La masacre de Múnich u Operación Ikrit y Biraam fue un atentado terrorista ocurrido durante los Juegos Olímpicos de 1972 en Múnich, Baviera, al sur de Alemania Occidental, cuando once miembros del equipo olímpico israelí fueron tomados como rehenes y asesinados por un comando del grupo terrorista Septiembre Negro, una facción de la Organización para la Liberación de Palestina, liderada entonces por Yasir Arafat. Poco después del comienzo de la crisis, los miembros del comando demandaron la liberación de 234 prisioneros alojados en cárceles israelíes, así como de los fundadores de la Fracción del Ejército Rojo, Andreas Baader y Ulrike Meinhof, encarcelados en Alemania.

Los atacantes, que contaron con asistencia logística de grupos alemanes neonazis, asesinaron a once atletas y entrenadores israelíes y a un oficial de la policía de Alemania Occidental. Cinco de los ocho miembros de Septiembre Negro resultaron muertos por la Policía durante el fallido intento de rescate de los rehenes. Los tres secuestradores que sobrevivieron fueron detenidos, pero liberados 53 días después tras el secuestro de un avión de Lufthansa. Israel respondió a los asesinatos organizando las operaciones Primavera de Juventud y Cólera de Dios, con el objetivo de castigar a todos los responsables de la masacre.

Antecedentes Al momento de producirse la toma de rehenes, los Juegos Olímpicos de Múnich 1972 transcurrían en su segunda semana. El Comité Olímpico Alemán, organizador del evento, se había propuesto como objetivo que la atmósfera de la villa olímpica fuese abierta y amistosa. Buscaban dejar atrás la imagen de los Juegos Olímpicos de Berlín 1936, explotados por la propaganda nacionalsocialista del régimen de Adolf Hitler. El documental Un día en septiembre da a entender que el dispositivo de seguridad en torno a la villa fue leve a propósito y que los atletas podían entrar y salir sin presentar credenciales. Varios atletas eludieron los puntos de control y escalaban el cerco perimetral.

La ausencia de personal de seguridad armado había sido motivo de preocupación para el titular de la delegación israelí, Shmuel Lalkin, antes de la llegada del equipo olímpico a Alemania. En entrevistas posteriores dadas a los periodistas Serge Groussard y Aron Klein, Lalkin declaró haber comunicado su intranquilidad a las autoridades alemanas. El equipo israelí se hospedaría en un sector un tanto aislado del resto, en un pequeño edificio cercano al alambrado, por lo que Lalkin entendía que los atletas se encontrarían en una situación vulnerable respecto de un asalto desde el exterior. Las autoridades habrían aseguraron a Lalkin que se proveería de seguridad adicional a la delegación israelí, pero Lalkin expresaría que dudaba de eso.

Los organizadores consultaron al especialista forense germano-occidental Georg Sieber para que creara veintiséis posibles escenarios de ataques terroristas y colaborase en su prevención. El «escenario 21» previsto por Sieber contemplaba una situación de asalto a las habitaciones de la delegación israelí por parte de un comando terrorista que a su vez requeriría la provisión de un avión para abandonar Alemania. La organización se resistió a la aplicación del escenario 21, ya que iba contra la imagen de «juegos felices» que buscaban, por lo que se negaron a aumentar la seguridad.

Desarrollo El asalto 300px|thumb|Vista frontal del apartamento de la villa olímpica donde se alojaba la delegación israelí y donde fueron retenidos. En la noche del 4 de septiembre, los atletas israelíes habían disfrutado de una salida por la ciudad antes de regresar a la villa. Hacia las 4:40 del día 5, mientras dormían, ocho miembros del grupo terrorista palestino Septiembre Negro, vestidos con trajes deportivos, llevando pistolas y granadas en bolsas de deporte, escalaban la reja de dos metros que rodeaba el complejo. Fueron ayudados por deportistas del equipo estadounidense que desconocían su verdadera identidad y creían que, como ellos, querían acceder a sus apartamentos tras una noche de diversión.

