200px|miniatura|Lignum crucis del monasterio de Santo Toribio de Liébana (Cantabria, España), considerado por la Iglesia católica como el trozo más grande que perdura hasta el presente de la cruz de Cristo 200px|miniatura|Relicario del lignum crucis de la Cofradía de la Santa Vera Cruz de Valladolid (anónimo, 1500-1550), el último de los ocho pasos que en la noche de Jueves Santo realiza la cofradía en su procesión de Regla miniaturadeimagen|Monasterio de Santo Toribio de Liébana, donde se encuentra el fragmento más grande de la cruz de Cristo

El lignum crucis (literalmente, «madera de la cruz») es una reliquia del cristianismo que se refiere al madero o Vera Cruz usado por los romanos para crucificar a Jesús de Nazaret. Es considerada una reliquia de primer orden por el catolicismo y en la Iglesia ortodoxa.

Historia Hacia el año 326 la emperatriz Helena de Constantinopla (madre del emperador Constantino I el Grande) hizo demoler el templo de Venus que se encontraba en el monte Calvario, en Jerusalén, y excavar allí hasta que le llegaron noticias de que se había hallado la Vera Cruz. El viaje se había realizado con objeto de encontrar el Santo Sepulcro, que se hallaba perdido. Se inició la búsqueda debido al culto de la cruz, desde la muerte de Jesucristo. 200px|thumb|El hallazgo de la santa Cruz, por Agnolo Gaddi, Italia, . Según la Leyenda dorada de Santiago de la Vorágine, cuando la emperatriz (que entonces tenía ochenta años) llegó a Jerusalén, hizo someter a interrogatorio a los judíos más sabios del país para que confesaran cuanto supieran del lugar en el que Cristo había sido crucificado. Después de conseguir esta información, la llevaron hasta el Monte de la calavera (el Gólgota), donde el emperador Adriano, 200 años antes, había mandado erigir un templo dedicado a la diosa Venus. Se cree que en realidad el Gólgota era una antigua cantera abandonada con un macizo rocoso, poco útil para la construcción, que quedó sin utilizar y constituyó posteriormente el patíbulo donde colocaban las cruces los romanos. Esta cantera estaba fuera de la muralla, pero cercana a ella.

Santa Helena ordenó derribar el templo y excavar en aquel lugar, en donde según la leyenda encontró tres cruces: la de Jesús y la de los dos ladrones. Como era imposible saber cuál de las tres cruces era la de Jesús, la leyenda cuenta que Helena hizo traer un hombre enfermo, el cual al entrar en contacto con la cruz de Gestas empeoró en su salud, y al ser tocado con la cruz de Dimas quedó como había estado al principio, pero cuando fue tocado por la de Jesús, la Verdadera Cruz, se restableció por completo. El hallazgo de la reliquia se conmemoraba antiguamente en el mes de mayo con el nombre de fiesta de la Invención de la Santa Cruz (fiesta el 3 de mayo), nombre que se conserva aún en algunos pueblos, como es el caso de Guadilla de Villamar o en San Martín de Pusa.

La emperatriz y su hijo Constantino hicieron construir en el lugar del hallazgo un fastuoso templo, la llamada Basílica del Santo Sepulcro, en la que guardaron la reliquia. Mucho después, en el año 614, el rey persa Cosroes II tomó Jerusalén y, tras la victoria, se llevó la Vera Cruz y la puso bajo los pies de su trono, como símbolo de su desprecio a la religión de los cristianos. Tras quince años de luchas, el emperador bizantino Heraclio lo venció definitivamente en el año 628. Poco después, en una ceremonia celebrada el 14 de septiembre de ese año, la Vera Cruz regresó a Jerusalén. Fue llevada personalmente por el emperador, en una procesión conducida a través de la ciudad. Dice la leyenda que cuando el emperador, vestido con gran magnificencia y pompa, quiso cargar con la reliquia, fue incapaz de hacerlo, no siéndole posible hasta que no se despojara de todas las galas como muestra de la pobreza y la humildad de Cristo. Desde entonces, ese día quedó señalado en los calendarios litúrgicos como el de la Exaltación de la Santa Cruz.

