thumb|Napoleón Bonaparte, primer cónsul. De François Gérard, 1803. El Consulado fue el régimen político que existió en Francia entre 1799 y 1804, durante la Primera República, tras el triunfo del golpe de Estado del 18 de brumario (9 de noviembre de 1799) que puso fin al Directorio (último periodo de la Revolución francesa) y proporcionó todo el poder al general Bonaparte. Durante sus dos primeros años se rigió por la Constitución del Año VIII hecha a la medida de Bonaparte, proclamado primer cónsul por diez años —como ha señalado Michel Péronnet, «la constitución del año VIII es el resultado de la voluntad de Bonaparte de asegurarse el poder»—. En 1802 se promulgó la llamada Constitución del Año X que convirtió a Bonaparte en cónsul vitalicio. Finalmente Napoleón Bonaparte se proclamaría en 1804 «emperador de los franceses» poniendo fin a la República y dando nacimiento al Primer Imperio.

Golpe de Estado del 18 de Brumario: el «ciudadano Bonaparte», primer cónsul (la Constitución del Año VIII)

Según un informe de la policía «la Revolución del 18 de brumario», como llamaba al golpe de Estado, no había provocado un gran entusiasmo entre la mayoría de la población, aunque tampoco se habían producido muestras de apoyo al régimen del Directorio derribado. Los «brumarianos» desplegaron entonces una gran campaña propagandística culpando al Directorio de todos los problemas que padecía la República y ensalzando la figura de Bonaparte («amigo inmortal de los franceses», «dios de la luz», se decía en un periódico). Se propagó la leyenda de que Bonaparte había sido amenazado de muerte por los diputados del Consejo de los Quinientos armados con puñales. Sin embargo, como ha señalado Jeremy D. Popkin, en aquel momento «ni el propio Bonaparte ni nadie sabía qué tipo de gobierno iba a sustituir al Directorio y qué parte del legado de la Revolución francesa preservaría o desharía». Lo que sí que estaba claro para las clases acomodadas, que mayoritariamente habían apoyado el golpe, era que había que «terminar definitivamente la era revolucionaria», como ha señalado Albert Soboul: Así lo expresó el 24 de brumario (14 de noviembre) Le Moniteur:

thumb|260px|Los tres cónsules fueron: Cambacérès, Bonaparte y Lebrun. Fue Sieyès —el primero de los tres miembros de la «comisión consular ejecutiva» salida del golpe, junto con Ducos y Bonaparte— quien presentó un boceto de Constitución que fue aceptado por Bonaparte en todo lo relacionado con el poder legislativo —compuesto por dos cámaras, Cuerpo Legislativo y Tribunado, no elegidas por los ciudadanos y sin iniciativa legislativa, más un Senado, cuyos miembros, también designados por el gobierno, eran vitalicios— pero rechazó la propuesta del poder ejecutivo formado por un grand électeur, que designaría a los otros dos cónsules, porque no estaba dispuesto a quedar relegado a un cargo prestigioso pero sin poder real. Tras mantener Sieyès y Bonaparte una reunión muy tensa que a punto estuvo de llevarles a la ruptura total, el primero cedió y aceptó la idea de Pierre-Louis Roederer, estrecho aliado de Bonaparte, de transformar el cargo de grand électeur en el de premier consul (primer cónsul) con poder para dirigir el gobierno y que los otros dos cónsules —nombrados como el primer cónsul por diez años— ostentaran poderes meramente simbólicos —de hecho el sueldo del primer cónsul será el triple que el de los otros dos—.

Bonaparte dejó que fuera Sieyès quien seleccionara a los otros dos cónsules y a la mayoría de los miembros de los nuevos órganos legislativos. Finalmente Sieyès renunció a ser cónsul, también su aliado Roger Ducos, y se nombró a Jean Jacques Régis de Cambacérès y a Charles-François Lebrun. Sieyès, que se quedó con la presidencia del Senado, fue compensado por Bonaparte con la concesión de una valiosa propiedad fuera de París. El nuevo Senado, el Cuerpo Legislativo y el Tribunado estuvieron formados por antiguos diputados del Consejo de los Ancianos y del Consejo de los Quinientos. Otros ocuparían el Consejo de Estado, el órgano encargado de redactar las leyes.

El 24 de frimario del año VIII (15 de diciembre de 1799), apenas un mes después del golpe, se promulgó la Constitución del Año VIII. Además de la nueva concepción del poder legislativo —«inteligentemente aniquilado al dividirlo en tres asambleas»— y del poder ejecutivo, de hecho en manos del primer cónsul, la Constitución presentaba otras importantes novedades respecto a las dos anteriores (la monárquica de 1791 y la republicana de 1793): no incluía ninguna declaración de derechos; preveía la posibilidad de suspender toda la Constitución en caso de «problemas que amenazaran la seguridad del Estado»; y el artículo que establecía que «el régimen de las colonias francesas está determinado por leyes especiales», que abría la posibilidad de restablecer la esclavitud, abolida en 1794. La monárquica Gazzette de France valoró así la nueva Constitución: «No hay que hacerse ilusiones en política. Los franceses no tienen ninguna salvaguarda contra la preponderancia del poder ejecutivo, y si es justo y sabio, lo será porque le interesa». Los cónsules anunciaron: «la Revolución está terminada».