El entrenador del equipo de lucha, Moshé Weinberg, de 33 años, oyó un ruido en la puerta del primer apartamento, observó que alguien abría apenas la puerta. Se abalanzó dando un grito de alerta, mientras intentaba cerrarla forcejeó con los terroristas, que tenían sus pies en la otra pared y utilizaban sus fusiles como palancas. En la confusión, nueve atletas pudieron escapar; otros ocho se ocultaron. El luchador Yossef Romano forcejeó con un atacante y le arrebató su arma, pero resultó muerto por un disparo. Weinberg recibió un tiro en la cara que le atravesó las mejillas cuando intentó atacar a un terrorista con un cuchillo de fruta y fue obligado a conducirles a los otros apartamentos. El israelí descartó el apartamento n.º 2 y los llevó directo al n.º 3, donde se alojaban los más fuertes, creyendo que podrían reducirlos. Sin embargo, sorprendidos durmiendo, no lograron oponer resistencia. Weinberg intentó defenderse. Otro fedayín entró en pánico y le disparó. Su cuerpo fue dejado fuera del edificio.

Tras esa muerte, los terroristas tomaron como rehenes a nueve: David Berger, Ze'ev Friedman, Joseph Gutfreund, Eliezer Halfin, André Spitzer, Amitzur Shapira, Kehat Shorr, Mark Slavin y Yakov Springer.

Los secuestradores eran fedayínes palestinos procedentes de campos de refugiados de Siria, Líbano y Jordania. El grupo comando estaba compuesto por Luttif Afif (líder; tres de sus hermanos eran miembros de Septiembre Negro; dos estaban presos en Israel), Yusuf Nazzal (Tony), Afif Ahmed Hamid, Khalid Jawad, Ahmed Chic Thaa, Mohammed Safady, Adnan Al Gashey y su sobrino Jamal Al-Gashey.

Negociaciones miniaturadeimagen|273x273px|Fotografía que capta una de las imágenes más icónicas del secuestro y asesinato de 11 atletas israelíes en las Olimpiadas de Múnich de 1972. Poco después de las 06:00, los secuestradores lanzaron por la ventana los documentos que contenían sus demandas, aclarando que, de no ser cumplidas antes de las 09:00, un atleta sería ejecutado. El jefe de policía de Múnich, Manfred Schreiber, se personó y encontró a una joven guardia de seguridad hablando con un hombre de traje de safari blanco, un sombrero del mismo color y su cara ennegrecida con betún, quien se identificó como Issa. El Ministro del Interior, Hans-Dietrich Genscher y el intendente de la Villa Olímpica, Walther Tröger, llegaron minutos después y se le unieron para negociar. Genscher intentó explicarles a los palestinos la particular delicadeza de la situación en la que se encontraban debido a la historia reciente de Alemania, y se ofreció como rehén voluntario a cambio de los israelíes. Sin embargo, Issa se negó, alegando que la cuestión no se trataba de dinero o rehenes sustitutos, sino de los 236 presos.

Entretanto, un periodista de la República Democrática Alemana, Wolfgang Gitter, había logrado acceder a los apartamentos del equipo de su país y estableció contacto visual con los terroristas. «Cinco hombres armados sonríen a Gitter», figura en la cronología de eventos redactada por la Stasi, que había infiltrado a decenas de sus espías en las Olimpíadas. Por la ventana se asomaba Tony, el lugarteniente de Issa y apodado el Vaquero, dado que en todo momento llevó puesto un sombrero gris de ala ancha.

