Cacique Niquía fue el nombre de una comunidad indígena prehispánica que se asentó en las tierras que hoy ocupa el municipio de Bello en el departamento de Antioquia, Colombia.

Es poco lo que se conserva de esta comunidad, pero en el cerro Quitasol se esconde uno de los caminos en piedra que construyeron. Ese vestigio demuestra que los Niquía poseían conocimientos avanzados de ingeniería, lo que les permitió idear y construir una ruta que se envuelve en medio del misterio: el camino de piedra de los aburráes de Niquía.

Historia

Prehistoria “En la época prehistórica, nos dicen los sabios Humboldt y Bondpland, el Valle del Aburrá era asiento de tres grandes lagos”.  Al parecer, las tierras que hoy habitamos se hallaban bajo las profundas aguas del tercer lago, que se cerraba en lo que hoy conocemos como el Ancón de Copacabana.

“Por fin, violentas y poderosas, esas aguas rompieron los terrenos interpuestos entre las cordilleras Central y Occidental de los Andes antioqueños, hasta llegar turbulentas y atropelladas a las “Dos Bocas”, entre lo que hoy es Zaragoza y Zea”

Primeros Pobladores Según vestigios arqueológicos, hace cerca de 10000 años posiblemente nuestro territorio se encontraba habitado por grupos humanos nómadas, cazadores y recolectores, sin conocimientos de agricultura.

Ya en el año 500 después de Cristo, existían en lo que hoy es Bello (según vestigios hallados recientemente en la vereda Primavera), asentamientos humanos caracterizados por habitar en “viviendas dispersas en las cimas de las colinas y en aterrazamientos adecuados en las laderas, cerca a cursos de agua y humedales... y cerca de suelos fértiles para los cultivos, o a recursos minerales explotables como el oro y las fuentes de agua sal”.

Estos grupos humanos (de los que se sabe muy poco por no existir evidencias escritas), hicieron sus enterramientos funerarios en los sitios de vivienda y, al parecer (según los vestigios cerámicos), tenían profundas relaciones culturales, económicas y políticas con grupos dispersos, distantes en la geografía andina antioqueña.

El fértil bosque donde está hoy nuestro Municipio fue entonces habitado durante siglos por  pueblos indígenas, conocidos en sus últimos años como los Niquía, pertenecientes a la familia de los Aburráes, quienes formaban parte de la nación Nutave (que era conformada por todos los pueblos que habitaban el Valle de Aburrá y en general los establecidos entre los ríos Cauca y Porce).

En términos generales los historiadores describen a los primeros pobladores como personas de baja estatura pero esbeltos, color moreno cobrizo, pelo lacio y negro, ojos pequeños rasgados y negros, nariz regular, pómulos salientes y frente ligeramente achatada.   De cuerpo ágil, más delgado que obeso, ”y de gran arrogancia, dureza y severidad en la expresión”.   Al parecer eran bravos para la pelea, buenos luchadores y acostumbraban la antropofagia.

Los Niquía, aunque poco religiosos, rendían culto al Sol, la Luna y las estrellas.  Eran polígamos, creían en la brujería (jaibanismo), en la vida ulterior y en la resurrección conjunta del alma y el cuerpo, por lo que enterraban a sus muertos con sus armas, muebles, tesoros y alimentos. Consumían productos agrícolas (como maíz, frijoles y curíes), además de la pesca y la caza, para la cual utilizaban perros (que, según las crónicas españolas, eran mudos). Sus habitaciones eran bohíos construidos sobre la tierra o los copos de los árboles más grandes.  Construían acequias y caminos anchos de piedras tajadas. Pintaban su cuerpo con achiote, usaban algunos adornos de oro y se coronaban con plumas.  Vivían agrupados en tribus, con fuertes estructuras jerárquicas y celebraban fiestas con música y baile.

Su principal adelanto tecnológico era el uso del hilado, razón por la cual usaban mantas de algodón y vestido, a la llegada de los españoles.

