thumb|300px|La gran ola de Kanagawa (1830 - 1833), grabado de Katsushika Hokusai, Metropolitan Museum of Art, Nueva York. El arte de Japón es una expresión de la cultura japonesa, desarrollado a lo largo del tiempo en diversos períodos y estilos que se han ido sucediendo de forma cronológica, en paralelo al devenir histórico, social y cultural del pueblo japonés. La evolución del arte nipón ha estado marcada por el desarrollo de su tecnología, siendo una de sus señas distintivas el uso de materiales autóctonos. Como en el arte occidental, las principales manifestaciones artísticas han tenido su origen en la religión y el poder político.AA.VV. (2002), p. 7732.

Una de las principales características del arte japonés es su eclecticismo, proveniente de los diversos pueblos y culturas que han arribado a sus costas a lo largo del tiempo: los primeros pobladores instalados en Japón –conocidos como los Ainu– pertenecían a una rama caucásica procedente del norte y este de Asia, llegados posiblemente cuando Japón aún estaba unido al continente. El origen de estos pobladores es incierto, barajando los historiadores diversas hipótesis, desde una raza uralo-altaica hasta un posible origen indonesio o mongol. En todo caso, su cultura parecía corresponder al paleolítico superior o mesolítico. Posteriormente arribaron a las costas japonesas —al tiempo que a Corea y diversas zonas de China— varios grupos de raza malaya procedentes del sudeste asiático o islas del Pacífico, que se fueron introduciendo paulatinamente desde el sur, desplazando a los Ainu hacia el norte de Japón, mientras que en una posterior oleada llegaron a Japón varios grupos de la misma etnia procedentes de China y Corea.Gutiérrez (1999), p. 31-32. A esta mezcolanza racial se debe añadir la influencia de otras culturas: debido a su insularidad, Japón ha estado aislado buena parte de su historia, pero a intervalos ha ido recibiendo la influencia de las civilizaciones continentales, sobre todo de China y Corea, especialmente desde el .AA.. (2002), p. 7729. Así, a la cultura ancestral nipona derivada de las sucesivas oleadas inmigratorias se añadió la influencia foránea, forjando un arte ecléctico y abierto a la innovación y el progreso estilístico. También cabe destacar que gran parte del arte producido en Japón ha sido de tipo religioso: a la religión sintoísta, la más típicamente japonesa, formada alrededor del , se añadió el budismo en torno al , forjando un sincretismo religioso que aún hoy perdura, y que también ha dejado su reflejo en el arte.AA.VV. (1997), p. 2148.

El arte japonés es pues reflejo de estas distintas culturas y tradiciones, interpretando a su manera los estilos artísticos importados de otros países, que asumen según su concepto de la vida y el arte, reinterpretando y simplificando sus características peculiares, como los elaborados templos budistas chinos, que en Japón sufrieron un proceso de reducción de sus elementos superfluos y decorativos. Ello da muestra del carácter sincrético del arte japonés, por lo que siempre ha asumido con naturalidad cualquier innovación procedente de otros países.

El arte tiene en la cultura japonesa un gran sentido introspectivo y de interrelación entre el hombre y la naturaleza, representada igualmente en los objetos que le envuelven, desde el más ornado y enfático hasta el más simple y cotidiano. Esto se pone de manifiesto en el valor otorgado a la imperfección, al carácter efímero de las cosas, al sentido emocional que el japonés establece con su entorno. Así, por ejemplo, en la ceremonia del té los japoneses valoran la calma y la tranquilidad de ese estado de contemplación que consiguen con un sencillo ritual, basado en elementos simples y en una armonía proveniente de un espacio asimétrico e inacabado. Para los japoneses, la paz y la armonía están asociadas a la calidez y la comodidad, cualidades a su vez que son fiel reflejo de su concepto de la belleza. Incluso a la hora de comer, no importa la cantidad de alimentos o su presentación, sino la percepción sensorial de la comida y el sentido estético que otorgan a cualquier acto. De igual manera, los artistas y artesanos japoneses tienen un elevado grado de vinculación con su obra, sintiendo los materiales como parte esencial de su vida y de su comunicación con el ambiente que les rodea.Stanley-Baker (2000), p. 7-14.

Fundamentos del arte japonés thumb|300px|Santuario Itsukushima, con su torii (arco de acceso a un espacio sagrado) situado sobre el Mar Interior de Seto, ejemplo de integración del arte en el entorno natural. El arte japonés, como el resto de su filosofía –o, simplemente, su forma de ver la vida– es propenso a la intuición, la falta de racionalidad, la expresión emocional y la sencillez de actos y pensamientos, expresados a menudo de forma simbólica. Dos de sus características distintivas son la simplicidad y la naturalidad: las manifestaciones artísticas son reflejo de la naturaleza, por lo que no requieren una elaborada producción, sino que se basan en una economía de medios que otorga al arte una gran trascendencia, como reflejo de algo más elevado que queda tan solo esbozado, sugerido, siendo posteriormente interpretado por el espectador. Esta simplicidad provocó en pintura una tendencia hacia el dibujo lineal, sin perspectiva, con abundancia de espacios vacíos, que sin embargo se integran armoniosamente en el conjunto. En arquitectura, queda plasmada en diseños lineales, con planos asimétricos, en una conjunción de elementos dinámicos y estáticos. A su vez, esta simplicidad está relacionada con una innata naturalidad en la relación entre el arte y la naturaleza, que para los japoneses es reflejo de su vida interior, y la sienten con un delicado sentimiento de melancolía, casi de tristeza. En especial, el transcurrir de las estaciones les provoca una sensación de transitoriedad, viendo en la evolución de la naturaleza lo efímero de la vida. Esta naturalidad se refleja especialmente en la arquitectura, que se integra de forma armoniosa en su entorno, como se denota en la utilización de materiales naturales, sin trabajar, mostrando su aspecto rugoso, áspero, inacabado. En Japón, naturaleza, vida y arte están indisolublemente unidos, y la realización artística es un símbolo de la totalidad del universo.Gutiérrez (1999), p. 13-28.

