El Parque Nacional Desierto de los Leones, antiguamente llamado «El Desierto de Nuestra Señora del Carmen en los Montes de Santa Fe», es uno de los más grandes e importantes parques nacionales con los que cuenta la Ciudad de México. Se encuentra en la alcaldía Cuajimalpa de Morelos, y tiene una extensión de 1,866 hectáreas; se ubica 3.2 kilómetros al suroeste de la Ciudad de México y pertenece a la unidad geomorfológica de la sierra de las Cruces, la cual forma parte a su vez del sistema montañoso Eje Neovolcánico Transversal.
El territorio cubierto por el parque nacional Desierto de los Leones protege y ayuda a una amplia variedad de recursos naturales, lo cual ha provocado un gran impacto ecológico, causante de que los mismos ciudadanos se preocupen por cuidar el parque.
En el parque nacional Desierto de los Leones, se estableció el primer convento de México, a principios del . Fue construido por la Orden de los Carmelitas Descalzos, debido a lo aislado que era el lugar, aunado a la paz y tranquilidad natural del lugar.
En 1917, el presidente Venustiano Carranza lo declaró Parque Nacional, y fue el primero en México. El Desierto de los Leones ha estado ligado al desarrollo de la capital del país desde tiempos del Virreinato, debido a que sus manantiales eran fundamentales para trasladar agua por medio del acueducto de Santa Fe (localizado en el poniente de la Ciudad de México), que se dirigía hacia la ciudad y ayudaba a abastecer el agua de la comunidad. El Desierto de los Leones funge, a la fecha, como lugar ecológico y turístico, cuenta con espacios abiertos al público para actividades deportivas, recreativas y culturales, además de ser uno de los principales «pulmones» para la Ciudad de México.
Historia thumb|400px|left|El convento (c. 1906-1920).Monasterio Carmelita, Parque Nacional Desierto de los Leones, Ciudad de México. Fotografía de Hugo Brehme, 1882-1954. Universidad Metodista del Sur. Biblioteca DeGolyer: México – Fotografías, Manuscritos e Impresiones.
Inicialmente, esta área era conocida como el Desierto de Nuestra Señora del Carmen de los Montes de Santa Fe, nombre que, con el paso del tiempo, cambió al que permanece hoy en día, es decir, Desierto de los Leones. Existen dos versiones sobre el origen del nombre del Desierto de los Leones. La primera versión se da a partir de que en el bosque habitaba el puma, también conocido como león americano. La segunda se da gracias a los hermanos León, quienes eran dueños de las tierras y representantes de los carmelitas ante la Corona española. Aunque su nombre pueda parecer extraño, el “Desierto de los Leones” no es un desierto de arena. En la época colonial, la palabra “desierto” se utilizaba para describir lugares alejados, silenciosos y poco habitados, ideales para la vida religiosa y la meditación. Antes de convertirse en Área Natural Protegida, este sitio era conocido como “El Desierto de Nuestra Señora del Carmen en los montes de Santa Fe”. En realidad, se trata de un bosque de coníferas que servía como refugio espiritual para los monjes carmelitas.Si bien este hermoso bosque servía de paso entre la Ciudad de México y la ciudad de Toluca, la Orden de los Carmelitas Descalzos eligió esta zona del bosque debido a la tranquilidad, lejanía y paz observada, a comparación del bullicio humano de la ciudad, lo que le hizo ganar el término espiritual de «Desierto», y así se erigió allí uno de los conventos de la orden, que serviría de retiro y meditación cristiana donde podían llevar a cabo el cumplimiento de sus votos. Otro ejemplo es el Santo Desierto del Carmen, que también es parque nacional, en el estado de México.
En 1801, la orden religiosa abandonó el convento, debido a tres razones: el clima frío de la zona lo convertía en un lugar prácticamente inhabitable, debido al crecimiento poblacional del convento, lo que atrajo cada vez más visitantes, que ponían en riesgo el voto de silencio, y el motivo más importante: las disputas por el terreno entre las diferentes familias que reclamaban ser los dueños.
Debido a la guerra de Independencia de México, la orden religiosa se encontró en la necesidad de abandonar su estancia en este convento y cederlo al Estado. Dicha edificación se transformaría en cuarteles militares. Un tiempo después de estos eventos, el lugar fue abandonado y se convirtió en refugio. Se sabe que se instaló una fábrica secreta que se dedicaba a la producción de moneda falsa.
Las administraciones siguientes notaron la importancia de los recursos acuíferos y forestales para satisfacer la demanda de los poblados cercanos, tales como Santa Fe, en el cual se construyó un acueducto llamado «Agua Delgada», que llegaba hasta la Ciudad de México. Por ese motivo, el Bosque Desierto de los Leones se declaró zona de reserva forestal e interés público en 1876. Pasada la Revolución mexicana, el presidente Venustiano Carranza promulgó el decreto que le otorgó la categoría de Parque Nacional, el 15 de noviembre de 1917.
A finales del , el presidente Miguel de la Madrid Hurtado impulsó, a favor del Departamento del Distrito Federal, la preservación, explotación y embellecimiento del Desierto de los Leones. En 1998, la zona se vio afectada debido a algunos incendios, por lo que se designó un área de restauración ecológica para su recuperación. Dicha región comprendía aproximadamente 400 hectáreas.
Finalmente, el 16 de abril de 1999 se firmó un acuerdo de coordinación por parte de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales el Gobierno del Distrito Federal, con objeto de entregarle a este último la administración y la responsabilidad de preservar, restaurar, desarrollar y vigilar distintas áreas protegidas, entre ellas el parque nacional Desierto de los Leones, así como el deber de llevar a cabo la recategorización de otras zonas del Distrito Federal como parques naturales Protegidos. El acuerdo se concretó mediante el acta de entrega-recepción el 24 de noviembre del 2000.
