Kurt Schuschnigg o von Schuschnigg (Riva del Garda, entonces parte del Imperio austrohúngaro, 14 de diciembre de 1897-Mutters, cerca de Innsbruck, 18 de noviembre de 1977) fue un político austríaco, que en 1934 sucedió a Engelbert Dollfuss como canciller de Austria —en ese momento bajo un régimen de gobierno autoritario— tras el asesinato de este. Ocupó el cargo hasta 1938, cuando dimitió por la presión de Hitler, previa al Anschluss.
Carrera política La familia provenía de Klagenfurt y era de origen esloveno. Schuschnigg estudió derecho en la Universidad de Innsbruck y sirvió en las filas austriacas durante la I Guerra Mundial, como oficial de artillería. Los italianos lo hicieron prisionero junto con su padre.
Tras la guerra se incorporó al Partido Socialcristiano austriaco, ejerció la abogacía en Innsbruck y fue elegido al Parlamento en 1927, con 30 años. En 1930 fundó una milicia irregular, reclutada de entre las filas de las juventudes católicas. Entre 1932 y 1933 ocupó el cargo de ministro de Justicia; al año siguiente se le nombró para la cartera de Educación.
En julio de 1934, a raíz del asesinato de Dollfuss durante el fallido golpe de Estado de julio fue designado canciller (jefe de Gobierno) y asumió también la cartera de Defensa. Por su parte, Starhemberg asumió la vicepresidencia del Gobierno.
Gobierno Intentos de lograr protección de las potencias La muerte de Dollfuss no había cambiado la situación política austriaca: a la persecución del partido socialista y la peligrosa oposición del partido nacionalsocialista apoyado por Alemania se unía la inestabilidad gubernamental en la que los socialcristianos (conservadores católicos) se oponían a los fascistas de las milicias de la Heimwehr apoyados por Italia. Schuschnigg se propuso acabar con esta crisis de gobierno permanente terminando con el poder de la Heimwehr. Para ello necesitaba librarse de la influencia italiana y lograr el apoyo de la oposición nazi. Por otro lado, para evitar una posible invasión alemana, deseaba forjar una alianza italo-franco-británica que garantizase militarmente la independencia austriaca y complementase las garantías políticas del Tratado de Saint-Germain-en-Laye y los protocolos de Ginebra de 1922. En agosto y septiembre y tras recabar pruebas de la intromisión alemana en los asuntos internos austriacos, Schuschnigg solicitó a las tres potencias la formación de la ansiada liga que debía proteger a su país, al tiempo que rechazaba la propuesta italiana de un pacto bilateral al que luego pudiesen unirse las otras dos potencias. El 12 de septiembre y acompañado del ministro de Asuntos Exteriores, viajó a Ginebra para presentar este plan. El 27 de septiembre de 1934, logró el apoyo del Reino Unido, Francia e Italia, que proclamaron su interés en que Austria se mantuviese independiente, aunque no se comprometieron a auxiliar a la república en caso de ser amenazada por Alemania, principalmente por la negativa británica a intervenir militarmente en Centroeuropa. Checoslovaquia y Yugoslavia se mostraban contrarias al plan austriaco, Francia respaldaba la posición de estos aliados suyos e Italia se mostró hostil a tener en cuenta los intereses de la Pequeña Entente: el plan del canciller austriaco fracasó. Francia e Italia, empero, aceptaron la necesidad de reforzar la protección de la república alpina ante nuevas posibles agresiones alemanas, y presentaron una serie de propuestas entre octubre y diciembre.
Por otro lado, las negociaciones internas con los adversarios del régimen, fundamentalmente los pangermanos y nacionalsocialistas moderados, fracasaron en noviembre. Pese a ello, Schuschnigg liberó a cuatro mil presos nacionalsocialistas, socialistas y comunistas de los cinco mil encarcelados en el campo de concentración de Wöllersdorf entre septiembre y diciembre, como gesto de conciliación con la oposición.
Los acuerdos franco-italianos de enero de 1935 en los que se planteó la firma de tratados de no agresión entre Austria y sus vecinos reforzaron temporalmente la protección de la república alpina. Schuschnigg visitó Londres y París el mismo mes con la esperanza de reforzar el bloque proaustriaco. Austria, no obstante, deseaba obtener una garantía territorial clara de Italia y Francia que incluyese el socorro militar en caso necesario, meta que no logró. Aunque el acuerdo militar franco-italiano del 27 de junio incluía la defensa de Austria por los dos países firmantes, nunca llegó a ratificarse. En febrero, el Reino Unido se unió con tibieza a la declaración franco-italiana en favor de la independencia austriaca. El sorprendente anuncio alemán de la recuperación del servicio militar el 16 de marzo reforzó la cooperación franco-italo-británica para asuntos centroeuropeos. La consecuencia inmediata fue la reunión de los mandatarios de los tres países en la conferencia de Stresa a mediados de abril. La crisis internacional por el enfrentamiento entre Italia y Etiopía que determinó el empeoramiento de las relaciones entre el Reino Unido e Italia y centró el interés de las naciones puso fin a las complicadas negociaciones multinacionales para poner el marcha el plan italo-francés de enero. La tensión entre Italia y el Reino Unido, empeñado en incluir a Austria entre el grupo que aplicaba a aquella sanciones por su campaña militar en África, complicó la posición internacional austriaca, de equilibrio entre las dos potencias enfrentadas.
