Las personas desaparecidas por el terrorismo de Estado en Argentina son víctimas del crimen de desaparición forzada antes, durante y después de la última dictadura cívico-militar que hubo en Argentina, autodenominada Proceso de Reorganización Nacional, entre 1976 y 1983. Encerradas en centros clandestinos de detención, eran sometidas a torturas y en muchos casos asesinadas. Las primeras desapariciones y los primeros centros clandestinos de detención se instalaron en 1975, durante el gobierno constitucional de María Estela Martínez de Perón, y continuaron hasta 1984, durante el gobierno constitucional de Raúl Alfonsín.

Documentos del gobierno de Estados Unidos desclasificados en 2006 revelan que un agente de la inteligencia chilena habría manifestado, en un cable enviado a sus superiores en 1978, que militares argentinos pertenecientes al Batallón 601 le habrían manifestado que estimaban que habían matado o hecho desaparecer a unas 22.000 personas entre 1975 y mediados de 1978. Por la misma fecha, y según los mismos documentos desclasificados, el entonces embajador en Buenos Aires, Robert Hill habría manifestado: "Es nuestra estimación que al menos varios miles fueron asesinados y dudamos que alguna vez sea posible establecer una cifra más específica".

La Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP) registró 8.961 casos documentados en su informe Nunca Más, pero señaló que se trataba de una lista abierta e incompleta debido al carácter clandestino de la represión y a las limitaciones para recibir denuncias. Diversas investigaciones académicas y organismos de derechos humanos coinciden en que la magnitud total de las desapariciones es imposible de establecer con precisión, por lo que la cifra de 30.000 se utiliza como una estimación histórica y simbólica de la escala del terrorismo de Estado.

Definición La Convención Interamericana sobre Desaparición Forzada de Personas, firmada en 1994, lo considera como un delito de lesa humanidad imprescriptible y lo define del siguiente modo:

Contexto

Los gobiernos militares del período de 1976 a 1983 impulsaron la persecución, el secuestro, la tortura y el asesinato de manera secreta y sistematizada de personas por motivos políticos y religiosos en el marco de lo que se conoce como el terrorismo de Estado en Argentina. Esas prácticas fueron usadas en otras dictaduras de América Latina en el marco de la Operación Cóndor en Sudamérica y la Operación Charly en Centroamérica.

La razón de que un Estado totalitario recurra a este método es que busca la impunidad al dificultar la prueba del cuerpo del delito, el desconocimiento del destino de los desaparecidos infunde terror en las víctimas y en la sociedad y la falta de certeza acerca de lo sucedido dificulta la acción de los ciudadanos y favorece su división. La desaparición es lo que vuelve al opositor un homo sacer, es decir unas personas que pueden ser asesinadas impunemente.

El procedimiento de hacer desaparecer a los opositores es un método represivo que se basa fundamentalmente en la producción de desconocimiento. Por eso, saber qué pasó, recuperar la memoria y exigir la verdad, se volvieron reclamos principales de las víctimas y de las organizaciones de derechos humanos. Una de las consignas que refleja esta preocupación, cantada en las marchas de protesta contra el gobierno militar, decía: «¡Los desaparecidos, que digan donde están!».

La desaparición de personas genera una situación de agravamiento de la represión y las heridas, debido a las dificultades para los familiares de «dar por muertos» a sus seres queridos y finalmente dar por finalizada la búsqueda de sus restos y la averiguación de lo que realmente les sucedió.

Antecedentes Decreto de Noche y Niebla de Hitler

El sistema de desaparición de personas fue racionalizado por primera vez por el nazismo, a partir del Decreto Noche y Niebla (Decreto Nacht und Nebel) de Hitler, del 7 de diciembre de 1941, cuyo texto fue reconstruido por el Tribunal de Núremberg. Los ideólogos del nazismo sostenían que el Decreto daba inicio a una «innovación básica» en la organización del Estado: el sistema de desapariciones forzadas.

La orden básica del Decreto de Noche y Niebla de Hitler era:

Según palabras textuales de Hitler, el resto de los opositores debían ser detenidos durante «la noche y la niebla» (por el Decreto Nacht und Nebel) y llevados clandestinamente a Alemania sin dar otra información que el hecho de su detención.

Entre los fundamentos del decreto se explica que:

El texto reconstruido precisa que:

En Argentina, un camionero testigo de los vuelos de la muerte declaró que le preguntó a un militar sobre el destino de los cadáveres que traía, y este contestó: «Van a la niebla de ninguna parte».Martínez, Tomás Eloy (2006): «El Olimpo del horror: fue uno de los peores centros de tortura de la dictadura argentina de Videla», artículo del 1 de enero de 2006 en el diario El País (Madrid).

El Decreto de Noche y Niebla de Hitler es mencionado como antecedente de la política de desapariciones forzadas en Argentina, en algunas resoluciones judiciales. El juez español Baltasar Garzón lo menciona en una resolución del 2 de noviembre de 1999, por la que dispone procesar a 98 militares argentinos acusados de crímenes de lesa humanidad:

También es mencionado en la sentencia que en 2006 pronunció el Tribunal Oral en los Criminal n.º 1 de La Plata en el caso «Etchecolatz»:

Escuela francesa

La desaparición de personas como método represivo fue introducida en la Argentina por la llamada «Escuela militar francesa» desde los últimos años de la década de 1950. Francia había sufrido en 1954 la catastrófica derrota militar en la Batalla de Dien Bien Phu, contra la Liga para la independencia de Vietnam (Viet Minh), que puso fin a la guerra de Indochina y abrió el camino a la independencia de Vietnam. La derrota de Dien Bien Phu ante fuerzas militarmente inferiores pero con fuerte apoyo de la población, inconcebible antes de la misma, que llevó a la pérdida de la colonia de la Indochina francesa, produjo un shock en las fuerzas armadas francesas, formadas en la guerra convencional entre países. De esa coyuntura, surgió desde los propios militares franceses, la noción de «guerra subversiva», concepto que poco después fue reemplazado por «doctrina de la guerra revolucionaria» (DGR).

