Se denomina senescencia a los cambios que suceden entre los elementos de un sistema producto del paso del tiempo (de una forma tiempo-dependiente) en relación con los sistemas materiales que presentan una cierta estructura u organización. Tales cambios (si no se deben a intervención: véase al final de este artículo "Programas de envejecimiento genético" o fallas drásticas en la dinámica normal) suelen ser irreversibles, de modo que es posible inferir el tiempo transcurrido a partir de la secuencia preestablecida para dichos cambios. En esta primera definición no se incluye ninguna referencia a la naturaleza del sistema material ni al hecho de que los cambios supongan un deterioro, aunque este último suele ser el caso debido a que las leyes de la termodinámica conducen inexorablemente a un aumento de la entropía.

Una definición más estricta hace referencia en aquellas evoluciones en los sistemas que supongan un deterioro del mismo, esto es, a la incapacidad para mantener la estructura, la integridad o el orden interno de dicho sistema. En este sentido cabría distinguirlo de su opuesto, una evolución hacia un mayor orden o clímax, y que conocemos como desarrollo o también sucesión si hablamos de ecosistemas. Cuando un sistema es invariable o no se deteriora con el tiempo, entonces decimos que ha aumentado su antigüedad, pero no ha envejecido.

Otra definición más orientada a la biología celular es aquella que engloba en la palabra "senescencia" el envejecimiento celular, que se refiere a determinadas células que tienen un número limitado de divisiones, como por ejemplo algunos fibrocitos humanos. Esto se debe al acortamiento de los telómeros cromosómicos, que impiden la pérdida de información genética por los extremos de los brazos cromosomales. Envejecimiento biológico

Definición El envejecimiento se refiere al conjunto de cambios y modificaciones morfológicas y fisiológicas que tienen lugar de forma gradual y paulatina, y están intrínsecamente relacionadas con el paso del tiempo.Rico-Rosillo, M. G., Oliva-Rico, D., & Vega-Robledo, G. B. (2018). Envejecimiento: algunas teorías y consideraciones genéticas, epigenéticas y ambientales. Revista Médica del Instituto Mexicano del Seguro Social, 56(3), 287-294. “El cambio gradual e intrínseco en un organismo que conduce a un riesgo creciente de vulnerabilidad, perdida de vigor, enfermedad y muerte. Tiene lugar en una célula, en un órgano o en la totalidad del organismo durante el periodo vital completo como adulto de cualquier ser vivo”. Diferentes manuales y revisiones sobre el tema coinciden, en lo esencial de esta definición:

a) En primer lugar, se distingue de cualquier cambio que sucede en los organismos por su aparición gradual, esto significa que es una parte sustancial del periodo vital de cualquier organismo. Por ello, es un proceso esencialmente dinámico y secuencial, divisible en etapas tan discretas como se desee. b) En segundo lugar, no se mencióna que sea algo “inevitable” o incluso “irreversible”, como aparece en otras definiciones, puesto que incluir en la definición estos adjetivos arroja un juicio de valor y sanciona como definitivo algo que la ciencia aún no ha podido elucidar, y sería afirmar sin fundamentos. En este sentido, el "Handbook of the Biology of Aging" tampoco hace referencia a que sea un proceso “inevitable”, específicamente para admitir la posibilidad de “sistemas sin envejecimiento” y tampoco “irreversible”, para admitir la posibilidad de que se pueda reparar el daño. c) En tercer lugar, se entiende que la consecuencia de este proceso es una secuencia estocástica o programada de daños que hacen que el organismo desempeñe sus funciones vitales con menos eficacia, pierda capacidad de homeostasis y además aumenta la probabilidad de que el organismo deje de vivir a medida que trascurre el tiempo. La dinámica del proceso se dirige por una función probabilística, para la cual dado un instante tn, existe una p(tn) ≠ 0 de que desarrolle disfunciones o que fallezca, asumiendo que esta función asigna valores de tn progresivamente crecientes. Habitualmente se ajusta a la curva de Gompertz. Por tanto, si esta probabilidad no crece, tendremos antigüedad, pero no envejecimiento.

Dividiendo el tiempo de vida La vida de un animal (como animal se incluye también al hombre) se suele dividir en distintas épocas, caracterizadas cada una por los cambios físicos y fisiológicos que suceden en estas, para el caso de los humanos las etapas de vida se dividen de la siguiente forma.