Los árabes comprendieron que el plazo fijado por ellos era irracional debido a que era preciso notificar a Israel de la situación, esperar que el gobierno deliberase y, en caso de una respuesta afirmativa por parte de Tel Aviv, ubicar los expedientes de todos y cada uno de los reos y efectivizar su liberación. Issa extendió el límite hasta el mediodía. Sin embargo, las 11:15 Israel comunicó al gobierno de la RFA que no habría negociación. Para conseguir tiempo, Schreiber hizo saber a los palestinos que aún no habían obtenido respuesta y que «si querían matar a uno o a cinco no podrían hacer nada para detenerlos». Issa le concedió una hora, aunque la atmósfera estaba lo bastante calma como para que el líder terrorista bebiese una gaseosa en la entrada del edificio, mientras que Tony (Nazzal) fumaba y se bronceara en la ventana del primer piso. Issa comentó a su interlocutora que, si no había noticias de Israel antes de las 13:00, quería que la prensa le tomara declaración y atestiguara la ejecución de dos atletas.

Schreiber se dirigió de vuelta al edificio y reconoció que aún no había progreso por parte del gobierno israelí para excarcelar a los 236 presos. Aun así, hizo saber al comando que Alemania había liberado a Andreas Baader y Ulrike Meinhof. Issa le concedió otras dos horas y pidió comida «para unas veinte personas». En ese momento, los alemanes decidieron entrar en acción: los alimentos fueron distribuidos en cuatro cajones, de tal manera que se necesitaran más personas para llevarlos arriba. Se preveía que dos policías disfrazados de cocineros entraran, contaran a los terroristas y verificaran la condición de los atletas. Sin embargo, anticipándose al plan, Issa insistió en llevar la comida él mismo. Merck, por su parte, partió en busca del embajador de Túnez, que también oficiaba como líder de la Liga Árabe. Ambos le exhortaron a que «muestre al mundo que los palestinos no son asesinos». Issa extendió el plazo hasta las 17:00, aunque era consciente de que era engañado.

A medida que pasaban las horas, el Comité Olímpico Internacional veía aumentar el descontento popular y la presión internacional exigiendo la suspensión indefinida de los Juegos, la cual no se produjo sino hasta las 15:30. El periodista israelí Dan Shilon afirmó que los medios de comunicación tuvieron una perspectiva muy cínica y se interesaron más por la audiencia que generaba la toma de rehenes que por la vida de ellos.

En este punto, los fedayines habían logrado el objetivo de hacer pública la causa palestina a lo largo del globo. Hacia las 16:20, la multitud en la Villa Olímpica era de entre 75 000 y 80 000 personas. Mientras Tony hacía el signo de la victoria desde la ventana del primer piso, Issa se ponía cada vez más nervioso y pensaba qué hacer con los israelíes. Pese a esta fachada, los palestinos sabían que no podrían mantenerse alerta y ocupar el edificio por mucho más tiempo. Issa había comentado a la oficial que desconfiaba de Schreiber y que los alemanes «estaban jugando con él».

Los alemanes también intentaron otro intercambio: los negociadores propusieron entregarse como rehenes sustitutos y acompañarían a los palestinos a cambio de que en un par de meses Israel dipusiece una liberación discreta de unos cincuenta presos. La propuesta tomó por sorpresa a Issa, quien decidió consultar con sus superiores de Septiembre Negro. Telefoneó a un hombre llamado Talal, quien se suponía en Túnez. Sin embargo, desconocía que este había sido detenido en el aeropuerto por carecer de visado y el teléfono fue atendido por otro Talal, quien no entendía por qué alguien lo llamaba desde Múnich y le hablaba en código. Issa creyó que el teléfono podía estar siendo intervenido y colgó. Esperó y llamó de nuevo, el Talal equivocado atendió otra vez e Issa se rindió. Les informó a los alemanes que la propuesta había sido rechazada. Aun así, no iban a permitir que los fedayines se salieran con la suya: se decidió asaltar el edificio. Debido a las restricciones de posguerra impuestas por los Aliados, el ejército alemán tenía prohibido movilizarse en tiempos de paz, de modo que la responsabilidad de las vidas de los atletas recayó en la policía de Múnich.

Operación Sonnenschein