La remilitarización de Renania en marzo de 1936 desató el pánico en el Gobierno austriaco, convencido de que su país sería el próximo objetivo del caudillo alemán. El abandono en la práctica del plan franco-italiano de garantías mutuas entre los países de la región, la acción de Hitler en el Rin y el empeoramiento de las relaciones italo-francesas tras la marcha del Gobierno de Pierre Laval preocupaban hondamente a Viena. El Ejecutivo austriaco decidió aceptar el reforzamiento de los Protocolos de Roma que antes había rechazado y solicitar secretamente a Francia la creación de una alianza militar que incluyese al Reino Unido y a Italia que pudiese rechazar la invasión alemana que temía. Francia desoyó los ruegos austriacos e Italia, enfrascada en el conflicto africano fue acercándose paulatinamente a Alemania.
Intentos de conciliación con Alemania A la inclinación personal antiitaliana y al convencimiento de la necesidad de acabar con el poder político de la Heimwehr, se unía la idea de que la única forma de mantener la independencia de Austria era desarrollar una política de apaciguamiento con Alemania. Cualquier provocación a Alemania debía evitarse, se debía lograr su aceptación de la situación política y se debía alcanzar un acuerdo con el partido en Austria. Ante el acercamiento italiano a Berlín, en abril de 1936 el canciller comenzó a sopesar la necesidad de resolver las diferencias con el Reich, posibilidad deseada también por el Gobierno italiano. Por entonces, la posición internacional austriaca era débil: el espionaje austriaco alertaba de un inminente ataque alemán, Francia había desdeñado las propuestas austriacas de alianza, la Sociedad de Naciones estudiaba imponer un embargo petrolero a Italia, el Reino Unido se negaba tajantemente a garantizar la independencia austriaca y Alemania continuaba su veloz rearme. Así, el 4 de mayo el canciller propuso a Von Papen negociaciones para lograr la reconciliación entre Austria y Alemania, que condujeron a varios meses de negociaciones bilaterales.
A comienzos de junio de 1936, Schuschnigg visitó a Mussolini y le expuso sus propuestas para lograr un acuerdo con los nazis, que el caudillo italiano apoyó, deseando mejorar la relación con Alemania y deshacerse de la necesidad de defender a los austriacos frente a aquellos, ocupado como estaba en otros problemas de política internacional (primero la guerra en Abisinia y poco después la intervención en España).
El «acuerdo entre caballeros»
Logrado el beneplácito del protector italiano, Schuschnigg presentó su plan al embajador alemán Papen, con el que alcanzó un acuerdo que incluía el reconocimiento alemán de la independencia de Austria y la promesa de no intervenir en sus asuntos internos a cambio del alineamiento de la política exterior austriaca con la Alemania nazi, la inclusión de miembros o simpatizantes de los nacionalsocialistas en el gobierno y la amnistía de sus presos. El acuerdo obtuvo la aprobación de Hitler y se firmó en la capital austriaca el , a pesar de los temores de las demás potencias de las consecuencias para la independencia austriaca, que aparecía en riesgo por la nueva influencia alemana. El pacto debía servir para poner fin a la tensa relación bilateral austro-germana e incluía la promesa de los firmantes de no entrometerse en la política del otro, el reconocimiento explícito alemán de la total independencia austriaca y la admisión del Gobierno vienés de la necesidad de mantener una política exterior alineada con la alemana. Aunque se realizó un comunicado público, parte del acuerdo se mantuvo en secreto. Para el Gobierno austríaco, fue un método para intentar ganar tiempo para mejorar la situación militar y económica, obtener respaldo británico, francés o italiano frente a Alemania y tratar de evitar una invasión militar.
A pesar de las esperanzas de Schuschnigg en los frutos del acuerdo, este significó el comienzo del fin de la independencia austriaca, debido a la interpretación opuesta del mismo por las partes: mientras que para el canciller austriaco significaba el final del conflicto con los nazis y la creación de un equilibrio definitivo, para los nazis era simplemente el primer paso hacia su objetivo de anexión del país. La aparente mejora de las relaciones con los nacionalsocialistas, sin embargo, hizo que el canciller se creyese menos dependiente de la Heimwehr y acabase por disolver la organización el 10 de octubre. Las concesiones austriacas no satisficieron al Gobierno berlinés y a finales de noviembre las diferencias entre los dos gobiernos condujeron a una nueva negociación bilateral, esta vez celebrada en Berlín. El protocolo que resultó de la visita incluía el compromiso de reducir la censura, aumentar las relaciones comerciales, reforzar el papel austriaco en la «lucha contra el bolchevismo», mantener el alineamiento en política exterior de Austria con Alemania y la prohibición efectiva de que aquella alcanzase ningún acuerdo con la Pequeña Entente sin el permiso alemán. El nuevo acuerdo, sin embargo, tampoco sirvió para reducir las tensiones entre los dos países.
Desinterés italiano y aislamiento Enfrascado en la guerra en España, Mussolini había abandonado, salvo en las apariencias, a sus protegidos austriacos, a los que, en abril de 1937, volvió a recomendar que alcanzasen un acuerdo definitivo con los alemanes. La proclamación por Mussolini, el 1 de noviembre de 1936 en Milán, de «un eje en torno al cual todas las demás naciones de Europa podían agruparse» —la alianza con Alemania— supuso el fin de la política exterior italiana independiente en Centroeuropa y la entrega al Reich del dominio sobre Austria. En abril de 1937, Mussolini indicó que el apoyo a la independencia austriaca ya no sería militar, sino político, mediante la utilización del Eje. A finales de mayo, el ministro de Asuntos Exteriores italiano ya admitía abiertamente la futura unión de Austria con Alemania. Dadas las importantes relaciones comerciales entre Hungría, Italia, Yugoslavia y Alemania, Austria sólo podía contar con el apoyo checoslovaco contra los alemanes, pero las diferencias entre la autoritaria Austria y la democrática Checoslovaquia descartaban esta posibilidad: el gobierno austriaco se encontraba más aislado internacionalmente que nunca ante el peligro de anexión alemana.