thumb|230 px|Sello de la Logia Tartessos, de Sevilla. Gran Oriente de Francia.

Los orígenes de la francmasonería en España se remontan al . Desde entonces han existido en España obediencias masónicas importantes, como el Gran Oriente de España, el Gran Oriente Nacional de España o el Grande Oriente Español, entre otras de las que cabe destacar El Derecho Humano por ser la primera Obediencia mixta que, ya en los años 20 del , se instala en España.

Historia

right|thumb|Retrato del conde de Aranda por Francisco Jover y Casanova. La masonería no tuvo en la España del existencia orgánica. La primera logia fue fundada en 1728 en Madrid por seis ingleses que se acogieron al patrocinio del duque de Wharton y fue conocida con el nombre de «La Matritense». Estaba adscrita a la Gran Logia de Inglaterra, en cuyas listas apareció hasta 1768, aunque la última noticia de ella fue de solo un año posterior al de su creación. Las escasas logias que se fundaron, sobre todo por comerciantes y militares extranjeros al servicio del rey de España, tuvieron una vida breve y precaria debido a que la Inquisición española se ocupó muy pronto de perseguirlas, haciendo cumplir las bulas papales y el decreto de Fernando VI de 2 de julio de 1751 que prohibían la masonería —por ejemplo, la logia fundada en Barcelona en 1748 por un militar que se había iniciado en Niza fue denunciada a la Inquisición solo dos años después y desmantelada; se reorganizó en 1776, pero de nuevo la Inquisición acabó con ella y detuvo a todos sus dirigentes—.

Un año después de la promulgación de la Real Cédula de Fernando VI de 1751 que prohibía la masonería, el padre franciscano José Torrubia publicó Centinela contra francmasones, una recopilación de textos antimasones extranjeros. El masón quedó así anatemizado y asociado con términos como "hereje", "judío", "ateísta", "jansenista", "maniqueo", etc. El frecuente uso de estos vocablos para referirse a los masones es lo que explica que hasta 1843 no apareciera el término francmasonería en el Diccionario de la Real Academia Española, que la definía de forma bastante imprecisa: "asociación clandestina, en que se usan varios símbolos tomados de la albañilería, como escuadras, niveles, etc.".

En la segunda mitad del siglo se habría fundado la Gran Logia por el conde de Aranda, que a partir de 1780 habría pasado a denominarse Gran Oriente de España y que dependería ideológicamente de los grupos masónicos franceses. En 1800, bajo la dirección del sucesor de Aranda, el conde de Montijo, el Gran Oriente integraría unas 400 logias. Su mera existencia, envuelta en contradicciones —en 1789 no había un conde de Montijo para suceder a Aranda y no lo hubo hasta 1808— es harto discutible, fruto, según Ferrer Benimeli, de un tiempo en que la historiografía masónica «fabricó» una historia manipulada y legendaria de la masonería a fin de dotarla de antigüedad y prestigio. Así lo advirtió también Benito Pérez Galdós, tan interesado por lo relacionado con la masonería en sus Episodios nacionales, donde escribe:

La masonería española obediencial nace en 1809 del impulso de la logia de San José (en honor del rey José I) con el nombre de Gran Logia Nacional de España (GLNE). Formaron parte de ella la logia Beneficencia de Josefina, la Santa Julia, Los Filadelfos, Estrella de Napoleón, Napoleón el Grande y La Edad de Oro, todas ellas radicadas en Madrid. Permaneció activa entre 1809 y 1812. La GLNE fue la primera obediencia masónica española, además una organización legal y sus miembros pudieron reunirse y trabajar en libertad. La GLNE fue una masonería de afinidad francesa (vinculada con la administración de José I, que figuró como Gran Maestre) pero netamente española.

Reinado de Fernando VII (1808-1833)

Con la invasión de las tropas napoleónicas de 1808 se fundan logias que en realidad son un instrumento de la política de Napoleón -en Barcelona hubo seis, una de ellas llevaba el significativo título de "Los Amigos Fieles de Napoleón", y estaban integradas en su mayoría por franceses-, pero este tipo de masonería bonapartista desapareció en cuanto las tropas francesas abandonaron el país en 1813.

