miniaturadeimagen|Ilustración de las crónicas de Núremberg de Pelagio y Juan Crisóstomo. El pelagianismo es una posición teológica cristiana expuesta entre los siglos y , que fue considerada herética por el Concilio de Cartago de 418.

Sostenía que el pecado original no manchó la naturaleza humana y que los seres humanos, por gracia divina, tienen libre albedrío para alcanzar la perfección humana. Pelagio (c. 355 - c. 420 d.C.), un asceta y filósofo de las islas británicas, enseñaba que Dios no podía ordenar a los creyentes que hicieran lo imposible, y por lo tanto debía ser posible cumplir todos los mandamientos divinos. También enseñaba que era injusto castigar a una persona por los pecados de otra; por lo tanto, en su opinión, los niños deben nacer sin culpa. Pelagio no aceptaba ninguna excusa para el comportamiento pecaminoso y enseñaba que todos los cristianos, independientemente de su posición en la vida, debían llevar vidas intachables y sin pecado.

En gran medida, el «pelagianismo» fue definido por su oponente Agustín de Hipona, y definiciones exactas sobre la doctrina siguen siendo esquivas. Aunque el pelagianismo tenía un apoyo considerable en el mundo cristiano de su tiempo, especialmente entre la élite y los monjes, fue atacado por Agustín y sus seguidores, que tenían opiniones opuestas sobre la gracia, la predestinación y el libre albedrío. Agustín salió victorioso en la controversia pelagiana; el pelagianismo fue condenado de forma decisiva en el Concilio de Cartago de 418 y sigue siendo considerado herético por la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa. Durante siglos, el «pelagianismo» se utilizó de diversas formas como acusación peyorativa de herejía para cristianos que tenían creencias no ortodoxas, pero ha sido revaluado por estudios recientes.

Contexto Durante los siglos y , la Iglesia experimentaba un rápido cambio debido al cambio constantiniano al cristianismo. Muchos romanos se convertían al cristianismo, pero no necesariamente seguían la fe de forma estricta. En tanto los cristianos ya no eran perseguidos, se enfrentaban a un nuevo problema: cómo evitar la reincidencia y la adhesión nominal a la religión estatal, conservando a la vez el sentido de la urgencia causado originalmente por la persecución. Para muchos, la solución fue adoptar el ascetismo cristiano.

El cristianismo primitivo era teológicamente diverso. Mientras que el cristianismo occidental enseñaba que la muerte era el resultado de la caída del hombre; una tradición siria, que incluía a las figuras del Teófilo e Ireneo, afirmaba que la mortalidad precedía a la caída. Hacia el año 400, la doctrina del pecado original acababa de surgir en el cristianismo occidental, derivada de la enseñanza de Cipriano de que los niños debían ser bautizados por el pecado de Adán. Otros cristianos seguían a Orígenes en la creencia de que los niños nacen en pecado debido a sus fallos en una vida anterior. Rufino el Sirio, que llegó a Roma en el año 399 como delegado de Jerónimo, seguía la tradición siria, declarando que el hombre había sido creado mortal y que cada humano solo es castigado por sus propios pecados.

Pelagio (c. 355-c. 420) fue un laico ascético, probablemente de las islas británicas, que se trasladó a Roma a principios de la década de 380. Al igual que Jerónimo, Pelagio criticaba lo que consideraba un creciente laxismo entre los cristianos, promoviendo en cambio normas morales más estrictas y el ascetismo. Se oponía al maniqueísmo por su fatalismo y determinismo y defendía la posibilidad de una vida sin pecado. Si bien Pelagio predicaba la renuncia a la riqueza terrenal, sus ideas se hicieron populares entre parte de la élite romana.

El historiador Peter Brown argumentó que el pelagianismo apelaba «a una poderosa tendencia centrífuga en la aristocracia de Roma: una tendencia a la dispersión, a formar un patrón de pequeños grupos, cada uno de los cuales se esforzaba por ser una élite, cada uno de los cuales estaba ansioso por elevarse por encima de sus vecinos y rivales, los residentes de clase alta promedio de Roma».

