La ofensiva de Cataluña, también llamada batalla de Cataluña, campaña de Cataluña o defensa de Cataluña, fue el conjunto de operaciones militares que se desarrollaron en Cataluña entre diciembre de 1938 y febrero de 1939 dentro del marco de la guerra civil española, y que se saldó con la victoria de las tropas franquistas. El objetivo de los sublevados era la toma de Barcelona y del reducto republicano de Cataluña, al tratarse de ocupar una importantísima ciudad española que junto con el resto de la región catalana había permanecido leal a la República desde el comienzo de la guerra.
Estrategia franquista
Para hacerse con Cataluña, el bando sublevado decidió primero partir la zona republicana en dos: dejaba al sur las provincias de Valencia, Alicante, Murcia y algunas de Castilla la Nueva; y al norte un pequeño territorio que acogía parte de la provincia de Tarragona, toda las provincias de Barcelona y Gerona, tal como se logró en abril de 1938 con la ruptura del frente de Aragón. Cataluña quedó aislada desde entonces y con pocas expectativas de recibir la ayuda de refuerzos, a pesar de que entonces la ciudad de Barcelona era sede del legítimo Gobierno republicano.
Tras la batalla del Ebro (25 de julio-16 de noviembre de 1938), las tropas franquistas habían desgastado gravemente a los ejércitos republicanos acantonados en Cataluña, quienes vieron reducida su capacidad operativa por la pérdida de material de guerra y por las bajas en combate de soldados veteranos. Si bien el Estado Mayor del Ejército Popular Republicano conservaba el denominado «Grupo de Ejércitos de la Región Oriental» con 300 000 hombres, al mando de los generales Juan Hernández Saravia y Vicente Rojo Lluch, la mayor parte de estas tropas eran reclutas inexpertos y carentes de armamento suficiente para estar equipados por completo. La aviación republicana tampoco se hallaba en buenas condiciones, al tener casi un tercio de sus aparatos en mal estado e incapaces de operar en combate.
La retirada de las Brigadas Internacionales en octubre de 1938 había privado a la República de un contingente de tropas que, si bien resultaban muy pequeñas en número, sí eran experimentadas en la lucha. A este factor se unía la mala situación estratégica de Cataluña, rodeada por el Mediterráneo y por la zona bajo control franquista, aunque conservaba la frontera con Francia en su extremo norte, susceptible de ser atacada por los flancos sur y oeste y contando sólo con los ríos Ebro y Segre como «defensas naturales».
Desarrollo de las operaciones Ataque franquista por el Segre
Tras postergar el ataque por mal tiempo, el 23 de diciembre de 1938 las tropas franquistas empezaron su ataque a lo largo del río Segre (límite entre los contendientes) y rompieron el frente republicano ese mismo día. Para evitar una penetración masiva de atacantes, el Gobierno de la República envió al V Cuerpo de Ejército, bajo el mando del teniente coronel Enrique Líster, que contuvo la ofensiva durante doce días a costa de serias bajas y evitó que las tropas sublevadas penetrasen masivamente por el vértice de los ríos Ebro y Segre.
La crecida del caudal del Ebro como resultado de las lluvias de invierno impidió que las tropas rebeldes del general Juan Yagüe atravesaran el río y atacaran el sector sur de las defensas republicanas, por lo cual la ofensiva de los sublevados tomó como base la orilla oeste del Segre.
El ataque de los sublevados se estancó. Debido al clima nublado y lluvioso, la aviación franquista no logró hacer valer su mayor poderío de fuego, mientras las tropas republicanas lograron defenderse bien parapetadas en quebradas y bosques. No obstante, el 3 de enero de 1939 un ataque de carros de combate forzó una retirada republicana. Ese mismo día las unidades franquistas de Yagüe lograron cruzar el Ebro y atacaron a los republicanos por el flanco sur, amenazándolos con un gran cerco. Además, la mejoría en el clima permitió que la aviación sublevada operara con mayor libertad, cortando las frágiles líneas de abastecimiento republicanas y entorpeciendo los movimientos de sus tropas.
Al día siguiente los rebeldes atacaron la población de Borjas Blancas, rompiendo de nuevo el frente y causando una retirada transformada en fuga. El 5 de enero cayó Borjas Blancas y Artesa de Segre en poder de los rebeldes y la retirada republicana dejó expuesto un gran sector del frente, desprovisto de defensas.
Las tropas republicanas que aún defendían este vértice entre el Ebro y el Segre, mayormente veteranos de la lucha en el Ebro el verano anterior, huyeron rápidamente ante la amenaza de quedar cercadas por el norte y el sur, mientras sus enemigos cruzaban definitivamente el Ebro y fijaban una cabeza de puente en la localidad de Ascó para lanzar desde allí ataques gracias a su mayor fuerza logística.
El mando republicano en Cataluña, dirigido por el general Vicente Rojo, formó entonces sucesivas líneas de defensa con las tropas aún en condiciones de luchar (líneas llamadas L-1, L-2, L-3, y L-4), pero tales líneas estaban poco guarnecidas y sus defensores fueron cercados o rebasados por las tropas franquistas en pocos días. De hecho, a la inferioridad numérica del bando republicano cabía agregar la inferioridad material: tras la sangría de la batalla del Ebro, la URSS parecía convencida de la derrota final de la República y no había repuesto el armamento perdido, mientras que el bando sublevado continuaba recibiendo pertrechos de Alemania e Italia.