La invasión Española En julio de 1541 (), una avanzada española al mando de Jerónimo Luis Tejelo (teniente del mariscal Jorge Robledo), avistó por primera vez el inmenso Valle de los Aburráes, quedando tan gratamente sorprendido que, tras de dado el informe, el mariscal ordenó la exploración del territorio, hecha efectiva el 24 de agosto del mismo año cuando establecieron sus tiendas en las tierras del Cacique Niquía, para inspeccionar el valle y declararlo parte del Imperio Español.

La fundación de Hato-viejo. El 5 de enero de 1574, el ciudadano español don Gaspar de Rodas (“cuya tarea era pacificar a los indios rebeldes y erigir poblaciones en sus dominios”), solicitó al cabildo de Santa Fe de Antioquia (dependiente de la Gobernación Real de Popayán) el permiso para poblar el valle habitado por los indios Niquía en una extensión de cuatro leguas, y establecer en él “Hatos de ganado y estancias de comida”, para proveer de alimentos a la campaña conquistadora. Aprobada esta solicitud por el gobierno español, “Rodas, entonces, se dispuso a viajar con 80 soldados, algunas vacas y caballos, y algunos cerdos y herramientas de agricultura, así como una buena cantidad de cacharros traídos de Castilla, con los cuales esperaba ganarse el favor de los indígenas; entró al valle por el Alto de Medina y,  descendiendo hasta las tierras de los Niquías, ordenó a los suyos los tratasen humanitariamente, y les prohibió quitarles por la fuerza sus posesiones.  Se inició entonces un gran intercambio de oro por agujas, hachas, sal y otros elementos necesitados por ellos.

“No obstante lo anterior, el historiador Heriberto Zapata Cuéncar afirma que el español se enfrentó a los indios del Cacique Niquía, que le opusieron una dura resistencia, los dominó y obligó a los que aún quedaban, a emigrar a otros sitios, quedando así despojados de sus territorios, de los cuales eran legítimos poseedores.  (Heriberto Zapata Cuéncar, Monografías de Antioquia, título Bello).

“Es así como en el año de 1.576 el citado capitán de Rodas planta en los llanos de Niquía el lábaro de sus Majestades católicas, funda un pueblo y sobre las cenizas, humeantes aún, de aquella vencida raza, clava la cruz por primera vez...”

Fue así como este militar español cambió su vida de guerrero por la de poblador, estableciendo en las tierras del pueblo Niquía una casa (“que llegó a adquirir renombre entre las mansiones españolas existentes”), conocida como Hato de Rodas.  Posteriormente, el sitio sería conocido como Hato Viejo, por ser el primer hato de ganado establecido en la región.

De Rodas (quién fuera nombrado gobernador vitalicio de la provincia de Antioquia), intimó con una india llamada Pequesa, con quien tuvo dos hijos:  Ana María y Alonso de Rodas Carvajal, iniciándose así el mestizaje cultural en nuestro territorio. Ana María heredó las tierras en 1.585 y se casó con Don Bartolomé de Alarcón, quien sucedió a su suegro como gobernador de Antioquia y propietario del Hato Viejo, conociéndose también por esto el lugar como Hato de Alarcón. Alonso de Rodas (el hijo del fundador) vendió posteriormente a bajo precio sus predios heredados, pasando Hato Viejo a manos de otras familias, con los que siguió fraccionándose a través del tiempo.

Luego de la fundación de Hatoviejo se establecieron los sitios de:  San Juan de Tasajera (hoy Copacabana), Hatogrande (hoy Girardota), y el Hatillo (que aún conserva su nombre en jurisdicción de Barbosa).  Igualmente, esta colonización facilitó la posterior fundación de Medellín, casi un siglo después.

El Poblamiento (La Colonización Española) En 1.615, los Niquía fueron trasladados al resguardo Poblado de San Lorenzo (zona sur de Medellín).  

Durante el las tierras de Hatoviejo se fueron poblando (al lado de algunos bohíos indígenas sobrevivientes)  de pequeños caseríos hispanos, con sus capillas, sometidos al imperio de los Reyes Católicos de España y regidos por las “Leyes de Indias” y el Evangelio.

Según registros históricos, hubo al principio en estas tierras una baja población, ya que en 1.674 se registraron en todo el Valle de Aburrá solamente tres mil personas, en aproximadamente 68 familias.