El poderoso administrador romano Paulino de Nola era cercano a Pelagio y al escritor pelagiano Juliano de Eclana, y el antiguo aristócrata romano Celestio fue descrito por Gerald Bonner como «el verdadero apóstol del llamado movimiento pelagiano». Muchas de las ideas promovidas por Pelagio eran las predominantes en el cristianismo contemporáneo, defendidas por figuras como Juan Crisóstomo, Atanasio de Alejandría, Jerónimo e incluso el Agustín temprano.

El pelagianismo surgió como doctrina en el , y fue condenado por la Iglesia de forma definitiva el año 417. Negaba la existencia del pecado original y consideraba que se trataba de una falta que habría afectado solo a Adán, por lo que la humanidad nacía libre de culpa y una de las funciones del bautismo, concretamente la de limpiar ese supuesto pecado, quedaba así desprovista de sentido. Además, defendía que la gracia divina no tenía ningún papel en la salvación y que solo importaba obrar bien siguiendo el ejemplo de Jesús.

Vida Aparte de los principales episodios de la controversia pelagiana, poco o nada se conoce sobre la vida de Pelagio. Son más abundantes las fuentes tras su salida de Roma en el 411, hasta después del 418, cuando de nuevo se produce un silencio sobre su persona en la Historia. Como, según San Agustín (De peccat. orig., XXIV) testifica, Pelagio vivió en Roma «por largo tiempo», podemos suponer que residió allá al menos desde el pontificado del papa Anastasio I (398-401). Respecto a su larga vida antes del año 400 y, sobre todo respecto a su juventud, todo es oscuridad; incluso el lugar donde nació está en discusión. Mientras que testimonios fiables, como Agustín, Orosio, Próspero y Mario Mercátor, son absolutamente explícitos en asignar Britania como su país nativo, como así parece según su nombre familiar: Brito o Britannicus. JerónimoPraef. in Jerem., lib. I y III lo ridiculiza como «escocés»,loc. cit., «habet enim progeniem Scoticae gentis de Britannorum vicinia». quien, habiendo sido «rellenado con gachas de avena escocesa» (Scotorum pultibus proegravatus) sufre de débil memoria.

Argumentando correctamente que los «escoceses» de aquellos días eran realmente los irlandeses, H. Zimmer«Pelagius in Ireland», p. 20, Berlín, 1901 ha adelantado razones de peso para la hipótesis de que el verdadero lugar de origen de Pelagio debiera ser buscado en Irlanda, y que habría permanecido en el sudoeste de Gran Bretaña solo en tránsito hacia Roma. Alto de estatura y corpulento de apariencia,Jerónimo, loc. cit., «grandis et corpulentus». Pelagio tenía educación superior, hablaba y escribía bien, con gran fluidez, tanto el latín como el griego, además de lo cual era versado en teología. Fue monje, entregado consecuentemente a prácticas de ascetismo, pero nunca fue clérigo. Tanto Orosio como el Papa Zósimo lo llamaron «hombre de leyes». En la misma Roma gozó de reputación por su austeridad. S. Agustín lo llama «varón santo», vir sanctus. Mantuvo una edificante correspondencia —que más tarde usó para su defensa personal— con San Paulino de Nola (405) y otros prominentes obispos.