La resistencia republicana se hunde
El 9 de enero el Gobierno de la República movilizó los reclutas de reemplazo de 1922 y 1924 para superar la aguda escasez de tropas en el frente, pero esta medida extrema era difícil de implementar por la falta de tiempo, además de que el problema real de la grave falta de armamento hacía inútil la acumulación de reclutas —sin vituallas, ni fusiles ni uniformes— en la zona republicana. Pese a esto, el 8 de enero los franquistas reanudaron su ataque y tomaron Montblanch el día 12. El 14 de enero Valls cayó en poder de los rebeldes, con lo que estos ya pudieron concentrar el máximo de sus fuerzas sobre Tarragona. En esos días las «líneas de defensa» republicanas formadas por orden de Rojo fueron prontamente batidas, mientras que alrededor de Barcelona ni siquiera había posiciones defensivas en condiciones de operar.
El general franquista Juan Yagüe dirigió sus divisiones del Cuerpo de Ejército Marroquí por la costa mediterránea sin hallar gran resistencia, en tanto la mayor parte de las tropas leales estaban absortas en la defensa del flanco occidental. El ataque franquista desde el sur no pudo ser detenido por los pocos batallones republicanos adscritos a Tarragona y gracias a ello las tropas de Yagüe acaban entrando en Tarragona y Reus el 15 de enero, presionando así por el sur a la propia Barcelona que sufría ya los frecuentes bombardeos de la aviación rebelde al igual que Madrid en 1936.
El día 16 el Gobierno de la República ordenó la «movilización general» de ciudadanos de ambos sexos entre 17 y 55 años de edad, así como la militarización de todas las industrias, pero esta medida llegaba demasiado tarde para ser implementada eficazmente. En efecto, a la urgencia de movilizar tropas hacia un frente cada día más cercano a Barcelona, el Gobierno republicano se enfrentaba a la crisis de abastecimientos causada por miles de refugiados republicanos que se dirigían en masa hacia Barcelona, agravada por los bombardeos que desde el 17 de enero eran ejecutados diariamente por la aviación rebelde sobre la capital catalana.
Ante la crítica situación, el día 18 de enero Negrín y el Consejo de Ministros acordaron declarar el «estado de guerra» y asignar al Ejército Popular Republicano la autoridad civil en retaguardia así como la subordinación de las autoridades políticas a las militares. Sin embargo, esta medida carecía de utilidad práctica, en cuanto la línea del frente ya estaba a 25 kilómetros del centro de Barcelona y los jefes militares estaban más urgidos de evitar la mayor desmoralización de sus tropas que de hacerse cargo de la autoridad civil. Tampoco ayudaba a esto que el Gobierno de la República ordenase el «estado de guerra» —y la sujeción de las autoridades civiles a las militares— recién tras treinta meses de combates, determinación que el bando sublevado sí había tomado casi desde el inicio de la guerra.
Militarmente, el bando leal carecía de pertrechos y munición en cantidad y calidad necesarias para defender una ciudad tan extensa y poblada como Barcelona. Además, la desmoralización de las tropas ya era extremadamente grave de acuerdo a las informaciones entregadas por el general Vicente Rojo al jefe de Gobierno, Juan Negrín, pues la mayoría de los reclutas de la República (casi todos nativos de la región catalana) casi no creían en un triunfo gubernamental y la población civil consideraba la guerra como perdida.
La caída de Barcelona
Al difundirse la noticia de la caída de Tarragona, quedó expuesto nuevamente el frente republicano y la retirada se convirtió en una huida caótica de refugiados republicanos de toda clase: autoridades políticas, funcionarios, civiles comunes e incluso soldados, que marcharon apresuradamente hacia la frontera francesa, a veces inclusive sin pasar antes por Barcelona.
Ante la amenaza de que llegaran a los Pirineos miles de refugiados republicanos, Francia decidió entonces abrir los pasos fronterizos el 20 de enero para dejar entrar en España el material de guerra destinado a la República, pero esta medida no sirvió para organizar defensa alguna. La mayor parte de las tropas republicanas estaban ya desmoralizadas por las sucesivas derrotas, por el desaliento que transmitía la enorme masa de refugiados, y en gran parte estaban formadas por conscriptos muy jóvenes (la llamada «Quinta del Biberón») o muy mayores, quienes pese a las exhortaciones de sus oficiales y la insistencia de la propaganda gubernamental mostraban escasos deseos de combatir y, tras dos años y medio de guerra, preferían la rendición rápida en vez de arriesgar la vida ante lo que parecía un triunfo inminente de los rebeldes.
En la mañana del domingo 22 de enero, el general Rojo informó a Negrín y a su Consejo de Ministros de que el frente de combate nuevamente se había roto entre Manresa y Sitges, apenas a 20 kilómetros de Barcelona, por lo cual las tropas del Ejército Popular Republicano habían abandonado sus posiciones de campaña para salvarse dentro de la propia capital catalana. Tras la exposición de Rojo, el jefe de Gobierno Juan Negrín ordenó la evacuación de todas las entidades gubernativas hacia Gerona y Figueras, mucho más cerca de la frontera francesa, pidiendo a los departamentos gubernamentales el mayor sigilo en la evacuación y disponiendo una requisa masiva de vehículos civiles para el día 23 de enero. No obstante, tal sigilo era imposible de mantener al entrañar la evacuación de cientos de funcionarios y de casi todos los organismos gubernamentales de la ciudad, con lo cual el propio Gobierno de la República consideraba a Barcelona como «indefendible» en la práctica.
La noticia de la salida del Gobierno fue conocida esa misma noche del 22 de enero por los civiles y refugiados que aún se hallaban en Barcelona. La noticia de la evacuación del Gobierno, similar a lo vivido en Madrid en octubre de 1936, fue la señal para una nueva huida caótica de civiles republicanos, ahora desde la propia Barcelona, en carrera hacia la frontera francesa.