La Semana Santa en Ayacucho es la festividad religiosa y cultural más importante de esta ciudad y constituye una de las muestras de fe y sincretismo religioso más destacadas de Latinoamérica y una de las más congregadas, por debajo de las realizadas en Sevilla. De origen español y realizada con variaciones desde la época virreinal, es una representación de la pasión y muerte de Cristo en una versión que mezcla la tradición católica con unos matices andinos, propios de Ayacucho y -en general- de la zona sur del Perú. Es declarada como Patrimonio Cultural de la Nación por el Ministerio de Cultura en 2022.

Realizada ininterrumpidamente desde hace más de 150 años y con una duración inusual de diez días, la Semana Santa es un evento masivo de fe e identidad cultural de la sociedad ayacuchana. Algunos de ellos se emiten por Internet.

Historia miniatura|thumbtime=97|Noticiario de la década de 1940 sobre la Semana Santa en Ayacucho, parte de la colección de la Biblioteca Nacional del Perú. La Semana Santa en el Aunque la Semana Santa fue posiblemente celebrada en la ciudad de Ayacucho desde la época virreinal, su importancia y parte de su estructura actual provienen de mediados del , de la coyuntura derivada del auge de la explotación del guano. Durante este período se hizo coincidir la celebración con el circuito de ferias ganaderas rurales que empiezan días antes en la cuenca del río Pampas y culminan el Sábado de Gloria en el cerro Acuchimay. En dicha época se instituyeron algunas de las procesiones emblemáticas que aún se siguen manteniendo en nuestros días, como la procesión del Domingo de Ramos y otras ya desaparecidas, como la procesión de la Virgen de la Soledad del templo de Santo Domingo el Viernes Santo.

Los días Lunes y Martes Santos salían pequeñas procesiones pero de forma interrumpida.Según un periódico local, «después de la bella ceremonia de las palmas, el lunes y martes santos parecen fríos: nada los distingue de los demás días [...]» (La Alforja, 1850: n°64). La Semana Santa ayacuchana mantuvo la siguiente estructura en la referida época: El Viernes de Dolores con «la procesión del crucificado en la parroquia de la Magdalena [cuyas] andas estuvieron regularmente adornadas» El Domingo de Ramos con la procesión del Señor del Triunfo desde el templo de Santa Teresa hacia la Catedral. El Miércoles de Encuentro con la procesión de Jesús Nazareno del templo de Santa Clara. El Jueves Santo, con la romería a los monumentos eucarísticos. El Viernes Santo con la procesión de la Virgen de la Soledad, del templo de Santo Domingo. El domingo de Pascua con la procesión de Resurrección que salía de la Catedral en la madrugada. Las ceremonias de Semana Santa presentaban algunos detalles que todavía mantienen en la actualidad, como las cenefas de cera que adornan las andas o el estallido de bombardas y cohetes en Pascua. José María Arguedas consideraba que estas cenefas de cera son de procedencia colonial y junto con la forma dialectal del quechua, la arquitectura huamanguina o la danza de las tijeras constituyen un indicador cultural de la existencia del área «pokra-chanka» conformada por los territorios de Huancavelica, Ayacucho y Andahuaylas.

Durante esa época, la Semana Santa se convirtió en una «infracción solemne del orden cotidiano» por la interacción desacostumbrada de los diferentes grupos sociales de la ciudad y que amenazaba con quebrar durante el tiempo festivo las rígidas fronteras sociales existentes en esa época. La fiesta reflejaba gráficamente los cambios que la sociedad local experimentaba en dicha época, caracterizados por la aparición de un grupo de terratenientes vinculados a la producción de trigo que progresivamente ingresaban a la vida política enarbolando un discurso liberal en confrontación con la élite burocrática y militar, y por la consolidación de los gremios de carniceros, vivanderas y artesanos de los barrios de la ciudad de Ayacucho:

