La llamada Crisis de las Carolinas fue un conflicto que enfrentó en 1885 a España con Alemania por la posesión del archipiélago de las islas Carolinas en el océano Pacífico.
Desde el comienzo de la década, comprobando la antigüedad y el desgaste de la flota construida en tiempos de Isabel II, habían tenido lugar sucesivos, aunque por el momento frustrados, intentos de reconstruir la escuadra. Así conocieron la luz los proyectos de escuadra de Durán (1880), Pavía (1883) y Antequera (1884). Pese a estos fracasos, la urgencia de dotar al país de unas adecuadas fuerzas navales en una época progresivamente convulsa en un ultramar colonial, hizo que se encargaran fuera de programa una larga serie de unidades. Sin embargo, pocas de estas estaban disponibles cuando estalló una crisis que amenazó por un momento por comprometer tanto la integridad de España como la de su sistema político.
Antecedentes Las islas Carolinas fueron descubiertas el 22 de agosto de 1526 por los exploradores españoles Toribio Alonso de Salazar«Toribio Alonso de Salazar » • Real Academia de la Historia. y Diego de Saavedra, avistando la isla de San Bartolomé o Taongui. El 1 de enero de 1528 el descubridor Álvaro de Saavedra«Álvaro de Saavedra» • Real Academia de la Historia. tomó posesión en nombre del rey de España de las islas de Uluti, siendo visitado el archipiélago en 1542 (islas Matelotes), 1543, 1545 y por Legazpi en 1565.
En el Pacífico español, amplias zonas estaban solo teóricamente bajo el dominio de la Corona española. Esto planteaba serios problemas en la era del imperialismo, máxime cuando, junto con África, el Pacífico era una de las zonas sin repartir entre las potencias y, a diferencia del continente negro, sin planificación colonial. En el Pacífico no se había llegado a un acuerdo internacional como el de Berlín de 1885.
Los problemas de España comenzaron a ser manifiestos desde 1870, pues tanto el Imperio británico como el Imperio alemán tenían intereses en Joló y el Borneo Septentrional lo suficientemente importantes como para poner en cuestión la soberanía española sobre tales territorios. El asunto se demoró en unas largas negociaciones diplomáticas, no exentas de alguna acritud e incidentes, hasta su resolución por el protocolo de Madrid del 7 de marzo de 1885, cediendo España el norte de Borneo (actual Malasia) a los británicos a regañadientes y concediendo franquicias comerciales en Filipinas.
Pero la redistribución de los territorios situados bajo una discutible soberanía española no acabó en marzo de 1885; poco después, en abril y tras un cambio de notas, Londres y Berlín llegaban a un acuerdo sobre esferas de influencia que colocaba dentro de la alemana al archipiélago de las Carolinas.
Aunque descubierto por los españoles y tradicionalmente considerado posesión española, el archipiélago no había sido objeto de asentamiento ni de ocupación por parte de España. Los únicos actos de soberanía por parte de España en todo el se debían a unas reclamaciones del cónsul español en Hong Kong en 1875 y a la visita del crucero Velasco en febrero de 1885. Por el contrario, se habían instalado allí unos misioneros estadounidenses y comerciantes de distintas nacionalidades.
Partida de las expediciones Decidida por parte española la ocupación y toma de posesión efectiva, se preparó en Manila una expedición compuesta por los transportes de guerra Manila y San Quintín, al mando del capitán de fragata Guillermo España, llevando como gobernador de las islas al teniente de navío Enrique Capriles y Osuna. Los dos buques zarparon de Manila el 8 y 10 de agosto de 1885, respectivamente. Sin embargo, a los jefes de la expedición no se les dio ninguna orden de apresurarse o fue puesto en su conocimiento la situación; solo se les recomendaba respecto a buques intrusos que
El 6 de agosto verbalmente y el 11 por una nota escrita, el embajador de Alemania en Madrid, el conde Solms-Sonnewalde, anuncia al gobierno español el propósito de su país de ocupar las islas Carolinas, ya que las considera territorio sin dueño (res nullius). La contestación española se produjo el día 12, oponiéndose a tal circunstancia, pero ya los dos transportes españoles y el cañonero alemán Iltis se dirigían hacia el archipiélago.
La nota produjo un considerable revuelo en España: grandes manifestaciones patrióticas y encendidos manifiestos contra los alemanes. Dejando a un lado intereses partidistas o el vocerío de una prensa más o menos responsable, existían algunos motivos para la indignación. En primer lugar, un cierto acercamiento hispano-alemán, aunque sometido a altibajos, era visible desde hacía varios años. Fruto tangible de este acercamiento era el protocolo antedicho y las avanzadas conversaciones para ceder un depósito de carbón y otras instalaciones a Alemania en Fernando Poo.
El incidente El 21 de agosto y el 22, respectivamente, llegaron a Puerto Tomil (actual Yap) el San Quintín y el Manila. Pronto comenzaron los preparativos para levantar acta de posesión, que incluían la adhesión de los caciques locales y el reconocimiento para elegir el emplazamiento de la colonia.
Estando en estos trámites, fondeó el día 25, a las 5:20 de la tarde, el Iltis en medio de un chubasco y con escasa visibilidad. Los españoles no recelaron nada, pero a las 7:00 un oficial alemán se presentó en el San Quintín para comunicar oficialmente
La reacción del gobernador español, Capriles, no se hizo esperar: En efecto, Capriles había ordenado arbolar pabellón español en tierra. Al día siguiente, los alemanes protestaron porque el pabellón estaba izado «en territorio alemán».