Hallazgo de la reliquia Tras el Concilio de Nicea, Helena, madre del emperador Constantino, se habría trasladado a Jerusalén junto con una delegación imperial. No hay datos exactos del motivo de la visita ni del año, solo se sabe que fue entre los años 325 y 327. Eusebio de Cesarea indica que la intención de Constantino era erigir una iglesia del Santo Sepulcro (cf. Historia de la Iglesia IX III 41). Sin embargo, Eusebio no narra el descubrimiento de la vera crux («cruz auténtica»), se cree que por no reducir la gloria de Constantino en relación con el descubrimiento del Santo Sepulcro. Es Gelasio, también de Cesarea y discípulo de Eusebio, quien narra en su Historia de la Iglesia (escrita hacia el 390) los detalles del descubrimiento. Aunque el texto quedó perdido, contamos con una cita de la obra en la Historia de la Iglesia de Rufino (cf. X 7) que dice lo siguiente:

Análoga narración se encuentra en Alejandro de Chipre en su Inventio crucis y en Sócrates Escolástico que lo describe en su Historia ecclesiae añadiendo que el templo a Afrodita estaba todavía en pie cuando llegó Elena.

La Leyenda áurea En la Leyenda áurea (o Leyenda dorada) de Jacobo de la Vorágine, del , se indican detalles sobre el hallazgo de la cruz. Se dice allí que Elena, al llegar a Jerusalén, se reunió con los judíos que vivían allí pues le habían dicho que ellos tenían escondida la cruz. Ellos se negaron a decirle dónde la tenían, pues había una profecía que indicaba que si era encontrada por los cristianos «desde ese momento la gente judía no reinaría más». Entonces, Elena montó en cólera y amenazó quemar a todos los judíos de la ciudad y ante tal amenaza, le fue entregado un tal Judas que, según decían, sabía el lugar donde había sido escondida la cruz. Tras diversas torturas, consintió en llevar a la emperatriz al lugar y al estar sobre él, se difundió un perfume y un leve temblor del suelo. Judas se convirtió, se bautizó tomando el nombre de Ciríaco y él mismo cavó hasta encontrar las tres cruces que estaban bajo aquel sitio. Luego las colocó a los pies de la emperatriz. Para descubrir cuál de las tres era la del Señor, Elena hizo detener un cortejo fúnebre que pasaba por allí y acercó al muerto a cada una de las cruces. Ante la última, el muerto resucitó y se pudo comprobar así que esta era la cruz verdadera. Ciríaco, según esta leyenda habría sido obispo de Jerusalén tras Macario.

El hecho histórico El hallazgo, como se ha mencionado, es atestiguado por varias fuentes históricas. Ahora bien, el historiador Jan Villem Drijvers afirma que la «leyenda» habría sido puesta en circulación hacia el año 350 con la intención de autorizar un cierto primado para Palestina. Sin embargo, esta explicación ha sido muy contestada debido a que la mayoría de los testigos estaban vivos en aquel entonces y habrían dejado trazas de su disconformidad con las narraciones que andaban circulando. Además, el primado de Palestina era ya una realidad debida a las obras arquitectónicas encargadas por Constantino. Según los datos ofrecidos por los historiadores de la época, Elena vigilaba las labores de desmantelamiento del foro occidental de un templo consagrado a Afrodita. Mientras se realizaban estos trabajos, se encontraron las tres cruces, los clavos y el titulus crucis (el letrero mandado poner por Pilato a la cruz).

El problema vino para saber cuál de las tres cruces era la del Señor. Así, Teodoreto de Ciro dice: «No estaban seguros de cual de ellas había sostenido el cuerpo del Señor y recogido las gotas de su preciosa sangre» (Historia de la Iglesia I 17). Al parecer se encontró el titulus sobre la cruz del centro, lo que ayudó a distinguir cuál era. Así lo narra Ambrosio de Milán (De obitu Theodosii 45) y Juan Crisóstomo (Homilías sobre el evangelio de Juan 85). Sin embargo, Elena seguía llena de dudas (cf. Sócrates Escolástico, Historia de la Iglesia I 17). Según otras narraciones, la verificación se llevó a cabo por la curación milagrosa de una mujer enferma de «grave mal» (cf. Teodoreto de Ciro, Historia de la Iglesia). De cualquier forma, lo más probable es que la distinción se haya hecho gracias a las marcas de los clavos pues el Evangelio de Juan dice que solo Cristo fue clavado a la cruz. Elena misma, al volver a Roma, decidió que la cruz fuera partida en dos de manera que una parte de ella pudiera trasladarse a la capital del imperio. También el titulus fue partido en dos con idéntica motivación. Luego hay testimonios de Cirilo, obispo de Jerusalén (seguramente testigo del hallazgo) que dice en sus Catequesis: «todavía se puede ver hoy» (cf. Cat. X 19 pero también XIII 4).