La Semana Santa y la jerarquía eclesiástica de la primera mitad del thumb|250px|El Angelus en la víspera del Domingo de Resurrección en la Plaza de Ayacucho. thumb|250px|Plaza ayacucho 1920. miniatura|Esquina del tempo de Santo Domingo en 1924. Lugar del canto del Apuyaya Jesucristo en Viernes Santo En las primeras décadas del , en el Perú apareció una iglesia militante que cerraba filas frente a liberales, anarquistas, socialistas, masones y protestante, y a la vez defendía los valores tradicionales, la moral y las buenas costumbres. Para ello, desarrolló algunas estrategias de poder como formar alianzas con las autoridades políticas y militares. En Ayacucho, esta cruzada estuvo a cargo del obispo Fidel Olivas Escudero, quien además de intentar mantener la estructura social jerárquica de la localidad consideró como necesaria la regulación de ciertos rituales y fiestas como la Semana Santa, que eran espacios de dominio público y de relativización de las diferencias sociales.

Con estas disposiciones, no solo se eliminaron formalmente las procesiones del Lunes y Martes Santo, sino que además se reguló la participación de los actores sociales en cada etapa del ritual por edad, género y clase social. Por aquellos años además los efectivos del ejército o de la policía fueron incorporados al cortejo fúnebre, con la aprobación de la jerarquía eclesiástica y de los fieles que participaban en ella. Así, la Semana Santa quedó configurada del siguiente modo: El Viernes de Dolores como primer día de fiesta, con las procesiones del Señor de la Agonía y la Virgen Dolorosa en el barrio de la Magdalena.

El Domingo de Ramos con la procesión del Señor de Ramos o Señor del Triunfo.

El Miércoles de Encuentro con la procesión de Jesús Nazareno

El Jueves Santo con la romería a los monumentos eucarísticos.

El Viernes Santo con las procesiones del Señor del Descendimiento o del Santo Sepulcro y de la Virgen de la Soledad o Dolorosa

El Domingo de Pascua con la procesión del Señor de la Resurrección. Una distinción de la época fue también la forma de las andas en las que se pasean las imágenes: mientras que en la mayoría de las procesiones las andas de las otras procesiones de Semana Santa son adornadas con «cascos», frutos, cirios y waytas de cera acomodados sobre un armazón de maguey que es recubierto con cintas y triángulos de papel blanco y plateado, hay otras que son bastante sobrias y sin ningún tipo de recubrimiento.

En efecto, las andas de Jesús Nazareno del Miércoles de Encuentro, por ejemplo, presentan cuatro caras bellamente adornadas con cenefas de cera que rodean a la imagen y que rematan en un dosel que actúa como palio. Las del Viernes Santo no tienen caras de cera o dosel alguno; al contrario, el Cristo yaciente es paseado en una «urna de cristal».

Por otro lado, la imagen de la Dolorosa era acomodada sobre una plataforma cubierta con tela blanca y cintas plateadas, con cirios encendidos en cada uno de sus cuatro ángulos, y que culmina en una cruz con un paño blanco que se despliega desde su travesaño, sutilmente acomodada detrás de la imagen. Años después, la urna y la plataforma fueron cambiadas por las bellas andas talladas en madera que hoy salen en el cortejo.

De este modo quedó configurada la Semana Santa ayacuchana hasta mediados de siglo, como «una performance que reproducía las rígidas jerarquías que se habían establecido en la sociedad local en la primera mitad del siglo XX». Durante esta época, en Ayacucho existían dos grupos sociales y étnicamente diferentes: los terratenientes, propietarios de las haciendas, que en ocasiones también ejercían los puestos públicos y los campesinos que vivían en las comunidades o trabajaban en las haciendas en condiciones de explotación. Entre estos grupos estaban además los mestizos, que también eran propietarios de predios rurales o se dedicaban a las actividades comerciales y manufactureras, y los grupos de inmigrantes extranjeros que habían empezado a instalarse en las ciudades de Ayacucho y Huanta dedicándose al comercio. Todos ellos participaban de la fiesta, pero de manera diferenciada.