Vida en el convento thumb|left|Placa en el convento del Desierto de los Leones, en 2018. La ubicación del convento se eligió en esa zona, para estar apartado de la sociedad, por tratarse de un monte y por la cercanía del río. Originalmente, se iba a hacer en Puebla, pero cuando se dio la orden de ir a visitar este lugar, se encontraron con un campesino que les mostró el río. Ese indígena, de acuerdo con la leyenda popular, era la imagen de Juan Bautista.
Para poder acceder a las órdenes religiosas, era requisito ser hombre y español. El convento solo permitía la entrada a los carmelitas y a la gente que se encargara de todos los servicios del convento. Las mujeres tenían prohibido el acceso al Desierto de los Leones. Los duques, la gente religiosamente influyente y los miembros de otras órdenes religiosas podrían hospedarse únicamente en la hospedería, pero sin tener acceso al convento.
El sacrificado y complicado estilo de vida que llevaban los Carmelitas Descalzos se puede desentrañar desde antes de entrar al convento. En general, la entrada era bastante ardua, ya que la muralla que rodeaba el convento contaba con una sola puerta en el camino de Cuajimalpa. Cruzando esta puerta, se encontraban con un camino empedrado bardeado de cal y canto a ambos lados. Al final del camino, una fuente protegía la puerta principal y recibía a los ocasionales visitantes. Esta puerta estaba siempre cerrada, por lo que los visitantes debían anunciarse con una campanilla y esperar a que se les permitiera el acceso. A un lado de la puerta, había una pintura que simbolizaba las prácticas y el modus vivendi de la comunidad carmelita.
A continuación, se incluye la descripción hecha por el padre fray Agustín de la Madre de Dios, el cronista oficial de los carmelitas de la Nueva España:
La imagen nos habla de varias líneas por donde los monjes debían conducirse: disciplina, humildad, servicio, penitencia, oración, silencio, entre otros que menciona Fray Agustín.
Los monjes se dedicaban a la oración y la realización de su labor doméstica. Estas actitudes estuvieron presentes desde el proceso de la construcción. Tan pronto se veía el amanecer, todos los miembros de la comunidad asistían a misa, para después dedicarse a la edificación de su nueva casa. Saliendo de misa, los padres se dedicaban a talar árboles, los cuales arrastraban con yuntas de bueyes. La limpieza de su estancia era de vital importancia, y rara vez se encontraban con espacios desordenados.
El punto más relevante era el de vivir en penitencia, y por ello pedían «mortificaciones ordinarias» al presidente de la comunidad. Para hacerlo, debían quitarse la capa y pedírselo de rodillas, asumiendo sin refutar lo que se les asignara. Algunas de las penitencias más comunes consistían andar de noche cargando una pesada cruz, sin zapato alguno y usando una corona de espinas como hizo Jesucristo en la Pasión, o la flagelación en viernes. Tenían otras tantas prácticas específicas, según la temporada del año y para recibir y despedir visitantes.
En días ordinarios, se dedicaban a decir misa, a leer y meditar en silencio y a hacer exámenes de conciencia. En general, a dedicarse más a la vida espiritual que a las necesidades del cuerpo humano.
Tenían ventanas cilíndricas, por donde sacaban la comida para la gente que se encontraba en la hospedería; esto siempre y cuando estuviera presente el padre superior del convento: si acaso no estuviese solo, se les daría pan y agua. Al igual que los de hospedería, los carmelitas tenían una ventanilla donde les pasaban la comida de la cocina y que les impedía tener contacto visual con las personas que trabajaban en los servicios. La sala donde comían sus alimentos se llamaba refectorio. Había un púlpito, donde uno de los hermanos leía las reglas de la orden, mientras los demás comían. En la cabecera de la mesa, se encontraba un plato con las cenizas y el cráneo de fray Andrés de San Miguel, uno de los mejores carmelitas que habitaron en el convento.
Tan solo podían condimentar su comida con tres especias o condimentos, ya que creían que, si la hacían muy suculenta, esto los incitaba a la gula. Durante ocho meses, no desayunaban ni comían carnes rojas.
Los frailes carmelitas solo podían salir en dos ocasiones al año del convento, pero sin salir de la zona del bosque en la que se ubica el convento. Podían salir uno o dos días al año a acampar en el bosque o para ir a las ermitas, que podían albergar a un solo hermano para promover su voto de silencio y soledad. Tenían un oratorio, un dormitorio, un huerto y una cocina. Estaban los 40 días y noches o en época de Adviento haciendo retiro espiritual.
La sacristía del convento era sencilla, a comparación de otras, sin demasiados ornamentos ni figuras de metales preciosos. En todo caso, la decoración se realizaba a partir de frescos y cuadros de temáticas religiosas, estos sí de gran tamaño y en grandes cantidades.
El convento tenía una capacidad para 26 personas. Sin embargo, nunca lo llegaron a llenar. Entre ellos, había cuatro carmelitas perpetuos, que se quedaban toda su vida en el convento sin poder salir. La orden de desierto de los leones se dedicaba a contemplar el proceso de la vida y la muerte con el fin de entender por qué estamos aquí. Los demás carmelitas venían por temporadas y se iban. La vestimenta de los frailes consistía en tan solo un calzón de cadera a tobillo y una túnica. Las campanas de la iglesia tenían la función de avisar la hora y las actividades a realizar. Los carmelitas tenían asignadas las actividades, en función de la hora y del número de campanadas.