La quiebra del Creditanstalt, el mayor banco austriaco, en mayo de 1931, supuso la extensión de la crisis económica mundial al centro y este de Europa. El hundimiento del banco desató una reacción en cadena que perjudicó primero a los bancos alemanes en junio y julio, precipitó luego una retirada de fondos de Londres y una devaluación de la libra esterlina en septiembre y finalmente afectó a los Estados Unidos entre septiembre de 1931 y enero de 1932, en donde varios bancos también quebraron.

Antecedentes Centro financiero del Imperio austrohúngaro, Viena mantenía una enorme influencia en las finanzas de Europa oriental en el período de entreguerras, tanto por ser la fuente de crédito para la región —situación surgida durante el periodo imperial— como por ser un centro importante de las inversiones occidentales en el sudeste europeo. Como gran parte de las mejores inversiones quedaron en manos de los bancos de las distintas naciones del antiguo territorio imperial, muchas de las realizadas por los bancos austriacos eran muy arriesgadas y tenían un gran peligro de impago. La gran inflación que siguió a la Primera Guerra Mundial, sin embargo, debilitó gravemente a los bancos austriacos al reducir el valor de sus fondos y hacer que las inversiones de estos se financiasen utilizando a menudo el dinero de sus depósitos, dada la falta de dinero propio. Ante la falta de recapitalización posterior, cuando llegó la gran crisis económica a finales de la década de 1920, el Creditanstalt apenas contaba con capital propio; esta escasez de capital hacía que cualquier pequeña pérdida pudiese causar la descapitalización total del banco.

A lo largo de la década, se había seguido un método para afrontar las quiebras de bancos —muy numerosas tras el estallido de la burbuja especulativa bursátil de 1924—: otras entidades habían absorbido a aquellas que se hallaban en apuros. En 1929, el Creditanstalt —el mayor banco austriaco y de la Europa oriental— había absorbido al segundo mayor, el Bodencreditanstalt, que tenía mayores inversiones en industria, aunque él mismo y se encontraba quebrado. La absorción se había realizado prácticamente por imposición gubernamental. La entidad absorbida contaba con ochenta millones de chelines, pero también con una deuda de ciento cuarenta millones, que se descubrió supuestamente más tarde, gracias a la auditoría de un contable británico. El Banco Nacional austriaco, no obstante, puso en marcha en 1929 una compleja red de cuentas en bancos intermediarios para contribuir —posiblemente de manera ilegal— al sostenimiento del Creditanstalt y compensarlo por las deudas heredadas del Bodencreditanstalt. En vez de prestar directamente al Creditanstalt, el Banco Nacional lo hacía de forma indirecta, a través de bancos intermedios. Los directivos del banco privado conocían, a pesar de sus declaraciones posteriores, la mala situación del banco absorbido —que otras entidades bancarias se habían negado a comprar— y desde ese mismo año falsearon sus propias cuentas para mostrar beneficios inexistentes.

Además, la Gran Depresión afectó duramente a la industria, en la que se hallaba gran parte de las inversiones del banco. Las industrias no depositaban su dinero en el banco, sino que utilizaban este como prestamista, de manera que cualquier contratiempo en la industria hacía que se redujese el valor de las propiedades industriales del banco y complicaba la recuperación de los créditos que este le había otorgado. Cuando estalló la crisis del Creditanstalt, la economía austriaca llevaba dieciocho meses en recesión. La crisis convirtió en incobrables numerosos créditos otorgados por la entidad. De los concedidos a los territorios del antiguo imperio, que suponían dos tercios de los préstamos al extranjero realizados, perdió doscientos sesenta millones. De los préstamos nacionales, el 40 % eran incobrables. Ante las dudas sobre la situación real del banco, sus directores decidieron en 1931 llevar a cabo una auditoría, que reveló que tres cuartos del capital se había perdido. El sistema de absorciones que había permitido anteriormente resolver de manera temporal las crisis bancarias resultó inservible esta vez: no existía ya ningún banco lo suficientemente grande como para adquirir el Creditanstalt. El único auxilio posible era el que pudiese provenir del Estado.

Quiebra y reflotamiento Estallido de la crisis e intentos gubernamentales de solución

La crisis se desencadenó por el anuncio del Creditanstalt de enormes pérdidas el . Según el anuncio, el banco, cuyos balances equivalían al del 60 % del resto de bancos del país, había perdido en 1930 ciento cuarenta millones de chelines, de un capital total de ciento sesenta y cuatro millones. Las pérdidas se debían a los malos resultados de las inversiones industriales del banco en el este europeo y a las deudas heredadas de la adquisición del otro gran banco austriaco, agravada por la retirada de sus fondos de parte de los inversores norteamericanos y británicos (principales extranjeros). Ante la desaparición de los fondos de la entidad, sus gestores decidieron acudir al Gobierno el 8 de mayo y comunicar su intención de anunciar la bancarrota. Después de intensas negociaciones entre el banco y el Gobierno austriaco durante el fin de semana, el lunes 11 de mayo se presentó un plan de rescate: habría una recapitalización de la entidad gracias a un préstamo conjunto superior a las pérdidas estimadas de ciento cuarenta millones de chelines.

