miniatura|Catedral de Albi, localidad francesa que dio nombre al movimiento religioso combatido por la fuerza por la Iglesia católica. La cruzada albigense —denominación derivada de Albi, ciudad situada en el suroeste de Francia—, también conocida como cruzada cátara o cruzada contra los cátaros, fue un conflicto armado que tuvo lugar entre 1209 y 1244, por iniciativa del papa Inocencio III con el apoyo de la dinastía de los Capetos (reyes de Francia en la época), con el fin de reducir por la fuerza el catarismo, una herejía de la Iglesia católica asentada desde el en los territorios feudales del Languedoc, favoreciendo la expansión hacia el sur de las posesiones de la monarquía capetana y sus vasallos.
A pesar de los esfuerzos de la Iglesia, incluyendo la intervención del Papa Eugenio III y San Bernardo, las doctrinas albigenses se expandieron. En 1179, el Tercer Concilio Ecuménico de Letrán instó a usar la fuerza contra los herejes. La situación se intensificó con la llegada de Inocencio III, quien, tras el asesinato de su legado, convocó una cruzada contra los albigenses. Raimundo VI de Toulouse, inicialmente favorable a la herejía, se vio obligado a combatir a sus antiguos aliados.
La cruzada, liderada por Simón de Monfort, se convirtió en una guerra de conquista, resultando en la toma de ciudades como Béziers y Carcassonne. A pesar de los intentos de reconciliación, la guerra continuó, y tras la muerte de Simón, su hijo Amalrico heredó la lucha, aunque con poco éxito. Finalmente, el territorio fue cedido al rey de Francia, y el Concilio de Toulouse (1229) confió a la Inquisición la represión de la herejía albigense, que desapareció hacia finales del .
Geopolítica occitana de la época miniatura|Mapa del territorio en vísperas de la batalla de Muret A principios del , las regiones del Languedoc se encontraban bajo el dominio de varios señores: El condado de Tolosa, gobernado por Ramón VI de Tolosa, dominaba la zona comprendida entre los valles del Garona, Rouergue y Quercy, a los que se añadían sus posesiones en la Alta Provenza. Aunque Ramón VI tenía relaciones con la Corona de Aragón, no se puede afirmar que rendía vasallaje directo a esta. El condado de Cominges, bajo el poder de Bernardo IV de Cominges, conde de Cominges y de Bigorra, primo hermano del conde de Tolosa y vasallo del mismo en tanto que señor de Samatán y Muret. El condado de Foix, cuyo titular era Raimundo Roger I, vasallo del conde de Tolosa. El vizcondado de Béarn. El vizcondado de Carcasona, Béziers, Albi y Limoux, cuyo señor feudal era Ramón Roger Trencavel, sobrino de Raimundo VI. Poseía el principado que abarcaba desde Carcasona a Béziers. La familia Trencavel mantenía relaciones complejas con la Corona de Aragón, pero no se puede afirmar que rendía homenaje directo a esta.. La dinastía feudal Trencavel mantenía asimismo alianzas con el Vizcondado de Minerve. La Corona de Aragón, dominios del rey Pedro II de Aragón, a la que rendían vasallaje los condes de Tolosa.
Las cinco diócesis cátaras —Albi, Cahors, Carcasona, Narbona y Toulouse—, e incluso Agen, ocupaban casi exactamente los territorios de los grandes señores feudales del Languedoc. Los cátaros recibían el apoyo de algunos nobles y habían logrado asentarse gracias a la acción ejemplar de los Perfectos —seguidores cátaros de una vida ascética—y a la insatisfacción de la población con el clero católico. Aunque los Perfectos y Perfectas no eran muy numerosos, una parte significativa de la población toleraba su doctrina e incluso la favorecía.