Al igual que en la España "afrancesada" de la Monarquía de José I Bonaparte, en la España "patriota" (la que no reconocía las abdicaciones de Bayona y que por tanto seguía considerando como su rey legítimo a Fernando VII) , así como los periódicos antimasónicos, como el El Sol de Cádiz (1812-1813) en el que se decía que "se ha derramado por toda España una casta de hombres perniciosos, que no desean otra cosa que la subversión del Estado y aniquilamiento de la Religión". Otro mito que aparece entonces es el de "nocturnidad" con la que actúan los masones. En un texto publicado en 1812 se lanza la siguiente advertencia: "Malagueños, huid de estos lobos que de noche hacen sus presas". Así pues, "se mantiene inmutable... el discurso descalificador y apocalíptico del antimasonismo dieciochesco". thumb|200px|Retrato de Juan Van Halen. Obra anónima de 1853, Museo Naval de Madrid.

El momento álgido de la persecución de la masonería por la Inquisición española se produjo tras la restauración en 1814 de la Monarquía absoluta por Fernando VII. El nuevo inquisidor general, el obispo Mier y Campillo, una de cuyas obsesiones era la masonería, la condenó en dos edictos publicados a principios de 1815, siguiendo las directrices de la Santa Sede. Mier acusó a los masones de conspirar "no solamente contra los tronos, sino mucho más contra la religión" y alentó a la población a que los delatara, garantizándoles el secreto. Se produjeron muchas denuncias, algunas falsas, y también autoinculpaciones, que llevaron al cierre de logias y a la confiscación de sus bienes. A los masones extranjeros se los expulsó de España y a los españoles se les obligó a realizar ejercicios espirituales. Sin embargo, hubo masones que no recibieron un trato tan benévolo, como le sucedió al militar liberal Juan van Halen que en 1817 fue torturado durante dos días tras ser detenido por la Inquisición. El propio van Halen narró su experiencia diez años después y Pío Baroja se ocupó de su caso en Juan van Halen, el oficial aventurero.

"Las listas de masones sospechosos elaboradas entonces (buena parte de ellas fueron guardadas por el rey...) fueron un útil instrumento en manos del poder para desembarazarse de personas políticamente incómodas, aunque en realidad no pertenecieran a la masonería (la investigación, al menos, no ha podido confirmar la condición masónica de muchos de los incluidos en estas relaciones)", afirman Emilio La Parra y María Ángeles Casado.

La masonería reaparece en el Trienio Liberal, en el que desarrolla un papel político, siendo reprimida de nuevo durante la década ominosa -en 1824 Fernando VII promulgó una real cédula prohibiendo "en los dominios de España e Indias, todas las logias de la Francmasonería, Confederación de Comuneros Españoles, Sociedad del Anillo, y otras Sociedades Secretas"-.Si bien, los últimos estudios publicados al respecto cuestionan que fuera realmente masónica la organización que, junto a comuneros y anilleros, existe en España entre 1820 y 1823, por lo que habría que hablar de pseudo-masonería o, en su defecto, de masonería política.

Una muestra de hasta qué extremos llega la obsesión antimasónica es el capítulo "Nociones acerca de la Francmasonería" de una obrita publicada en 1828 en que se decía lo siguiente:

Reinado de Isabel II (1833-1868) En 1834 la regente María Cristiana de Borbón decreta una amnistía para los francmasones pero manteniendo la prohibición de la misma. Poco después se funda en Lisboa el Gran Oriente Nacional de España y en 1839 el Soberano Capítulo Departamental de Barcelona dependiente del Gran Oriente.

Durante este período los masones permanecen en la clandestinidad, lo que no impide que a partir del bienio progresista (1854-1856) la masonería cobre nuevo impulso, especialmente en Cuba, donde algunas logias masónicas participarán en el movimiento independentista, como ya había sucedido en las colonias americanas que se emanciparon de España entre 1810 y 1825.

