La batalla de Lepanto (en italiano: Battaglia di Lepanto; en turco: İnebahtı deniz muharebesi, 'batalla naval de İnebahtı') fue un combate naval que tuvo lugar el 7 de octubre de 1571 en el golfo de Patras, cerca de la ciudad griega de Naupacto, en ese entonces conocida como Lepanto.

Se enfrentaron en ella la armada del Imperio otomano contra la coalición católica organizada por el papa Pío V, llamada Liga Santa, formada por el Imperio español, los Estados Pontificios, la República de Venecia, la Orden de Malta, la República de Génova y el Ducado de Saboya. Las fuerzas otomanas navegaban hacia el oeste desde su estación naval en Lepanto cuando se encontraron con la flota de la Liga Santa que navegaba hacia el este desde Mesina, en Sicilia. El Imperio español y la República veneciana eran las principales potencias de la coalición, ya que la liga estaba financiada en gran parte por Felipe II de España, y Venecia era el principal contribuyente de barcos.

Los católicos, liderados por Juan de Austria, resultaron victoriosos, y se salvaron tan solo treinta galeras otomanas. Se frenó así el expansionismo otomano en el Mediterráneo oriental durante algunas décadas y se provocó que los corsarios aliados de los otomanos abandonaran sus ataques y expansiones hacia el Mediterráneo occidental. Los turcos reconstruyeron rápidamente su flota, pero las enormes pérdidas de tripulaciones experimentadas en Lepanto ocasionaron que la marina otomana perdiera su iniciativa naval a partir de la década de 1580.

Fue la mayor batalla naval de la historia occidental desde la antigüedad clásica, con más de 400 barcos de guerra. Marcó además el último gran enfrentamiento en el mundo occidental que se libró casi en su totalidad entre naves de remo, específicamente las galeras y galeazas, descendientes directas de los antiguos barcos de guerra trirreme. La batalla fue en esencia una «batalla de infantería sobre plataformas flotantes».William Stevens, History of Sea Power (1920), p. 83. En las décadas siguientes, el galeón desplazaría a la galera como principal navío de guerra de su época, demonstrado de nuevo por españoles e italianos en la batalla del cabo Celidonia, que fue considerada un epílogo para Lepanto.

La victoria de la Liga Santa es de gran importancia en la historia de Europa y del Imperio Otomano, ya que marcó el punto de inflexión de la expansión militar otomana en el Mediterráneo, si bien las guerras otomanas en Europa continuarían durante otro siglo. Durante mucho tiempo se le ha comparado con la batalla de Salamina, tanto por los paralelismos tácticos como por su importancia crucial en la defensa de Europa contra la expansión imperial.See e.g. William Stevens, History of Sea Power (1920), p. 83; Frederick A. de Armas, Cervantes, Raphael and the Classics (1998), p. 87. También tuvo una gran importancia simbólica en un periodo en el que Europa estaba desgarrada por sus propias guerras de religión tras la Reforma Protestante. El Papa Pío V instituyó la fiesta de Nuestra Señora de la Victoria, y Felipe II de España utilizó la victoria para reforzar su posición como «Rey Católico» y defensor de la cristiandad contra la incursión musulmana.Sus esfuerzos por financiar la Liga Santa contra los otomanos le valieron a Felipe II, el «Rey Católico», su lugar como «campeón del catolicismo en toda Europa, un papel que le llevó a victorias espectaculares y derrotas igualmente espectaculares. El liderazgo español de una «liga santa» contra las incursiones turcas en el Mediterráneo se tradujo en una asombrosa victoria sobre la flota turca en la batalla de Lepanto en 1571. Las mayores desgracias de Felipe vinieron de sus intentos de aplastar la revuelta en los Países Bajos y sus torturadas relaciones con la reina Isabel de Inglaterra» El historiador Paul K. Davis escribe que:Más que una victoria militar, Lepanto fue una victoria moral. Durante décadas, los turcos otomanos habían aterrorizado a Europa, y las victorias de Solimán el Magnífico provocaron una gran preocupación en la Europa cristiana. La derrota en Lepanto ejemplificó aún más el rápido deterioro del poderío otomano bajo Selim II, y los cristianos se regocijaron de este revés para los otomanos. La mística del poder otomano se vio empañada significativamente por esta batalla, y la Europa cristiana se animó.En esta batalla participó Miguel de Cervantes, que resultó herido y perdió la movilidad de su mano izquierda, lo que le valió el sobrenombre de «manco de Lepanto». Este escritor, que estaba muy orgulloso de haber combatido allí, la calificó como «la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros».En palabras de Cervantes, Novelas Ejemplares, prólogo. También introdujo la historia en el Quijote, a través de la narración del cautivo, como típica obra de literatura de frontera.

Contexto histórico

Durante el los otomanos habían conquistado los territorios que formaron en el pasado parte del Imperio bizantino. La Europa protestante, en cierta forma, los consideraba un útil aliado contra la Contrarreforma católica. Francia, por su parte, estaba atrapada entre la dinastía Habsburgo que gobernaba en Austria y la que lo hacía en España y los Países Bajos. El Imperio otomano estaba aún en expansión gracias a la base de Tolón, ofrecida por Francisco I, rey de Francia, e incluso estaba en condiciones de amenazar a España y a Malta.

En el combate naval los otomanos aprendieron mucho de los bizantinos, sobre todo en lo que respecta a la navegación fluvial. El Imperio otomano no encontraba una barrera en las montañas, sino en la navegabilidad de los ríos, y fueron sus bases principales Estambul (Constantinopla) y Edirne (Adrianópolis).