En Japón, el arte pretende conseguir la armonía universal, yendo más allá de la materia para encontrar el principio generador de vida. La estética japonesa busca encontrar el sentido de la vida por medio del arte: belleza equivale a armonía, a creatividad; es un impulso poético, un camino sensorial que lleva a la realización de la obra, que no tiene finalidad en sí, sino que va más allá. La belleza es una categoría ontológica, que remite a la existencia: consiste en alcanzar el sentido con el todo. Como dijo Suzuki Daisetsu: «la belleza no está en la forma exterior, sino en el significado que expresa». El arte no está basado en las cualidades sensibles, sino en las sugestivas; no ha de ser perfecto, sino expresar una cualidad que lleve a la totalidad. Se pretende captar lo esencial a través de la parte, que sugiere la totalidad: el vacío es un complemento de aquello que existe. En la filosofía oriental hay una unidad entre materia y espíritu, predominando la contemplación y comunión con la naturaleza, por vía de adhesión interior, de intuición. En Japón, el arte (gei), tiene un sentido más trascendente, más inmaterial que el concepto de arte aplicado en Occidente: es cualquier manifestación del espíritu –entendido como energía vital, como esencia que insufla vida a nuestro cuerpo–, haciendo que éste se desarrolle y evolucione, consiguiendo una unidad entre cuerpo, mente y espíritu.

thumb|300px|left|En la Fiesta del Hanami, los japoneses acuden a parques y jardines a observar la belleza de los cerezos en flor. El sentido del arte se ha ido desarrollando en la estética japonesa a lo largo del tiempo: las primeras reflexiones sobre el arte y la belleza provienen de la antigüedad, cuando se forjaron los principios creadores de la cultura japonesa y surgieron las principales obras épicas de la literatura japonesa: el Kojiki (Relatos de cosas antiguas), el Nihonshoki (Anales de Japón) y el Man'yōshū (Colección de diez mil hojas). En esta época predominó el concepto de sayakeshi («puro, claro, fresco»), que hacía referencia a un tipo de belleza caracterizada por la simplicidad, el frescor, una cierta ingenuidad, perceptible en el uso de materiales ligeros y naturales, como la tierra cocida de las estatuillas haniwa o la madera en arquitectura. Buen ejemplo de ello es el templo sintoísta de Ise, construido en madera de ciprés, y que se reconstruye cada veinte años desde el para preservar su pureza y frescura. De este concepto se desprende una de las constantes del arte japonés: el valor otorgado a la belleza efímera, transitoria, fugaz, que evoluciona con el tiempo. En el Man'yōshū el sayakeshi queda reflejado en los sentimientos de fidelidad y honestidad, así como en la descripción de elementos naturales como el cielo y el mar, que inspiran una sensación de grandiosidad que sobrecoge al hombre. El sayakeshi está ligado al concepto de naru («devenir»), donde se valora el tiempo como una energía vital que confluye en el devenir, en la consumación de todos los actos y todas las vidas.Souriau (1998), p. 708.

Posteriormente, durante los periodos Nara y Heian, la estética japonesa evolucionó rápidamente gracias a su contacto con la cultura china, así como a la llegada del budismo. El principal concepto de esta época fue el aware, un sentimiento emotivo que sobrecoge al espectador y le lleva a una profunda sensación de empatía o piedad. Está ligado a otros términos como el okashi, aquello que atrae por su alegría y carácter agradable; el omoshiroshi, propiedad de las cosas radiantes, que llaman la atención por su brillo y claridad; el yūbi, concepto de gracia, elegancia; el yūga, calidad de refinamiento en la belleza; el en, la atracción del encanto; el rei, la belleza propia de la calma; el yasashi, la belleza de la discreción; y el ushin, el sentido profundo de lo artístico. Un hito en la cultura japonesa de esta época fue la Historia de Genji de Murasaki Shikibu, que plasmó un nuevo concepto estético denominado mono-no-aware –término introducido por Motōri Norinaga–, que transmite un sentimiento de melancolía, de tristeza contemplativa derivada de la transitoriedad de las cosas, de la belleza efímera, que dura un instante y perdura en el recuerdo. Es un estado de recreación derivado de la fugacidad de las cosas y de una agridulce tristeza a su paso, equivalente en cierta medida al pathos griego y al término virgiliano lacrimae rerum («lágrimas de las cosas»). En palabras de Kikayama Keita: «es el sentimiento profundo que nos embarga al contemplar una hermosa mañana de primavera, y también la tristeza que nos sobrecoge al mirar un atardecer otoñal. Pero, ante todo, es un sentimiento de delicada melancolía que puede derivar en una profunda tristeza al sentir hondamente la belleza caduca de todos los seres de la naturaleza». Esta idea de una búsqueda ideal de la belleza, de un estado de contemplación donde se unen el pensamiento y el mundo de los sentidos, es característica de la innata sensibilidad japonesa para la belleza, y queda patente en la fiesta del Hanami, basada en la contemplación de los cerezos en flor.

thumb|300px|Karesansui (jardín zen) del templo Ryōan-ji. En la meditación zen, la labor cotidiana es una manifestación espiritual, reflejada en el movimiento y el paso ritual del tiempo. Así el jardín representa la visión del cosmos, donde el gran vacío (mar) se llena con objetos (islas), plasmados en arena y rocas, y en el que la vegetación evoca el paso del tiempo.