Causas de la Cruzada
Albigenses (De Albi, en latín Albiga, la actual capital del departamento del Tarn). Una secta neo-maniquea que floreció en el sur de Francia en los siglos y . El nombre de albigenses, que les dio el Concilio de Tours (1163) prevaleció hacia el fin del y fue durante mucho tiempo aplicado a todos los herejes del sur de Francia. También se les llamó cátaros (katharos, puro), aunque en realidad fueron sólo una rama del movimiento cátaro. El surgimiento y extensión de la nueva doctrina en la Francia meridional fue favorecido por diversas circunstancias, entre las cuales pueden mencionarse: la fascinación ejercida por el fácilmente comprensible principio dualista; el residuo de elementos doctrinales judíos y mahometanos; la riqueza, ocio, y mente imaginativa de los habitantes de Languedoc; su desprecio por el clero católico, causada por la ignorancia y la vida mundana, demasiado frecuentemente escandalosa, de éste; la protección de una abrumadora mayoría de la nobleza, y la íntima combinación local de aspiraciones nacionales y sentimientos religiosos.
El catarismo
El catarismo es frecuentemente clasificado como una religión de carácter gnóstico y maniqueísta, especialmente inspirada en el movimiento de los bogomilos que surgieron en el en los Balcanes y con influencias litúrgicas del cristianismo primitivo.
Tuvo un fuerte auge durante los siglos y en Europa occidental donde llegaron a ser conocidos también como albigenses, en alusión a la ciudad de Albi donde residían algunas de las mayores comunidades cátaras, junto con otras establecidas en el norte de Italia, en el reino de Aragón y condado de Barcelona, aunque su enclave principal se encontraba en la región del Languedoc. Se implantó principalmente en los burgos, poblaciones complejas en las que coexistían los señores, caballeros, burgueses y gente del pueblo; pueblos y ciudades con talleres, artesanos y comercio. En 1178 Henri de Marcy, legado del papa, calificó las poblaciones de implantación cátara con el apodo en latín de sedes Satanae —sedes de Satán—.
Doctrina El catarismo se basaba en una interpretación dualista del Nuevo Testamento (rechazaban el Antiguo por ser una crónica de la creación del mundo material por el falso Dios, también denominado Demiurgo). De este modo defendían la existencia de dos principios supremos: el 'Bien' y el 'Mal', siendo el primero el creador de los espíritus y el segundo el del mundo material. Sin embargo, los cátaros promovían la castidad y rechazaban la procreación, considerando que traer almas al mundo material era un error.
Para ellos el mundo era una plasmación de esta dualidad en la que vagaban las almas (espíritus puros creados por el Dios bueno) envueltas en sus cuerpos (materia creada por el Dios malo). Rechazaban el concepto del infierno, siendo el equivalente a este el propio mundo en el cual las almas debían purificarse a través de sucesivas reencarnaciones o transformaciones hasta alcanzar un grado de autoconocimiento que les llevaría a la visión de la divinidad escapando del mundo material al paraíso inmaterial.
Para llegar a este estado predicaban una vida ascética y contemplativa. A los que la seguían se les denominaba «Perfectos» y se les consideraba una especie de herederos o continuadores de las prácticas de los apóstoles teniendo el poder de absolver de los pecados a través de la ceremonia del consolamentum o bautismo, único sacramento en la religión cátara.
Posición de la Iglesia católica miniatura|Inocencio III La doctrina cátara choca radicalmente con la predicada por la Iglesia. Entre otras cosas: Niega la existencia de un único Dios al afirmar la dualidad de las cosas (existencia de un Dios malo). Niega el dogma de la Trinidad, rechazando el concepto del Espíritu Santo y afirmando que Jesús no es el hijo de Dios encarnado sino una aparición que muestra el camino a la perfección. Plantea un concepto del mundo y la Creación diferente (para los católicos el mundo y el hombre son buenos pues son creados por Dios y el pecado viene de la corrupción del hombre en el pecado original). Propugna la salvación a través del conocimiento en vez de a través de la fe en Dios.