Los diferentes Estados de Italia se aliaban más a menudo con potencias extranjeras (incluidos los otomanos) que entre ellos mismos. Las deficientes comunicaciones terrestres que poseía la península itálica contribuyeron a una fragmentación crónica. Los venecianos definían como antemurale a Chipre y a sus otras posesiones isleñas frente a una amenaza otomana, en referencia a que se podían usar para mantener al enemigo a cierta distancia.

El Tratado de Cateau-Cambrésis de 1559 dio a Felipe II una libertad de acción en el Mediterráneo de la que no gozó su padre, Carlos I. Además, los antemurale de Felipe II eran sus fortalezas norteafricanas en el sur y Apulia, Calabria y Sicilia en el Mediterráneo central.

En 1510, 16 000 soldados dirigidos por García de Toledo invaden la isla de Yerba, en Túnez, pero los musulmanes terminan derrotándolos. Diez años después Hugo de Moncada desembarcará unos 15 000 soldados en Yerba, provocando la sumisión del jeque local y marchándose posteriormente. Sin embargo, el corsario musulmán Dragut se instaló en la isla y atacó Italia, llegando incluso a apoderarse de los pueblos napolitanos de Pozzuoli y Castellammare. Luego Dragut tomó el pueblo africano de Mahdia, que fue recuperado por una expedición de Andrea Doria que logró también aislar al corsario en Yerba. Solimán tomó la expedición de Andrea Doria como una declaración de guerra y en 1551 mandó una flota que, junto con la de Dragut, recuperó Mahdia, atacó Malta y la isla de Gozo y arrebató Trípoli a los Caballeros de San Juan. Carlos I había mandado a estos caballeros defender Trípoli a cambio de establecerse en Malta en 1530. Sin embargo, tras esto, Trípoli se convirtió en un principado corsario que fue subsumido por el Imperio otomano, y la isla de Yerba continuó en manos de corsarios aliados del Imperio otomano pero con cierta autonomía.

Los otomanos debían zarpar desde Grecia, pero esto exponía sus vías de comunicación marítimas a los Caballeros de Malta. En las aguas situadas entre Zante y Cefalonia, el caballero Mathurin Romegas capturará un barco mercante musulmán. Los turcos aprovecharán este incidente para intentar acabar con este enclave católico en un intento de asedio fallido a Malta en 1565.

Los papas habían tenido cierto éxito en la organización de ligas santas en las cuales los intereses de las naciones coincidían. El término Liga Santa ya se había utilizado para dotar de dignidad a las coaliciones contra Francia de Alejandro VI y Julio II en 1495 y 1511 y contra Venecia en 1508. Desde la última liga santa de finales de la década de 1530, la contribución anual (subssidio) proporcionado por el papa, de una décima parte de las rentas eclesiásticas, había servido para reforzar las defensas de la República de Venecia en el mar Adriático. El 27 de febrero de 1570 se aumentó la contribución en una décima parte más, a 100 000 ducados, aunque el papa condicionó las ayudas posteriores a la participación de Venecia en la próxima liga santa. La política veneciana fue encaminada a aprovechar al máximo los beneficios de una alianza, como obtener grano a un precio ventajoso para compensar las malas cosechas en Venecia y la pérdida de abastecimiento del grano egipcio. La declaración de guerra de Venecia al Imperio otomano sirvió para obtener grano a buen precio de los Estados pontificios, Nápoles y Sicilia.

El papa también ejercía gran influencia sobre España, ya que sus defensas marítimas dependían igualmente del subssidio. Por ello Felipe II aceptó participar en la Liga Santa contra los otomanos, recibiendo gracias papales como la de la recaudación de las indulgencias de Cruzada y la del mayor contribuyente al diezmo eclesiástico general excusado. Esta situación económicamente ventajosa para España le permitió a la Corona obtener préstamos a interés muy bajo de los banqueros genoveses. Si bien Felipe II quedaba obligado a una expedición militar contra los otomanos cada año, debió de sentirse muy agradado cuando, en 1573, Venecia y el Imperio otomano firmaron la paz, puesto que siguió obteniendo gracias papales sin la obligación de participar en más batallas. En general se puede afirmar que Felipe II salió beneficiado económicamente de la Liga Santa.

El papa san Pío V tenía entre sus objetivos combatir el protestantismo y el islam. Había participado en la victoria de los católicos franceses sobre los hugonotes en Moncontour en 1569.

En lo que respecta a España, la Reconquista había desplazado a muchos moriscos y había repoblado las tierras, antes musulmanas, con cristianos. Sin embargo, España albergaba aún población musulmana. En el siglo serían expulsados de España por Felipe III, pero durante el siglo protagonizaron tres revueltas: la primera en las Alpujarras en 1501, la segunda en Valencia en 1525 y la tercera fue en 1568. Farax ben-Farax inició una revuelta de moriscos en la ciudad de Granada el 26 de diciembre de 1568 pero la revuelta solamente se consolidaría en las Alpujarras, desde donde podían recibir suministros procedentes de Argelia. Felipe II confió la represión de la revuelta a su hermano, Juan de Austria. Sin embargo, los hechos pusieron de manifiesto que el islam era una amenaza para la Corona española, tanto dentro como fuera de las fronteras.

Antecedentes

La conquista otomana de Chipre

Chipre, en manos venecianas, era el último de los Estados Cruzados que permanecía bajo manos latinas, y el sultán Selim II, como rey de Jerusalén, reclamó su jurisdicción sobre la isla.

Astorre Baglione, el nuevo gobernador de Chipre, había llegado el 1 de mayo de 1570 con 2000 hombres que había reclutado en Perugia y se trasladó a defender la ciudad portuaria de Famagusta, que había hecho un esfuerzo en modernizar sus defensas, por considerar que Nicosia estaría condenada si todos los puertos caían en manos otomanas, y dejó a Niccolò Dandolo para defender Nicosia.