Pocos meses después del desastre en Indochina, Francia debió enfrentar otra guerra de independencia, esta vez emprendida por la guerrilla del Frente de Liberación Nacional de Argelia que, al igual que en Vietnam, contaba con fuerte inserción en la población colonizada. En ese contexto el coronel francés Charles Lacheroy publicó el libro La campagne d’Indochine, ou une leçon de guerre révolutionnaire (La campaña de Indochina, o una lección de guerra revolucionaria), donde expone conceptos tácticos y estratégicos que venía elaborando desde dos años antes. Lacheroy dice que la guerra revolucionaria es una «guerra de nuevo tipo» (nouvelle guerre), «no convencional» en la que la acción psicológica juega un papel fundamental, y la retaguardia se vuelve más importante que la tropa. Como el enemigo está inserto en la población, no se trata tanto de un combate por el territorio, sino de una lucha por los «corazones» y las «mentes» de la población local. Lacheroy admite en su libro que en este tipo de guerras, se deben usar métodos «repugnantes para la conciencia humana».

El Ejército francés adoptó las ideas que venía difundiendo Lacheroy y las puso en práctica en Argelia, cuando la guerra de descolonización comenzó en noviembre de 1954. La tortura y la desaparición de personas fueron explícitamente utilizadas como armas y aplicadas sistemáticamente. Se crearon escuadrones de la muerte para secuestrar, interrogar bajo tortura y hacer desaparecer personas.

El coronel Marcel Bigeard, jefe de paracaidistas en Argelia, explicó en una entrevista en detalle como era la operativa:

Por su parte el general Paul Aussaresses completó el modo de operar del siguiente modo:

La línea de conexión entre las atrocidades del nazismo y Francia durante el gobierno de Vichy, con las guerras para preservar el colonialismo en Indochina y Argelia, y su persistencia en la extrema derecha francesa, han sido señalados por varios autores.

Desde mayo de 1958 las técnicas la DGR comenzaron a enseñarse a iniciativa de Bigeard. Los cursos utilizaron como texto el manual La guerra moderna, del coronel Roger Trinquier, donde se justificaba abiertamente la tortura. Los cursos se realizaron en la Escuela de Guerra de París e incluían un mes de «práctica» en Argelia. Los primeros alumnos fueron argentinos, entre ellos, el general Alcides López Aufranc, seleccionado por el Estado Mayor argentino para iniciarse en lo se llamó en Argentina, la «doctrina francesa».

Las técnicas fueron a su vez retrasmitidas a los militares argentinos en la Escuela Superior de Guerra de Argentina. y luego de la Escuela de las Américas.

Escuela de las Américas

La Escuela de las Américas, creada por Estados Unidos en julio de 1963 en la Zona del Canal de Panamá, fue uno de los centros principales desde donde se promovió la instalación de decenas de dictaduras totalitarias y el uso tanto del terrorismo subversivo, como del terrorismo de Estado y el narcotráfico, en América Latina. Allí recibieron entrenamiento, incluyendo formación ideológica sobre la Doctrina de la Seguridad Nacional de los Estados Unidos en la Guerra Fría, técnicas de tortura y manipulación de los medios de comunicación, más de sesenta mil militares y policías de hasta veintitrés países de América Latina, entre ellos varios criminales con actuación en Argentina, los dictadores Jorge Rafael Videla, Eduardo Massera, Roberto Eduardo Viola y Leopoldo Fortunato Galtieri.Kenzuo Ohgushi, Doctrina de Seguridad Nacional y el "Nuevo Profesionalismo" de los Militares Sudamericanos, Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Lima, Perú

En 1996 Estados Unidos desclasificó documentos conteniendo manuales de instrucción sobre el uso de la tortura, la extorsión o la ejecución sumaria, definiendo como objetivos de control o seguimiento a aquellos pertenecientes a organizaciones sindicales, literalmente: «distribuyesen propaganda en favor de los grupos extremistas de izquierda o de sus intereses», «simpatizasen con manifestaciones o huelgas», «acusaciones sobre el fracaso del gobierno en solucionar las necesidades básicas del pueblo».

Uno de los más célebres manuales de tortura fue el KUBARK. En él se describe el proceso de tortura mediante descarga eléctrica. Los manuales fueron desclasificados por la CIA en 1994.

Algunas de las denuncias formuladas contra la Escuela de las Américas por sus actividades criminales, provinieron del periódico panameño La Prensa la apodó «Escuela para asesinos». Jorge Illueca, presidente de Panamá, la llamó «la base gringa para la desestabilización de América Latina». En una carta abierta enviada el 20 de julio de 1993 al Columbus Ledger Enquirer, el comandante Joseph Blair, antiguo instructor de la Escuela de las Américas, declaró: «En mis tres años de servicio en la Escuela nunca escuché nada acerca de objetivos tan excelsos como los de promover la libertad, la democracia y los derechos humanos. El personal militar de América Latina venía a Columbus únicamente en busca de beneficios económicos, oportunidades para comprar bienes de calidad exentos de los aranceles de importación de sus respectivos países, y con transporte gratuito, pagado con los impuestos de los contribuyentes estadounidenses». De acuerdo con el senador demócrata Martin Meehan (Massachusetts): «Si la Escuela de las Américas decidiera celebrar una reunión de exalumnos, reuniría a algunos de los más infames e indeseables matones y malhechores del hemisferio».