg. 173. Un personaje subido en una silla gesticula ante la multitud. Su vestidura (una lujosa casaca) le identifica como un personaje de alta posición social. Varios personajes, uno claramente vestido de manolo (con redecilla recogiendo el pelo), levantan un estandarte con una inscripción difícil de distinguir: se han propuesto las lecturas «Muera Esquilache» y «Muera el fantoche».Camón Aznar, op. cit. Varios personajes a la izquierda van vestidos contra la ordenanza: con chambergo y capa larga. A la derecha, un personaje arrodillado firma sobre las espaldas de otro la lista de peticiones que el fraile llevará hasta el rey. thumb|Campomanes, con toga y golilla, ante una mesa atestada de libros y papeles. Francisco Bayeu, 1777. Real Academia de la Historia.
El motín de Esquilache fue la revuelta que tuvo lugar en Madrid en marzo de 1766, siendo rey Carlos III.
La movilización popular fue masiva (un documento coetáneo cita la cifra de treinta mil participantes, posiblemente una exageración para una población de cincuenta mil habitantes),Demografía de Madrid Demografía de Madrid y llegó a considerarse amenazada la seguridad del propio rey. No obstante, a pesar de su espectacularidad y extensión o coincidencia de revueltas por causas semejantes en otros lugares de España, la más evidente consecuencia política del motín se limitó a un cambio de gobierno que incluía el destierro del marqués de Esquilache, el principal ministro del rey,el principal ministro de Carlos III entre 1759 y 1766 fue Esquilache, que no era secretario de Estado. José Miguel Delgado Barrado (ed.), Ministros de Fernando VI, Volumen 13 de Estudios de historia moderna: Colección "Maior", Universidad de Córdoba, 20002, ISBN 8478016260, p. 95. al que los amotinados culpaban de la carestía del pan, y que se había hecho extraordinariamente impopular como consecuencia de la prohibición de algunas vestimentas tradicionales.<ref>Eguía, op. cit., p. 7: El motín, por de pronto, no parece tuvo otro efecto que hacer salir de Madrid a este mismo marqués italiano, causa supuesta de él; al ilustrísimo Rojas, gobernador del Consejo; al marqués de la Ensenada; a otros amigos de los jesuítas</ref> Su condición de italiano contribuyó de forma importante a ese rechazo. Las iniciales medidas de apaciguamiento y el especial cuidado que a partir de entonces se puso en el abasto de Madrid fueron suficientes para garantizar el orden social en los años siguientes.
Se han identificado diferentes intereses y grupos de poder nobiliarios y eclesiásticos, tanto entre los acusados de instigar el motín (que según las conclusiones de la Pesquisa Secreta llevada a cabo por las autoridades desde el mes de abril de 1766 estuvo planificado por los jesuitas y personalidades afines, como el marqués de la Ensenada –ensenadistas–)*Gallego, 2005, op. cit., donde se citan y comentan la mayor parte de los documentos esenciales del motín y la Pesquisa: Resumen de Maldades de Don Leopoldo de Gregorio, Capitulaciones de Madrid, Noticias extrajudiciales de Campomanes, etc. Por desgracia, se han perdido los documentos de la investigación iniciada a finales de abril de 1766. La base documental fue destruida —al parecer, por orden directa del rey— y sólo quedan pocos testimonios fiables para reconstruir sus planteamientos esenciales. Existe, sin embargo, un texto de atribución dudosa, escrito por Roda o por Campomanes, que ilustra la convicción que alentó en todo momento a los investigadores: El pueblo —la "gente baja y soez", se lee en el texto— no había sido otra cosa que el instrumento de "personas de otra clase más hábil". Había, pues, culpables. He aquí el texto del documento: "Aunque el rey cree que ni la Nobleza, ni la villa ni los Gremios y demás Cuerpos hayan cooperado ni concurrido al tumulto, desearía no obstante que diesen algunas pruebas de esta verdad para quitar todo escrúpulo que pueda inducir la sospecha de que la gente baja y soez fuese sólo instrumento de que se valdrían personas de otra clase más hábil y de alguna autoridad y poder que movía aquélla. El orden se observó en el mayor desorden; la especie de disciplina y obediencia en los respectivos movimientos para el alboroto y para la respectiva quietud cuando les convenía; los centinelas que tenían y avisos que se daban; la ocupación de las puertas de Madrid; el ningún temor a la tropa ni a la Justicia; el arrojo con que se presentaron a Palacio, a los Tribunales y Magistrados; la avilantez y seguridad con que impidieron la salida de los primeros Personajes y de la conducción a Aranjuez de los víveres y provisiones para S. M. y Real Familia y Casa; la especie de virtud y honor que se propuso y observó la gente más vil, infame y pobre de cometer robos, homicidios a paisanos, insultos a mujeres, ni otro delito que el de su figurado intento, cuando