Diversas vicisitudes En el año 613 los persas invadieron Jerusalén y aniquilaron la guarnición bizantina. El rey persa Cosroes II Abharwez (el Victorioso) mandó al obispo de Jerusalén deportado, junto con las reliquias de la cruz, a la ciudad de Ctesifonte, cerca de Bagdad. La indignación de los bizantinos fue tal que inmediatamente hicieron la guerra contra los persas. Tras la rendición del rey, el emperador Heraclio pidió que se le fuera devuelta la reliquia. Este se llevó en procesión la parte de la cruz a Constantinopla y mandó reedificar la iglesia del Santo Sepulcro. Un año después, las reliquias eran devueltas a Jerusalén. En el año 638 los musulmanes reconquistaron Jerusalén y con ella tomaron control sobre la reliquia de la cruz. Entre momentos de tolerancia y de venganzas, la cruz quedó en sus manos junto con la ciudad. Tras ser recuperada por los cruzados la ciudad de Jerusalén tomó el apelativo de civitas crucis pues ahí se encontraba la reliquia más importante de la cristiandad. Se encomendó su custodia a la Orden del Temple, que la portaba en las batallas más decisivas para asegurar la victoria.

Caída en manos del sultán Saladino tras la batalla de Hattin (1187), se pierde toda traza de la cruz, que es reclamada infructuosamente por el rey de Aragón Jaime II al sultán Muhammad An-Nasir, en las embajadas llevadas a cabo en el marco del rescate del comandante templario de la guarnición de la isla de Arwad (fray Dalmau de Rocabertí), las más intensas de las cuales son de 1303-1304 y 1305-1306 (llevadas a cabo por Eymeric de Usall).

Reliquias de la Vera Cruz Hay narraciones acerca de trozos de la cruz desde fines del , cuando se comenzó la repartición de fragmentos de ella. Las de las iglesias eran conservadas en cajas llamadas «estauroteca» que tenían forma de cruz y tenían al centro un vano para colocar la reliquia. Sobre el vano se solía poner una piedra preciosa que impedía el contacto visual con el trozo de madera. Desde el siglo las estaurotecas colocan un cristal en vez de la piedra. Las más famosas estaurotecas son: la de Limburgo (datada en el siglo ), la de la catedral de Cosenza y de la catedral de Nápoles (siglo ). También tiene renombre la de la catedral de Génova (siglo ).

En Europa desde la Edad Media, hubo muchas reliquias de la Vera Cruz al punto que Calvino llegó a decir (en su Traité Des Reliques, una obra de polémica) que con toda esa madera podría construirse un barco de gran tamaño.Juan Calvino, Traité Des Reliques. No obstante, en 1870 Charles Rohault de Fleury(fr) estudió el tema en su "Mémoire sur les instruments de la Passion" y llegó a la conclusión de que la suma de todas las reliquias de la Cruz existentes alcanzan a un tercio de una cruz de tres metros de altura.Según el artículo "The True Cross" en la Enciclopedia Católica. Una de las reliquias (considerada auténtica) se encuentra en la Basílica de la Santa Cruz de Jerusalén en Roma, a pocos metros de la Basílica de San Juan de Letrán. Otros fragmentos también se encuentran en España, en el monasterio de Santo Toribio de Liébana (Cantabria) en Caravaca de la Cruz, (Murcia) y en la Sacra Capilla del Salvador de Úbeda (Jaén).

Lignum crucis de Santo Toribio de Liébana

thumb|right|250px|Baldaquino que guarda el Lignum crucis en el monasterio de Santo Toribio de Liébana.