250px|miniaturadeimagen|Ración de Combate en el ejército francés. 250px|miniaturadeimagen|Ración de Combate del ejército español. 250px|miniaturadeimagen|Contenido de una ración de combate del ejército español.
Una ración de combate o ración de previsión es una comida empacada para ser fácilmente preparada y consumida por las tropas en el campo de batalla.
Este tipo de alimento suele ser muy útil en las operaciones de ayuda en caso de desastres porque pueden ser transportadas en grandes cantidades y ser distribuidas fácilmente. Cubren las necesidades nutricionales básicas a los damnificados hasta que se puedan instalar cocinas más permanentes.
Historia de la comida de combate La necesidad de desarrollar un aparato logístico de aprovisionamiento para las tropas nace de la Antigua Roma, cuando iba conquistando territorios cada vez más alejados de su capital, dando origen al concepto de «logística militar», aunque este término no fue acuñado hasta 1838 por el barón de Jomini. Podríamos definir la logística militar como el apoyo a las unidades operativas a través de la administración y distribución de material, equipo, alimentación…
Aunque a finales del siglo del ya había algunos conocimientos asentados sobre los principales nutrientes, no fue regulado en las raciones militares hasta la Primera Guerra Mundial, y mucho menos se había investigado sobre la influencia de la comida en los factores emocionales. Con el desarrollo de la ciencia y la investigación, las principales potencias europeas valoraron la necesidad de una correcta alimentación para los soldados y muchos investigadores empíricos incursionaron en el campo de los alimentos, teniendo como premisa su conservación sin deterioro de sus propiedades nutritivas, soportar condiciones extremas y su fácil transporte.
Origen de las conservas El origen de las conservas como alimento para las tropas lo encontramos en los ejércitos napoleónicos, por obra del maestro confitero francés Nicolás Appert en su tesis L’Art de conserver pendant plusieurs années, toutes les substances animales et végétales (1810). Tras catorce años de investigación, en 1810, recibió un premio del ejército francés (12.000 francos) por la invención de un método práctico y seguro para conservar la comida. «Recalcaba la importancia del uso de envases de cristal con cierre hermético e insistía en que, aplicando calor al contenedor lleno, se eliminaba el aire, creando así un vacío que prevenía que la comida se estropease. Sellaba con corcho los envases de cristal de boca ancha y los sumergía en agua hirviendo. Aunque desconocía por qué funcionaba, logró conservar con éxito más de cincuenta tipos de comida».
La realidad es que el ejército de Napoleón nunca llegó a gozar de esta ventaja. El señor Appert nunca logró proveer de alimentos envasados al ejército francés pues no contaba con una fábrica lo suficientemente grande ni preparada para producir los volúmenes requeridos. Otro de los inconvenientes fue el alto coste de producción de las conservas, por lo que finalmente, solo fueron consumidas por la nobleza para comer productos fuera de temporada.
Sin embargo, Peter Durand, un inglés que conoció la tesis de Nicolas Appert, consiguió en 1810 la patente de una lata de hierro cubierta con estaño para la conservación de los alimentos. Durand nunca llegó a fabricar las latas que inventó porque decidió venderle la patente a dos industriales ingleses: Bryan Donkin, el inventor de la bobina de papel y John Hall, propietario de una metalúrgica. Estos dos socios en 1813 comenzaron a suministrar conservas (a modo de experimentación) a la Royal Navy, a pesar de que aún no existía el abrelatas y el propio fabricante recomendaba abrirlas con un disparo de fusil. «A 177 llegaron los procedimientos para preparar conservas alimenticias – patentadas en Inglaterra – con privilegio de invención, en la primera mitad del siglo XIX»
Alimentación durante la primera Guerra Mundial Durante la “guerra de las trincheras” se evidenció la gran ventaja que suponía la comida en lata y las conservas. «El verdadero boom de las conservas se produciría con la Primera Guerra Mundial y los años inmediatos a ella. El negocio conservero auguraba las mejores perspectivas del sector agroalimentario». El enemigo bloqueaba la comunicación con la retaguardia, generalmente mediante bombardeos, dejando a las raciones enlatadas como única manera de subsistencia. De hecho, se introdujeron las «raciones de trinchera» y «raciones de reserva», que solo debían abrirse en caso de mucha necesidad.
Las cocinas suministraban alimento al frente cuando la situación era relativamente calmada. «Pan, jamón, queso, verduras y té en el caso de los británicos. Patatas, verduras, galletas, chocolate y café en las trincheras alemanas.» Fue en este periodo donde triunfó la Corned Beff de Leibig, citado anteriormente. Para animar a las tropas también recurrían a tabaco y pequeñas cantidades de bebidas alcohólicas: vino a los franceses, ron a los ingleses y licor a los alemanes.
Aun así, las latas de comida no consiguieron abastecer al cien por cien a los soldados y se dieron episodios de hambre en las espeluznantes trincheras. Ferdinand Gilson, en una entrevista documental, recuerda a sus ciento seis años las vivencias que aún mantienen en su memoria: «Si por casualidad aparecía un gato por las trincheras, a los quince minutos era una liebre. La decapitábamos con un golpe de bayoneta y la asábamos ¿Gatos? No había gatos en las trincheras».