Se levantaron entonces la capilla de Nuestra Señora de Chiquinquirá (en 1.653), Nuestra Señora del Rosario (1.720), Nuestra Señora de Sopetrán (en la Madera, en 1775), Nuestra Señora de Guadalupe (en Guasimalito, en 1761), capillas que fueron luego trasladadas o derruidas y dependían de la diócesis de Popayán.

A mediados del (en 1746) la comunidad de Nuestra Señora del Rosario es nombrada viceparroquia (dependiente de Nuestra Señora de la Candelaria de Medellín), y luego es elevada a la dignidad de parroquia el 13 de julio de 1773, teniendo su jurisdicción de Hatoviejo, de ochocientos a mil pobladores.

El dos de diciembre de 1788, Hatoviejo es elevado a la categoría de Partido, con alcaldes dependientes del Cabildo de Medellín.

Para 1.808, la población cuenta (según informe enviado al Virrey Amar y Borbón), con diecisiete casas de tejas y tapias (solo una de dos plantas) y treinta y dos de casas de paja.  Tiene 247 familias avecindadas, 313 esclavos (de origen africano) y una población aproximada de 1.476 personas (dato puesto en duda por los historiadores).

Aunque en nuestro territorio no se registraron luchas independentistas, cabe mencionar al prócer hatovejeño Manuel Tamayo, quién combatió a los realistas y, tras la disolución de la Gran Colombia, llegó a ser general de la República del Ecuador.

La Época de la República Hacia 1.836, este “vecindario pequeño y extremadamente pobre, (donde) sus habitantes viven muy dispersos por las montañas...” (como lo describiera su entonces alcalde de distrito), abrió su primera escuela bajo la dirección de Don Félix Barrientos y una matrícula de 33 niños (la escuela en la que Marco Fidel Suárez estudiaría 27 años después y sería luego su director, en 1.877).

Para el año de 1.835, Hatoviejo cuenta con 1.679 habitantes, y en 1.857 pierde su calidad de distrito y es repartido entre los distritos de San Pedro y Medellín.

El 23 de abril de 1855 nació el señor Marco Fidel Suárez, la persona más influyente en la historia de la ciudad, por haber alcanzado, luego de haber sido pobre en su infancia, el título de Presidente de la República de Colombia (entre 1.918 y 1.921), destacándose además con sus obras literarias “Los sueños de Luciano Pulgar” y “Estudios gramaticales Introducción a las obras filológicas de Don Andrés Bello”,  entre otras.

El 28 de diciembre de 1883, por solicitud de un grupo de pobladores, la presidencia del Estado de Antioquia (antes de que Colombia fuera República Unitaria) cambió el nombre de la fracción de Hatoviejo por el de Bello, por considerar el primer nombre insultante (por ser el hato un sitio de animales) y en homenaje al académico, humanista y pedagogo venezolano Don Andrés Bello, maestro del libertador Simón Bolívar y de quien Marco Fidel Suárez realizara un famoso estudio, con motivo del centenario de su nacimiento.

En la solicitud del cambio de nombre, vale destacar entre otras cosas los siguientes apartes por su sentido antropológico y semiológico, buscando incidencia en el imaginario colectivo:

“...Queremos cambiar el nombre de nuestro pueblo por un nombre más culto, más propio y más digno:... y que, no lo dudamos, va a influir poderosa y benéficamente en nuestros futuros destinos... acaso más tarde algunos de nuestros hijos y descendientes, al preguntar por qué llevamos este nombre, quiera alimentar su espíritu con las sanas y sabias doctrinas de aquel genio y en ellas se inspirará, como Suárez, para hacerse grande, y para ser la alegría y el honor de su pueblo...”  

En los albores del Bello entra al sin cambios substanciales: Sigue siendo el mismo poblado campesino, pequeño y pobre, de solo cinco calles y una plaza, monótono, con costumbres españolas y de crecimiento lento.  Por su paisaje es descrito como un valle paradisíaco de cielo limpio, sano, rico en fuentes de agua y árboles.