miniaturadeimagen|Pirámide de Maslow: Jerarquía de las necesidades humanas postulada por Abraham Maslow.
La autoestima es la confianza en la propia dignidad, en las habilidades o en la ética personal. La autoestima abarca tanto las creencias sobre uno mismo (por ejemplo, «me quieren», «valgo la pena») como los estados emocionales, tales como el triunfo, la desesperación, el orgullo y la vergüenza.Smith y Mackie la definen de la siguiente manera: «El autoconcepto es lo que pensamos de nosotros mismos; la autoestima son las evaluaciones positivas o negativas del yo, es decir, cómo nos sentimos al respecto». (Véase «el yo»).
Se ha demostrado que el constructo de la autoestima es una variable deseable en psicología, ya que está asociado a una variedad de resultados positivos, tales como el rendimiento académico, la satisfacción en las relaciones, la felicidad y menores tasas de conducta delictiva. Se considera que entre los beneficios de una alta autoestima se encuentran una mejor salud física y mental y un comportamiento menos antisocial, mientras que los inconvenientes de una baja autoestima resultan ser la ansiedad, la soledad y una mayor vulnerabilidad al abuso de sustancias.
La autoestima puede aplicarse a un atributo específico o tener un carácter global. Los psicólogos suelen considerar la autoestima como una característica duradera de la personalidad (autoestima como rasgo), aunque también existen variaciones normales de corta duración (autoestima como estado). Entre los sinónimos o casi sinónimos de autoestima se incluyen: el amor propio, la autovaloración, el autorrespetoThe Macquarie Dictionary. Compare y la autointegridad.
Diversos estudios sugieren que las actividades sociales y comunitarias pueden mejorar la autoestima de los adolescentes, su bienestar mental y su salud general. Entre estas actividades se encuentran el voluntariado, los talleres de dinamización y la participación en consejos de la juventud. En la mayoría de los casos, esta relación positiva depende de que la participación sea voluntaria y no obligatoria. De hecho, quienes hacen voluntariado de jóvenes tienden a ganar más dinero cuando son adultos, ya que esta experiencia les ayuda a desarrollar habilidades clave y a crear sus primeras redes de contactos.
La autoestima suele disminuir entre los 4 y los 8 años, a medida que los niños comparan cómo son en realidad con su «yo ideal». Después, sube rápidamente durante la adolescencia y la juventud, y se incrementa de forma gradual a lo largo de la madurez hasta alcanzar su punto máximo en torno a los 60 o 70 años. Finalmente, vuelve a caer en la vejez.
Historia
El concepto de autoestima tiene sus orígenes en el siglo XVIII, y apareció reflejado por primera vez en los escritos del pensador de la ilustración escocesa David Hume. Hume plantea que es importante valorarse y tener una buena opinión de uno mismo, ya que esto cumple una función motivacional que permite a las personas desarrollar todo su potencial.
La identificación de la autoestima como un constructo psicológico propio tiene sus orígenes en la obra del filósofo y psicólogo William James. James identificó múltiples dimensiones del yo, estructuradas en dos niveles jerárquicos: los procesos de conocimiento (denominados el «Yo») y el conocimiento resultante sobre uno mismo (el «Mí»). Según James, la observación de uno mismo y el almacenamiento de dichas observaciones por parte del «Yo» crean tres tipos de conocimiento que, en su conjunto, conforman el «Mí». Estos son el yo material, el yo social y el yo espiritual. El yo social es el que más se acerca a la autoestima, ya que comprende todas las características que los demás reconocen en nosotros. El yo material consta de las representaciones del cuerpo y de las posesiones, mientras que el yo espiritual se compone de representaciones descriptivas y disposiciones evaluativas respecto a uno mismo. Esta visión de la autoestima como el conjunto de actitudes de un individuo hacia sí mismo se mantiene en la actualidad.
A mediados de 1960, el psicólogo social Morris Rosenberg definió la autoestima como un sentimiento de valía personal y desarrolló la escala de autoestima de Rosenberg. Esta se convirtió en la escala más utilizada para medir la autoestima en las ciencias sociales.
A principios del siglo XX, el movimiento conductista dejó de lado el estudio introspectivo de los procesos mentales, las emociones y los sentimientos, sustituyendo la introspección por el estudio objetivo mediante experimentos sobre la conducta observada en relación con el entorno. El conductismo consideraba al ser humano como un animal sujeto a reforzamientos y propuso hacer de la psicología una ciencia experimental, similar a la química o la biología. Como consecuencia, se pasaron por alto los estudios clínicos sobre la autoestima, ya que los conductistas consideraban que esta idea era menos propensa a una medición rigurosa.
A mediados del siglo XX, el auge de la fenomenología y la psicología humanista despertó un nuevo interés por la autoestima como herramienta para el tratamiento de trastornos psicológicos como la depresión, la ansiedad y los trastornos de la personalidad. Los psicólogos empezaron a considerar de gran utilidad para su campo la relación entre la psicoterapia y la satisfacción personal de los individuos con una alta autoestima. Esto propició la incorporación de nuevos elementos al concepto de autoestima, entre ellos, los motivos por los que las personas tienden a sentirse menos valiosas y las razones por las que se desaniman o se ven incapaces de afrontar los retos por sí solas.