La crisis estaba a punto de estallar y con ello el enfrentamiento armado. Las fuerzas allí presentes estaban tan igualadas, pese a contar España con un pequeño contingente de infantes de marina, que de haberse producido el enfrentamiento habría resultado en una victoria pírrica por parte de cualquiera de los dos bandos, quedando ambos sumamente debilitados.
Sin embargo, el capitán de fragata Guillermo España decidió asumir el mando, retirar la bandera y formular la oportuna protesta; las espadas, sin embargo, quedaban en alto.
Reacción española y estado de su Armada thumb|Caricatura de La Araña publicada el 22 de agosto de 1885, en plena crisis de las Carolinas. El pie de imagen dice: «Como es tan hermosa - la pobre España - cuanto más la desnudan - está más guapa - Los que la miran - pocos la compadecen - los más la envidian». Desnudando a la mujer que representa España aparecen Cánovas, Sagasta, Segismundo Moret, el pretendiente carlista Carlos VII, Francisco Romero Robledo y el general José López Domínguez. En la lejanía se escandaliza Manuel Ruiz Zorrilla. Contemplan la escena el canciller alemán Otto von Bismarck, el presidente de la República Francesa Jules Grévy y el rey de Italia, entre otros mandatarios extranjeros.
La reacción en España al saberse lo acontecido fue agria: alborotos populares, intento de ataque con rotura del escudo y bandera de la embajada alemana en Madrid, y alteraciones similares en las principales capitales. La actuación del Iltis fue considerada poco menos que pirática y abiertamente provocadora.
Aunque se era consciente de la inferioridad naval española, la opinión general era que estaba en juego la honra y que por ella se debía arrostrar cualquier inferioridad material. Así se mostró en la manifestación patriótica de Madrid, en la cual al pasar delante del Ateneo, se exhibió desde este un retrato del almirante Méndez Núñez, mientras que Alberto Aguilera repetía en su alocución la frase atribuida al marino: «más vale honra sin barcos que barcos sin honra», poniéndola como modelo de conducta en las circunstancias del momento.
Pese a los proyectos y programas navales, lo cierto es que en 1885 la Armada Real no había visto incrementados o renovados sus buques. La mayor parte de los encargados a los arsenales o al extranjero estaban aún lejos de poder entrar en servicio. Esta situación estaba empezando a minar la moral de los oficiales de la Armada.
Ya años antes, en 1881, y en la Revista General de Marina, se había publicado un artículo que intentaba predecir el resultado de una futura guerra naval. En ella, una pequeña potencia se enfrentaba a España con un único acorazado moderno. El buque enemigo, tras interrumpir el tráfico y bombardear las ciudades costeras, se enfrentaba a la escuadra española, compuesta de las ya anticuadas fragatas acorazadas Numancia, Vitoria y Zaragoza. Tras dejar atrás a la tercera por su escasa velocidad, el blindado enemigo averiaba a la segunda y hundía a la primera (insignia). El resultado no podía ser, pues, más descorazonador.
Otro artículo, del mismo Concas, escrito en 1884, reiteraba de forma más cruda lo que podría pasar:
thumb|La fragata blindada Numancia antes de 1896.
Realmente, la situación de la fuerza naval era decepcionante. Atendiendo a su despliegue, la Armada española disponía de los siguientes buques:
En la península, Baleares y Canarias se encontraban desplegadas las fragatas acorazadas Numancia, Vitoria, Sagunto y Zaragoza, las dos últimas con casco de madera, botadas entre 1863 y 1869. En Cuba había una vieja fragata de madera, la Concepción, dos pequeños cruceros de hierro, los Jorge Juan y Sánchez Barcaiztegui comprados en Francia al final del Sexenio. Un aviso, el Fernando el Católico, de idéntica procedencia, e igualmente metálico, y luego la habitual colección de vapores, goletas y cañoneros, por lo general en mal estado. En Filipinas había por su parte un crucero de madera, el , gemelo del y del , un crucero de hierro, el Velasco, un aviso, el Marqués de Duero, similar al Fernando el Católico, la corbeta de hélice Vencedora de 1861, tres goletas de hélice (Sirena, de 1863, y las Valiente y Animosa, de 1860); aparte de los transportes mencionados y pequeños cañoneros.
Pero si la fuerza naval de Filipinas se hallaba en una situación de inferioridad ya en el plano teórico, el estado real de los buques hacía su situación casi desesperada.
La obra muerta de la corbeta Vencedora se hallaba podrida, y el estado de las demás no era mucho mejor. La Sirena, por ejemplo, no había limpiado fondos en más de tres años, achaque común a las dos restantes. En todas ellas faltaban efectos.
Para colmo de desdichas, se supo que uno de los dos cruceros, el Velasco, tenía averías que si bien no le impedían navegar, solo podían ser reparadas en Hong Kong, cosa harto difícil si se rompían las hostilidades y se sucedía una previsible declaración de neutralidad por parte de los británicos.
El 15 de agosto, el gobernador del archipiélago notificaba a Capriles la situación tal como se la describía el ministro de Estado, y añadía:
Como todo refuerzo a tan débil escuadrilla, escasa o nulamente apoyada por baterías de costa o minas, solo se pudo enviar desde la península la vieja corbeta de madera María de Molina, botada en Cádiz en 1868. El 3 de enero de 1886, tras una larga travesía dilatada por el mal estado de sus calderas, que llegaron solo a dar 4,5 nudos, el María de Molina fondeó en Cavite. A partir de entonces sería usada como pontón, pues la anciana corbeta poca más utilidad tenía.