Para legitimar su poder Bonaparte quiso que la nueva Constitución, en contra de la opinión de Sieyès, fuera refrendada por el pueblo mediante un plebiscito (en el que podrían participar todos los varones adultos, sin distinción de su riqueza) y ello a pesar de que las nuevas instituciones ya estaban funcionando con miembros nombrados por los cónsules. Pero la participación fue tan baja que Lucien Bonaparte, uno de los hombres clave del golpe de brumario y recién nombrado por su hermano ministro del Interior, tuvo que manipular las cifras pues solo se había emitido 1,6 millones de votos, por debajo de los 1,8 millones que habían apoyado la Constitución jacobina de 1793. Las cifras oficiales fueron tres millones de votos favorables contra 1562. No obstante, como ha comentado Jeremy D. Popkin, «el plebiscito permitió que Bonaparte compareciera como un representante elegido por el pueblo francés, a diferencia de los miembros de los tres órganos legislativos, ninguno de los cuales había sido elegido». Bonaparte se instaló en el Palacio de las Tullerías, la residencia en París del rey depuesto y guillotinado Luis XVI. Allí «comenzó a recuperar rituales públicos que recordaba a la corte real», ha señalado Jeremy D. Popkin. «No hubo consejo de ministros, y Bonaparte decidía todo en última instancia», ha destacado Albert Soboul.

Primer período (1799-1802): Bonaparte, primer cónsul por diez años thumb|Retrato de Bonaparte como primer cónsul por Antoine-Jean Gros (1802). Bonaparte se hizo con todo el poder y no toleró ningún tipo de críticas, ni siquiera por parte de aquellos que habían apoyado el golpe —el propio Sieyès estuvo vigilado por la policía que informaba de sus movimientos. Así, en enero de 1800 los cónsules anunciaron que se volvía al antiguo sistema de licencias para las publicaciones periódicas y prohibieron todos los periódicos que circulaban por París, excepto trece —nada más producirse el golpe ya habían sido clausurados los periódicos jacobinos—. Bonaparte sólo toleró un diario abiertamente contrarrevolucionario y antiilustrado, el Journal des Débats, que pronto se convirtió en el más leído en todo el país. Por otro lado, como ha señalado Albert Soboul, «el carácter policial del régimen se afirmó desde el principio», con el ministro Joseph Fouché al frente, como lo demostraba que las detenciones arbitrarias fueran cada vez más frecuentes, a lo que se sumó la reforma judicial, aprobada el 18 de marzo de 1800, por la que el propio Bonaparte era quien nombraba a los jueces (excepto los de paz), a partir de las correspondientes listas de notables.

Una pieza clave del «nuevo orden» fue la figura del prefecto, nombrado por el gobierno como la suprema autoridad en cada departamento, por encima de los órganos administrativos locales y departamentales electivos que se habían formado durante la Revolución. Contaba con el antecedente de los comisarios del gobierno nombrados por el Directorio y a muchos les recordaba a los intendentes del ancien régime, aunque tenían más poder que estos porque ya no tenían que enfrentarse a las instituciones abolidas por la Revolución, como los parlamentos. En la presentación de la ley por la que se creaba esta nueva institución, aprobada el 17 de febrero de 1800, un diputado del Tribunado había argumentado lo siguiente —«no se podía definir mejor el carácter centralizador y autoritario del nuevo sistema administrativo», ha comentado Albert Soboul—:

thumb|left|El rapto de las sabinas de Jacques-Louis David. El cuadro fue expuesto a finales de 1799, diez años después del cuadro El juramento de los Horacios. «El pintor pasa de presentar de manera heroica a los guerreros que juran defender su ciudad hasta la muerte, sin tener en cuenta, sus vínculos familiares, a la reconciliación entre los hermanos enemigos por medio de sus mujeres y hermanas, relegadas antaño a una resignación absoluta. Así, David da su visión, ambigua, desde luego, de la salida de la guerra civil... Eso se propone Bonaparte, al menos hasta 1802...».

Bonaparte también se ocupó de las rebeliones chuanes que se habían recrudecido en las regiones del oeste de Francia desde el verano de 1799. Envió tropas, pero también negoció con sus cabecillas intentando convencerles de que aceptaran el nuevo régimen. Las conversaciones se iniciaron el 14 de noviembre, solo cuatro días después del triunfo del golpe, y concluyeron con un armisticio acordado el 24 de noviembre. Sólo dos jefes chuanes no depusieron las armas y frente a ellos Bonaparte no dudó en declarar el estado de sitio y en establecer tribunales militares que impusieron penas de muerte a los rebeldes apresados.

Dentro de esta política de «pacificación» del país Bonaparte también se ocupó de la cuestión de los emigrés, anunciando que ya no se añadirían más nombres a las listas de los sancionados por haber huido de la Francia revolucionaria. Esta declaración animó a algunos emigrés a volver, a pesar de que las leyes contra ellos seguían vigentes por lo que no podrían recuperar sus propiedades, ni la plenitud de sus derechos. Tampoco olvidaron ellos sus propios resentimientos. El joven noble Chateaubriand, que había abandonado Francia en 1792, escribió que cuando caminaba por París tenía la sensación de «andar sobre sangre» (en referencia a «El Terror»). No obstante, Bonaparte solo fue tolerante con los emigrés que estaban dispuestos a aceptar el nuevo régimen y no con los que seguían defendiendo la monarquía —cuando el autoproclamado Luis XVIII le escribió prometiéndole una recompensa si restauraba la monarquía, Bonaparte le contestó: «No debéis esperar volver a Francia; tendrías que marchar sobre cien mil cadáveres. Sacrificad vuestro propio interés por la paz y la felicidad de Francia. La historia os lo agradecerá»—. thumb|Napoleón cruzando los Alpes por Jacques-Louis David (1802).