En 1992, el politólogo Francis Fukuyama asoció la autoestima con lo que Platón denominaba thymos: el componente «espiritual» del alma platónica.
A partir de 1997, el enfoque de las autoevaluaciones nucleares incluyó la autoestima como una de las cuatro dimensiones que conforman la valoración fundamental que una persona hace de sí misma, junto con el locus de control, el neuroticismo y la autoeficacia. Desde entonces, el concepto de autoevaluaciones nucleares ha demostrado tener la capacidad de predecir la satisfacción y el rendimiento laboral. La autoestima puede resultar esencial para la autoevaluación.
En las políticas públicas
La importancia de la autoestima obtuvo el respaldo de diversos grupos gubernamentales y no gubernamentales a partir de 1970, hasta el punto de que se puede hablar de un «movimiento de la autoestima».Este movimiento demuestra que la investigación psicológica puede influir en las políticas públicas. Esta tendencia se ha extendido hasta años recientes, como en 2023, cuando los psicólogos comenzaron a replantearse el enfoque de la investigación, los tratamientos y las terapias. El nuevo modelo pone el énfasis en la salud comunitaria,mientras que los investigadores de la psicología venían priorizando la terapia individual a la hora de analizar conflictos socioemocionales como la baja autoestima. La idea subyacente de este movimiento era que la baja autoestima constituía la raíz de los problemas de las personas, lo que la convertía también en el origen de los problemas y las disfunciones sociales. Una de las figuras de referencia de este movimiento, el psicólogo Nathaniel Branden, afirmó: «No se me ocurre ni un solo problema psicológico (desde la ansiedad y la depresión hasta el miedo a la intimidad o al éxito, pasando por el maltrato conyugal o el abuso de menores) que no tenga su origen en el problema de la baja autoestima».
En su momento se pensó que la autoestima era una característica propia de Occidente, ya que no se observaba en culturas colectivistas como la de Japón.La preocupación por la baja autoestima y sus múltiples y supuestas consecuencias negativas llevó al diputado John Vasconcellos, de la Asamblea de California, a promover la creación y financiación del Comité de Expertos sobre la Autoestima y la Responsabilidad Personal y Social (en California, en 1986). Vasconcellos argumentaba que este comité podría combatir muchos de los problemas del estado: desde la delincuencia y el embarazo adolescente hasta el fracaso escolar y la contaminación.Comparaba el aumento de la autoestima con la administración de una vacuna contra una enfermedad: podría ayudar a proteger a las personas para evitar que se viesen superadas por los desafíos de la vida.
Este comité de expertos creó subcomisiones en muchos condados de California y formó un comité de académicos para revisar la literatura científica disponible sobre la autoestima. Este comité encontró asociaciones muy débiles entre la baja autoestima y sus supuestas consecuencias, demostrando finalmente que la baja autoestima no era la raíz de todos los males sociales ni era tan importante como el comité había pensado en un principio. Sin embargo, los autores del artículo que resumía dicha revisión bibliográfica seguían creyendo que la autoestima es una variable independiente que influye en los principales problemas sociales. El comité de expertos se disolvió en 1995, y se creó el Consejo Nacional para la Autoestima (y, más tarde, la Asociación Nacional para la Autoestima), que asumió la misión del grupo original. Vasconcellos y Jack Canfield eran miembros de su consejo asesor en 2003, y entre los integrantes de su coalición de expertos figuraban Anthony Robbins, Bernie Siegel y Gloria Steinem.
Teorías
Muchas de las primeras teorías sugerían que la autoestima es una necesidad humana básica o una motivación. El psicólogo Abraham Maslow incluyó la autoestima en su pirámide de las necesidades humanas. Describió dos formas distintas de «estima»: la necesidad de respeto por parte de los demás (en forma de reconocimiento, éxito y admiración) y la necesidad de autorrespeto (en forma de amor propio, confianza en uno mismo, destreza o aptitud). Se consideraba que el respeto de los demás era más frágil y fácil de perder que la autoestima interna. Según Maslow, si no se satisface la necesidad de autoestima, las personas se verán impulsadas a buscarla y serán incapaces de crecer y alcanzar la autorrealización. Maslow también afirma que la expresión más sana de la autoestima «es la que se manifiesta en el respeto que merecemos de los demás, más que en el renombre, la fama y el halago». Las teorías modernas sobre la autoestima analizan los motivos por los que los seres humanos se sienten motivados a mantener una alta valoración de sí mismos. La teoría del sociómetro sostiene que la autoestima evolucionó para comprobar el nivel de estatus y aceptación de una persona dentro de su grupo social. Por su parte, según la teoría del manejo del terror, la autoestima cumple una función protectora y reduce la ansiedad ante la vida y la muerte.
Carl Rogers, máximo exponente de la psicología humanista, expuso que la raíz de los problemas de muchas personas es que se desprecian y se consideran seres sin valor e indignos de ser amados. Rogers creía en la importancia de ofrecer una aceptación incondicional al cliente, cuando esto se lograba, la autoestima del cliente podía mejorar.En sus sesiones de terapia ofrecía consideración positiva, pasara lo que pasara.De hecho, desde entonces, la psicología humanista aborda el concepto de la autoestima como un derecho inalienable de cada persona, sintetizado en el siguiente axioma:
Fundamentos de la autoestima