Sexenio Democrático (1868-1874) 250px|thumbnail|right| Gobierno provisional de 1869 Desde izquierda: Laureano Figuerola, Manuel Ruiz Zorrilla, Práxedes Mateo Sagasta, Juan Prim, Francisco Serrano y Domínguez, Juan Bautista Topete, Adelardo López de Ayala, Juan Álvarez Lorenzana y Antonio Romero Ortiz (foto de J. Laurent). En negrita, los ministros que eran masones. La expansión de la masonería se produce durante el Sexenio Democrático. Aprovechando la libertad proclamada por la Revolución Gloriosa de 1868, las logias proliferaron aunque también surgieron conflictos entre las dos obediencias, el Gran Oriente Nacional de España y el Gran Oriente de España. Esta última era más democrática y contaba como Gran Maestre a Manuel Ruiz Zorrilla, uno de los políticos más destacados del Sexenio y que fue presidente del gobierno en 1872-1873 durante el reinado de Amadeo I. En 1876 le sustituyó Práxedes Mateo Sagasta, otro político prominente de la época y uno de los pilares, junto con Cánovas del Castillo, de la Restauración borbónica en España; ese mismo año de 1876 el senador marqués de Seoane pasaba a dirigir la más conservadora Gran Oriente Nacional de España.

Durante este período los masones pudieron darse a conocer y expresar públicamente sus opiniones. El 1 de mayo de 1871 comenzó a publicarse el Boletín Oficial del Gran Oriente de España y al año siguiente veía la luz el Diccionario Masónico de bolsillo, de Pertusa. En esta última obra se decía que la francmasonería era

Según Pere Sánchez, "esta fue una masonería con una muy poco disimulada vocación política en la que no pocos personajes utilizaban su estructura e influencia para escalar al poder y al prestigio, a lo que —justo es decirlo— no hacía ningún asco la institución siempre que el político en cuestión favoreciese sus intereses. No es exagerado afirmar que a algunos de ellos se le concedieron los 33 grados en tres días y que muchos otros, que ostentaban cargos importantes, difícilmente sabían algo de la masonería y no asistían a los trabajos masónicos. De ideología progresista y composición burguesa, era entonces el prototipo de masonería latina, de características bastante diferentes de la anglosajona, como el anticlericalismo militante o el apoyo a determinadas revoluciones políticas. Esta masonería, propia de la Europa latina, se convirtió al positivismo científico y al sufragio universal en la segunda mitad del siglo XIX, y alguna de estas obediencias incluso eliminó de sus estatutos la obligatoriedad de reconocer la existencia del Gran Arquitecto del Universo (Dios)".

Durante el Sexenio proliferaron asimismo las obras antimasónicas. Algunas expresaban su desconcierto ante el hecho de que "una asociación de carácter civilizador, benéfico y moral" tuviera que "estar velada tras el misterio", y que "para hacer el bien necesite envolverse en las tinieblas, por lo que concluía:

Restauración borbónica (1875-1902) thumb|250px| Detalle del sepulcro de la familia Figueroa (1878) en el cementerio de La Almudena de Madrid La "época dorada" de la masonería española iniciada en el Sexenio se prolongó durante la Restauración -por ejemplo, en 1890 había en Barcelona más de cuarenta logias en activo, se publicaban diversas revistas masónicas y funcionaba un monte de piedad que auxiliaba a los familiares de los masones difuntos, los socorría en caso de enfermedad y les prestaba asistencia médica-. En 1889 nace el Gran Oriente Español, bajo la presidencia de Miguel Morayta, aunque en Cataluña tuvo que compartir la hegemonía con la Gran Logia Simbólica Regional Catalano Balear, de tendencia nacionalista catalana, creada tres años antes y que fue la primera obediencia peninsular que no obligó a sus miembros a reconocer la existencia del Gran Arquitecto del Universo.