Además, el modo de vida ascético predicado y practicado por los Perfectos contrastaba con la corrupción y el lujo ampliamente extendidos en la Iglesia católica, representando una amenaza para la supervivencia de las diócesis católicas en un medio rural empobrecido y cansado de diezmos eclesiásticos.
También rechazaban los juramentos, por ser ataduras al mundo material, lo que atacaba a su vez la propia disposición de la sociedad feudal europea, donde dado el analfabetismo reinante casi todas las transacciones comerciales y compromisos de fidelidad se basaban en juramentos.
Por todo ello la Iglesia romana con el papa Celestino III trató de contrarrestar el auge del catarismo mediante una política misionera, multiplicando las fundaciones cistercienses y enviando a predicadores de relevancia como Bernardo de Claraval en el .
Ya a finales de dicho siglo, Celestino III fue sucedido por Inocencio III, que por su origen familiar era un gran señor feudal. Creía en la virtud de las armas cuando estaban guiadas por Dios; también era un jurista, formación que había recibido en París y Bolonia. Comprendió que el catarismo había surgido por una carencia de la Iglesia; había pocos clérigos católicos bien instruidos, pocas abadías y obispos; muchos de estos últimos no visitaban sus diócesis más que para recoger impuestos.
El 1 de abril de 1198 escribió a sus arzobispos instándoles a castigar a los herejes cátaros. En 1199 se equiparó la herejía al crimen de lesa majestad; en lo sucesivo, los herejes obstinados serían proscritos y sus bienes confiscados. Esta disposición se extendió a Occitania en julio del año 1200. Instituyó legados y les otorgó plenos poderes: derecho de excomunión, de pronunciar interdicto, de hacerse obedecer por los prelados y, en caso necesario, de sustituirlos por hombres más decididos. Su principal misión consistía en reformar el clero local y combatir la herejía.
Las misiones miniatura|Domingo de Guzmán En 1203 Inocencio III designó como legados a dos hermanos cistercienses de la abadía de Fontfroide, Raoul de Fontfroide y Pierre de Castelnau, un jurista de la orden del císter que se conducía con la intransigencia de un juez seguro de la ley que aplicaba. En diciembre se dirigieron a Toulouse donde hicieron jurar al conde que se extirparía la herejía. En febrero de 1204 tuvo lugar una reunión en Béziers presidida por el rey Pedro II de Aragón. El rey se había reconocido vasallo de la Santa Sede pero, en contra de lo que pedían los legados, manifestó que no estaba dispuesto a hacer uso de la espada contra sus vasallos occitanos.
Unos meses más tarde, Arnaud Amaury, abad de Cîteaux, se unió a la delegación, pero incluso con su llegada, los legados no lograron avances significativos. Su enfoque no era el más adecuado para alcanzar el éxito que pretendían: recorrían el país con un séquito considerable, lo que contrastaba con la pobreza y la humildad que muchos en la región esperaban de los representantes de la Iglesia. Es lógico el efecto adverso que causaron cuando precisamente el lujo y la suntuosidad era lo que más reprochaba el pueblo occitano a la iglesia romana. En mayo de 1206 los abades decidieron regresar a sus respectivas abadías. En el camino de regreso hicieron una parada en Montpellier y allí coincidieron con dos castellanos que regresaban de Roma. Eran Diego de Acebes, obispo de Osma, y su viceprior, Domingo de Guzmán, posterior fundador de la Orden dominica. Este encuentro fue decisivo. Los legados plantearon sus dificultades: cuando predicaban se les objetaba el comportamiento detestable de los clérigos, pero si se dedicaban a reformar a los clérigos, tendrían que renunciar a la predicación. Los castellanos plantearon la solución: dejar de lado la reforma de los clérigos y dedicarse exclusivamente a la predicación pero, para que esta fuera eficaz, era preciso que cumpliera una condición imperativa: la pobreza, es decir, viajar con humildad, ir a pie, sin dinero, en parejas de dos en dos, imitando las costumbres de los los apóstoles.