Se consideraba al Creditanstalt tan importante para la economía nacional, que no se debía permitir su bancarrota. El Gobierno aportaría cien millones, treinta pondría el Banco Nacional y otros tantos la familia Rothschild —la principal accionista—. En la práctica, el Estado asumía el grueso de las pérdidas del banco y la crisis apenas afectaba a los accionistas: en vez de devaluarse un 80 % como exigían los resultados del banco, la acción apenas perdía un 25 % de su valor. Las enormes deudas de setecientos millones de chelines que el banco tenía con el Banco Nacional las asumió el Estado, que las dividió en dos: la mitad las pagaría con un crédito nacional, mientras que pospuso el pago de la otra mitad hasta 1946. Las Cortes aprobaron urgentemente una ley que permitía la aportación estatal al banco y la petición de un crédito complementario de ciento cincuenta millones, si este resultaba necesario. El plan no inspiró confianza alguna —justificadamente, ya que las pérdidas reales del banco eran mucho mayores de lo anunciado y llegaban hasta los novecientos millones de chelines— y se desató una retirada masiva de fondos del Creditanstalt. Su cotización en la bolsa austriaca se hundió: entre el lunes 11 y el martes 12 de mayo, las acciones perdieron un tercio de su valor. El pánico se extendió a otras inversiones extranjeras, que se retiraron rápidamente del país.

Extensión de la crisis: huida de capitales y búsqueda de créditos internacionales A la retirada de fondos del Creditanstalt le siguió la depreciación de la moneda nacional cuando los ahorradores, que desconfiaban de la situación financiera, se lanzaron a vender sus chelines para comprar divisas que consideraban más seguras. En dos semanas, el Banco Nacional, desbordado por la situación, solicitó en vano al Gobierno el cierre temporal de los bancos. La retirada de fondos del banco quebrado remitió en unos días, pero continuó, al principio debido a los reintegros solicitados principalmente por los depositantes austriacos, a los que luego se unieron los inversores extranjeros. Hasta el 27 de mayo, el Creditanstalt había tenido que entregar cuatrocientos millones de chelines, un quinto de sus depósitos. Por su parte, el Banco Nacional había tenido que hacer frente a una avalancha de pagos de sus bonos, que los inversores enajenaban antes de su vencimiento para recuperar al menos parte del capital. Las reservas de divisas se redujeron en once doceavos. Johann Schober, excanciller austriaco, ministro de Asuntos Exteriores durante gran parte de la crisis y defensor de la unión aduanera con Alemania para resolver los problemas económicos austriacos.|thumb|izquierda Alemania, que había recibido información del Gobierno austriaco sobre la crisis inminente en abril, ofreció inmediatamente un crédito que resultó ser insuficiente para las necesidades de los austriacos. Tras lograr un crédito de cien millones de chelines de un banco suizo —el Banco de Pagos Internacionales (BPI), al que el Gobierno austriaco acudió después de no obtenerlo del Banco de Inglaterra; los austriacos pidieron ciento cincuenta millones, pero solo obtuvieron cien—, los ataques financieros al Banco Nacional forzaron al Gobierno a solicitar un segundo crédito, que el banco suizo indicó se debía lograr en los mercados internacionales, en los que la influencia francesa fue determinante para frustrar las políticas alemanas. Los franceses, contrarios a la unión aduanera anunciada por austriacos y alemanes, estorbaban la concesión de créditos y los británicos exigían una garantía estatal de las inversiones en el banco quebrado para plantearse otras nuevas. El 28 de mayo, las Cortes austriacas aprobaron de urgencia una nueva ley, con el respaldo de la oposición socialdemócrata: el Gobierno se comprometía a garantizar durante dos años las inversiones en el Creditanstalt, tanto las existentes como las nuevas necesarias para reflotar la entidad, a pesar del enorme coste que esto suponía para el presupuesto nacional. El exiguo crédito del BPI, que llegó demasiado tarde para devolver la confianza a los inversores y ahorradores, obligaba al aval estatal.

El Gobierno decidió solicitar un nuevo crédito internacional de ciento cincuenta millones de chelines, que debía complementar el plan inicial de rescate. Alemania, sin embargo, fue incapaz de aportar la ayuda financiera necesaria y el mercado internacional estaba saturado de deuda austriaca; esta situación llevó al Gobierno a solicitar la ayuda del comité de control cuatripartito, formado por representantes de los países signatarios de los acuerdos de Ginebra de 1922. La comisión internacional de control —creada por los acuerdos de reflotamiento financiero de 1922— permitió al Gobierno emitir nuevos bonos por valor de ciento cincuenta millones de chelines, a pesar de la gran reticencia de Francia. El problema del Gobierno vienés consistía en venderlos: el Banco Nacional carecía de los fondos necesarios para adquirirlos, Alemania tampoco estaba en situación de hacerlo y el Reino Unido se negó a ser el primero en comprarlos. Viena quedaba a merced de París, situación que había deseado evitar, sin éxito.

Por otra parte, las medidas para sostener el banco permitieron a la Heimwehr criticar con dureza al Gobierno y su gestión de la crisis, aprovechando el descontento popular por la situación. La formación exigía una investigación de la gestión del banco, la detención de los culpables de la bancarrota y el embargo de casi todos sus bienes.

Rescate temporal británico, ineficacia alemana y presión francesa La quiebra del Creditanstalt en mayo de 1931 puso en duda la capacidad de Austria de pagar sus créditos internacionales y obligó al Gobierno a buscar desesperadamente ayuda financiera internacional. La situación del Banco Nacional era además peor de lo que se apreciaba públicamente, ya que gran parte de sus reservas se hallaban en realidad inmovilizadas en préstamos clandestinos. Esta debilidad del banco austriaco aumentaba la vulnerabilidad de la divisa, ya que no se contaba con los fondos necesarios para defenderla. Tanto Alemania como Francia trataron de aprovechar la situación para controlar Austria.