Alimentación durante la segunda Guerra Mundial
Inglaterra El ejército británico fue el primero en utilizar una RIC parecida a como la conocemos nosotros en el ejército español, es decir, una caja con los alimentos listos para ser consumidos. La diferencia es que, en la inglesa, se introducía comida para todo el día y no separada en las diferentes comidas. Eran conocidas como Raciones de veinticuatro horas, suministradas a la tropa poco antes de entrar en combate. También cabe destacar las raciones COMPO (Compoud rations) comida ya preparada para catorce personas que solo había que calentar. Esto también evitaba en muchos casos que el ejército tuviera que depender de cocinas a retaguardia. Además, podría generarse un gran problema si el camino desde el frente de batalla hasta la zona de cocinas era tomado por el enemigo.
Sin embargo, las modernas “raciones de combate” no salvaron a Gran Bretaña de los problemas de abastecimiento, pues en gran medida dependía de Estados Unidos. A esto se suma que los submarinos alemanes bloqueaban el Atlántico y la comunicación entre ingleses y norteamericanos. Como expone Jesús Hernández «Los norteamericanos trataban de aportar las materias y alimentos de primera necesidad, pero hubo meses en los que eran escasos los convoyes que lograban llegar a los puertos ingleses; nada era más desalentador que la noticia de que un barco lleno de alimentos había sido hundido en medio del océano».
Hacia 1944 el tamaño del paquete se redujo pero aumentó la variedad de raciones, creando incluso raciones específicas para los combatientes del pacífico.
Estados Unidos Durante el periodo de entreguerras, Estados Unidos llevó a cabo una gran labor logística desarrollando una comida de campaña dividida en diferentes raciones. La ración A y C estaban compuesta en su mayoría por carne y vegetales que debían cocinarse, la B muy similar, pero con productos enlatados y por último, la ración D era específica para el regimiento de Caballería. Esta última ración contenía doce onzas de chocolate amargo (340 gr), mantequilla de cacahuetes y azúcar. Su alto contenido en azúcar hizo que quedara sin efecto debido a la sed que provocaba. Aparte de las otras cuatro raciones, existía la Assault Lunch, que era una ración más concentrada y ligera.
A pesar de la buena intención organizativa, estas raciones eran muy simples y con bajo contenido nutritivo, dejando a muchos militares con un pobre estado nutricional. Para dar una solución, Franklin D. Roosevelt, entonces presidente de los EE.UU., fundó la “Nutrition Conference for Defence”, «una iniciativa para ofrecer a los militares comida que no perturbara la química del cuerpo».
En su labor de renovación de su comida militar, contaron con la ayuda de Ancel Keys, que diseñó la conocida y demandada “ración K” (Field Ratio K). La ración contenía: dos paquetes de galletas, cigarrillos Chesterfield, chicles, azúcar, café instantáneo y una llave para abrir conservas, que podían ser de carne, fruta o queso. Además, contaba con cerillas y papel higiénico.
Como curiosidad, los participantes en el Desembarco de Normandía tuvieron una ración específica: galletas de la ración K, chocolate de la ración D, café soluble, caldo deshidratado, caramelos, barras de fruta, carne enlatada, goma de mascar y tablas multivitamínicas.
España
Origen Las famosas Raciones Individuales de Combate (RIC) implementadas en la alimentación de las tropas militares, en este caso concreto las del ejército español, durante los ejercicios de instrucción, maniobras o en combates de conflictos armados, no aparecieron hasta principios de los años 90.
Primero se crearon las “Raciones Colectivas de Campaña de treinta y seis plazas”, diseñada para cubrir las necesidades de un día. Estas mencionadas raciones se componían de tres paquetes con desayuno, primera y segunda comida, además de los suplementos para su consumo. Tenían una fecha límite de caducidad de unos dieciocho meses en el caso del desayuno y tres años en el caso del resto de comidas, posterior a la fecha de fabricación. Teniendo una prescripción con la información necesaria sobre las comidas, sus nutrientes y su preparación en los idiomas español, inglés y francés como lo establecía la normativa OTAN. Destacaban entre las comidas que podían incluir: conservas de bacalao con garbanzos de un peso de 3 kg, de estofado de ternera de 3 kg, de melocotón en almíbar y paquetes de pan galleta para cada comensal. Es decir 83,3 g de comida citada por individuo. Estas raciones colectivas se desarrollaron y aparecieron las “Raciones Colectivas de Campaña para doce plazas” y las “Raciones Colectivas de Campaña de diez plazas”, ambas con las mismas cantidades que la anterior, por lo cual el aporte alimenticio aumentó. Fueron creadas en 1995, y junto a ellas comenzaron a aparecer la “Ración Individuales de Combate” y las “Raciones de Emergencia”. Las colectivas fueron cayendo en desuso consolidándose las individuales.
La causa principal de la aparición de estas raciones de combate surgió en el periodo de las primeras Guerras Mundiales a nivel mundial y en las guerras de África a nivel nacional. En un principio las raciones eran elaboradas en cocinas de campaña, pero cuando comenzaron las guerras de trincheras, la comida tuvo que prepararse desde la retaguardia. «La comida en el ejército era lamentable, apenas recibían comida caliente cuando estaban en primera línea». Tenía como consecuencia que la comida le llegara fría a los soldados o que ni siquiera llegara a primera línea. Para evitar este problema se diseñaron una serie de raciones, que deberían de tener 4 000 kcal diarias, aunque con deficiencias vitamínicas, debido a la falta de verduras y fruta fresca.
La necesidad de estas raciones en el ejército español surgió durante las guerras de África, cuando los soldados seguían alimentándose de forma convencional, aunque cabe destacar la administración en posiciones alejadas y difíciles de alcanzar de alimentos en latas de conserva, pero sin acompañarlas de instrumentos para su preparación. No hubo cambios de gran importancia durante la Guerra Civil, utilizándose la ración en frío para unidades en movimiento.
Contenido nutritivo