se hallaban con la mayor libertad, dueños despóticos de Madrid, sus calles, casa y cuarteles, y apoderados de sus armas... no es fácil comprender que lo practicasen sin ser gobernados con instrucción, regla y disciplina que no se ve observar en las acciones militares por la tropa más bien instruida y arreglada. Esto hace persuadir que hubo motores principales, cabezas y auxiliares de este tumulto y querer disculpar con pretextos de honor y fidelidad al rey, y tal vez con la justicia de sus pretensiones, como no ha dejado de intentarse y escribirse, es el mayor delito que pueda imaginarse. Y todo esto pone en la precisión al rey de que se averifique y aclare, el origen causas y autores de tan execrable delito." Finalmente, el Consejo Extraordinario puso al descubierto al padre jesuita Isidoro López, procurador general de la provincia de Castilla Según los investigadores, el padre López había sido el inspirador del motín, sin duda apoyado por Ensenada. En calidad de cómplices, fueron procesadas tres personas más: cierto abate santanderino llamado Miguel Antonio de la Gándara y dos civiles, Lorenzo Hermoso de Mendoza y el marqués de Valdeflores, este último por su activa labor como escritor y difusor de incendiarios pasquines. Debe decirse que estos presuntos culpables se defendieron muy hábilmente de las acusaciones, subrayando el carácter espontáneo del motín en aquel clima de carestía, recordando, en fin, las torpes provocaciones de Esquilache. Queda claro, según ha mostrado el profesor Navarro Latorre, que los cuatro eran enemigos declarados del sector regalista y partidarios del marqués de Ensenada, datos que nos ponen ante la evidencia de que contra ese sector se maniobraba en las altas esferas. Desde luego, el jesuita López tomó parte en el motín, pero atribuirle una responsabilidad decisiva resulta problemático o aventurado, a falta de pruebas concluyentes. Faltaban éstas, pero el Consejo Extraordinario llegó a la conclusión de que los culpables principales del motín habían sido los jesuitas, de la mano con elementos vinculados al ya desterrado Ensenada. Evidentemente, Aranda y los suyos pretendían acabar con éstos y con la Compañía de Jesús, por lo que las conclusiones del Consejo deben considerarse políticamente intencionadas. Es inevitable someterlas a un severo juicio crítico. Acabar con los jesuitas significaba hacer triunfar la causa del regalismo y, cosa importante, cambiar de manos las riendas de la educación, de las universidades y colegios, donde los jesuitas habían logrado imponer un férreo monopolio. La expulsión de los jesuitas de España y la universidad en Alma Mater hispalense. «... puso en evidencia la confluencia de intereses entre el obispo Diego de Rojas y Contreras, presidente del Consejo de Castilla, Francisco Mata Linares, gobernador de la sala de alcaldes de Casa y Corte, y Alonso Pérez Delgado, corregidor de Madrid. La investigación obligó a retirarse de sus puestos políticos a los obispos de Cartagena Diego de Rojas y Contreras y al obispo de Cuenca Isidro de Carvajal y Lancaster, pero no se quiso ir más allí y se prefirió dirigir la inculpación contra los jesuitas, que fueron expulsados de España». Varios de estos personajes compartían la condición de antiguos alumnos del colegio viejo de San Bartolomé de Salamanca. . como entre los beneficiados por la nueva situación (denominados albistas por el duque de Alba, aunque el personaje que alcanzó mayor poder fue el conde de Aranda –cabeza del partido aragonés–; junto con un equipo de burócratas ilustrados —Roda o Campomanes—). La historiografía actual lo interpreta como un movimiento popular espontáneo, pero con una instrumentalización política evidente en medio de una lucha por el poder entre dos facciones de la Corte, por lo que se ha calificado de motín de Corte para indicar que no se reduce al modelo de motín de subsistencias.La expresión se debe a Teófanes Egido (1979, op. cit.), en respuesta a la identificación con un "motín de subsistencias" o "guerra de harinas" (en referencia a la Guerra de las harinas francesa de 1775 que precedió a la Revolución francesa), que habría realizado Pierre Vilar (op. cit.) Ambos son citados y comentados por Juan Hernández Franco, La gestión política y el pensamiento reformista del Conde de Floridablanca, Universidad de Murcia, 1984. Véanse más ejemplos de uso bibliográfico de la expresión. De Teófanes Egido también es la interpretación del ritmo temporal del Motín de Esquilache como un "motín en dos tiempos" (citado en Macías, op. cit., pg. 168. Otras referencias a las distintas interpretaciones del motín puede verse en Risco op. cit. thumb|Retrato de Leopoldo de Gregorio, marqués de Esquilache (1759), por Giuseppe Bonito, óleo sobre lienzo, 128 x 102,5cm, Madrid, Museo del Prado.
El bando de capas y sombreros