Semana Santa y turismo en la segunda mitad del miniatura|Procesión en Ayacucho Ya a inicios de la década del 1960, con un espíritu más pedagógico e iluminado por la ola reformista de la Iglesia Católica, el arzobispo de Ayacucho, Otoniel Alcedo, restituyó las procesiones de los días Lunes y Martes Santo, que habían sido suprimidas por la disciplina clerical de su antecesor. El periódicoaea de la Iglesia Católica informaba lo siguiente sobre las nuevas reformas de la Semana Santa:

Tras la restitución de las procesiones suprimidas, la fiesta entonces quedó configurada de la siguiente manera: El Viernes de Dolores con las procesiones del Señor de la Agonía y de la Virgen Dolorosa en el barrio de La Magdalena. El Domingo de Ramos con la entrada del chamizo y la procesión del Señor de Ramos. El Lunes Santo con la procesión del Señor del Huerto que salía de la iglesia de La Merced. El Martes Santo con la procesión del Señor de la Sentencia del templo de La Amargura. El Miércoles de Encuentro con las procesiones de Jesús Nazareno, la Virgen Dolorosa, San Juan y la Verónica del templo de Santa Clara. El Jueves Santo con la romería a los monumentos eucarísticos. El Viernes Santo con la procesión del Santo Sepulcro y la Virgen Dolorosa de la iglesia de Santo Domingo. El Domingo de Pascua de Resurrección con la procesión del Cristo Resucitado que sale de la Catedral.

Así, la Semana Santa adquirió el estatus de una celebración espectacular de diez días. Es que para esta época en la ciudad ocurría un reacomodo de su estructura social y mental, originado por la reapertura de la Universidad de San Cristóbal de Huamanga (a quien se le encargó la procesión del Lunes Santo) y por la influencia creciente del sector estatal (el Poder Judicial tendría el encargo del Martes Santo), y caracterizado por la aparición de una clase media compuesta por profesionales y comerciantes, el crecimiento de un sector popular y la secularización de las costumbres e ideas religiosas.

La fiesta se convirtió en espectáculo debido a la afluencia de visitantes tanto nacionales como extranjeros que fue tomada en cuenta por la jerarquía eclesiástica acaso interesada por la presencia de turistas en la representación, ahora que Ayacucho empezaba a ser considerado como destino turístico. Por tal motivo, el arzobispo Alcedo propició la formación de una Comisión de Semana Santa que velase por la adecuada organización de la fiesta y elaborase un programa general que incluya principalmente las ceremonias religiosas y las procesiones.

Sin embargo, pese al carácter espectacular que adquirió, la fiesta sin embargo continuó reproduciendo el esquema de jerarquía y exclusión social que provenía de los tiempos del arzobispo Otoniel Alcedo. Así, el Viernes Santo mantuvo el protagonismo de la élite local que, dividida por género, participaba de la procesión, tal como lo notó la reportera de turismo Alfonsina Barrionuevo, quien presenció la Semana Santa ayacuchana en 1965:

Semana Santa y sociedad local contemporánea

La Semana Santa ayacuchana, al ser configurada por la Iglesia Católica hasta en dos oportunidades, quedó transformada entonces en la principal fiesta religiosa de Ayacucho, en la que participaban los distintos grupos sociales de la localidad de forma segmentada y excluyente, generando una distinción social durante el tiempo festivo. Sin embargo, a medida que se convertía en una representación festiva que reunía a devotos y turistas, terminó configurándose a la vez como una «instancia de reestructuración social y de socialización» (Briones, 2008) en la que los individuos y los grupos sociales adquieren presencia protagónica al expresar, restablecer y remodelar las relaciones sociales ordinarias, incluso de manera algo tensa o conflictiva, llegando además a afirmar una identidad en relación con su participación en la fiesta.