Obra Durante su permanencia en Roma compuso varias obras: De fide Trinitatis libri III, ahora perdida, que fue elogiada por Gennadio como «indispensable materia de lectura para los estudiantes» Eclogarum ex divinis Scripturis liber unus, que es la principal colección de pasajes de la Biblia basada en el Testimoniorum libri III de Cipriano. De esta obra san Agustín ha preservado un número de fragmentos Commentarii in epistolas S. Pauli. Fue elaborada sin duda antes de la destrucción de Roma por Alarico (410) y conocida por san Agustín en el 412. Zimmerloc. cit. es digno de crédito por haber redescubierto, en este comentario sobre san Pablo, el trabajo original de Pelagio, que había sido, en el curso del tiempo, atribuido a san Jerónimo.P.L., XXX, 645-902 Un examen riguroso de esta obra, que ha llegado a ser de un momento a otro famosa, ha traído a la luz que contiene las ideas fundamentales condenadas después por la Iglesia como «herejía pelagiana». En esta obra Pelagio negaba el estado primitivo del hombre en el paraíso y el pecado original,cf. P. L., XXX, 678, «Insaniunt, qui de Adam per traducem asserunt ad nos venire peccatum». insistía en la naturalidad de la concupiscencia y la muerte del cuerpo, y vinculaba la existencia y universalidad actual del pecado al mal ejemplo dado por Adán al cometer el primer pecado.

Como todas las ideas de Pelagio estuvieron principalmente radicadas en la antigua filosofía pagana —especialmente en el popular sistema de los estoicos— en lugar de estarlo en el cristianismo, consideró la fuerza moral de la voluntad humana (liberum arbitrium), cuando está fortalecida por el ascetismo, como suficiente en sí misma para desear y conseguir el noble ideal de la virtud. El valor de la redención de Cristo era, en su opinión, limitado principalmente a la formación (doctrina) y al ejemplo (exemplum) que el Salvador puso en la balanza como contrapeso frente al mal ejemplo de Adán, de manera que la naturaleza mantiene la habilidad de someter al pecado y ganar la vida eterna aun sin la ayuda de la gracia.

Por justificación mediante la sola fe hemos sido indudablemente limpiados de nuestros pecados personales,loc. cit., 663, «per solam fidem justificat Deus impium convertendum». pero este perdón (gratia remissionis) no implica una renovación interior de la santificación del alma. Hasta qué punto la doctrina de la sola fides «no haya tenido un defensor más potente antes de Lutero que Pelagio» y si, en particular, la concepción protestante de fe fiducial despuntó en este varios siglos antes que en Lutero, como LoofsRealencyklopädies fur protest. Theologie, XV, 753, Leipzig, 1904. asume, es algo que probablemente necesita más cuidadoso examen. Por lo demás, Pelagio no habría anunciado nada nuevo con esta doctrina, dado que los adversarios de la naciente Iglesia Apostólica estaban ya familiarizados con la «justificación por la sola fe». Por otro lado, la presunción de Lutero de ser el primero en proclamar la doctrina de la fe fiducial, ya había encontrado oposición. Sin embargo, Pelagio insiste expresamenteloc. cit. 812 «Ceterum sine operibus fidei, non legis, mortua est fides».

Pelagio y Celestio Una influencia de largo alcance sobre el posterior desarrollo del pelagianismo fue la amistad que Pelagio contrajo en Roma con Celestio, un abogado de noble ascendencia (probablemente italiana). Celestio había sido ganado para el ascetismo debido a su entusiasmo por la vida monástica y, en su condición de hermano lego, se esforzó por convertir las máximas prácticas, aprendidas de Pelagio, en principios teóricos que fueron propagados en Roma con éxito. San Agustín, mientras califica a Pelagio de misterioso, mendaz y peligroso, llama a Celestio (De peccat. orig., XV) no solo «increíblemente locuaz», sino también persona de ánimo abierto, obstinado y desenvuelto en las relaciones sociales.

Aun cuando sus intrigas secretas o abiertas no pasaron desapercibidas, los dos amigos —Pelagio y Celestio— no fueron molestados por los círculos oficiales romanos. Pero las cosas cambiaron cuando, en el 411, dejaron el hospitalario suelo de la metrópoli, al ser saqueada por Alarico (410), y se embarcaron al África del Norte. Cuando desembarcaron en la costa, cerca de Hipona, san Agustín, el obispo de la ciudad, estaba ausente, encontrándose muy ocupado en calmar las disputas donatistas en África. Más tarde se encontraría varias veces con Pelagio en Cartago, pero sin entrar en estrecha relación con él.