Infancia Adolescencia Adultez temprana Adultez media Adultez tardía Primera Vejez Segunda vejez

La edad también se puede dividir en el sistema decimal

Término Edades (inicio y final inclusive) Quinceañero 15 Veinteañero 20 a 29 Treintañero 30 a 39 Cuadragenario 40 a 49 Quincuagenario 50 a 59 Sexagenario 60 a 69 Septuagenario 70 a 79 Octogenario 80 a 89 Nonagenario 90 a 99 Centenario 100 a 109 Supercentenario 110 o más anciano/a

El envejecimiento a lo largo de la historia: primeras teorías Es de suponer que la humanidad intentó abordar y realizó especulaciones sobre las causas y posibles formas de combatir el envejecimiento desde el mismo momento en que tomó conciencia del fenómeno. La misma conciencia de la decadencia y la mortalidad nos sitúa ante uno de los problemas clave de la humanidad. Gerald J. Gruman nos ofrece un largo discurso sobre la historia de este empeño en “A History of Ideas About the Prolongation of Life”.

En una de las epopeyas más antiguas de la humanidad Gilgamesh, rey de Uruk, emprende un largo viaje, motivado por la muerte de su amigo, hacia la morada de Utnapishtim para que éste le revele el misterio de la inmortalidad. Al hallarlo, Utnapishtim le dice que se encuentra en la planta llamada “El hombre se hace joven en la senectud”.

La Grecia clásica Encontramos en la Grecia clásica los primeros intentos de organizar sistemáticamente los conocimientos por causas (λογος). Nos detendremos solamente en dos ejemplos:

Hipócrates liga el envejecimiento al desarrollo, dictaminando que el periodo de una vida es siete veces superior al de su desarrollo como adulto, utilizando el número mágico 7.

Aristóteles es el primero que aborda ampliamente una teoría del envejecimiento por causas en los pequeños tratados Sobre la duración y brevedad de la vida: Περί Μακροβιότητος καί βραχυβιότητος, Sobre la vida y la muerte: Περί ζωης καί θανάτου Sobre la respiración: Пερί άναπνοής, incluido en la recopilación conocida como Parva naturalia. Las traducciones siguientes entrecomilladas son mías, basadas a su vez en las traducciones latinas del renacimiento publicadas en el volumen III de la edición de referencia Aristotelis Opera de Bekker, en Berlín, 1874. En el capítulo cuarto de este tratado escribe:

Aristóteles veía la vida en términos de una combustión cuya sede era el corazón y por ello continúa en el capítulo 5

Continúa apuntando las causas que pueden motivar el envejecimiento:

La Edad Media Para una época en la que no se disponía de los conocimientos médicos modernos, la idea nos resulta sorprendentemente actual y sugerente. No es extraño por ello que el envejecimiento se explicara hasta el en términos de calor o de humedad, siguiendo al filósofo Estagirita.

Roger Bacon escribió en 1236 La cura de la vejez y la preservación de la juventud.

Otro Bacon, esta vez Francis Bacon en su The historie of life and dead advierte que si se quiere prolongar la vida se debe evitar que “la humedad se escape por la piel”, de modo que indica todo tipo de aceites y pomadas para evitarlo. En esta misma obra, siguiendo su doctrina empirista diseña un programa de investigación con una metodología asombrosamente actual, en la que examina factores que afectan a personas que viven en distintos lugares y bajo condiciones distintas.

La idea aristotélica de que el exceso de alimento puede hacer que el fuego arda demasiado deprisa inspiró a eremitas, anacoretas y todo tipo de ascetas, muchos de ellos de longevidad legendaria, la adopción de la llamada “dieta pitagórica”, es decir, frugal, sin carne ni vino ni habas (esto último para evitar el fabismo, aunque la aversión a las habas viene de la leyenda transmitida por Diógenes Laercio de que Pitágoras murió en un campo de habas, o la supuesta prohibición de consumir habas en la secta pitagórica original. Las virtudes de una dieta escueta en calorías han sido confirmadas por los estudios sobre la restricción calórica.

Renacimiento Durante el renacimiento italiano esta idea es tomada por los higienistas de la escuela médica de Padua, en particular por el noble italiano Luigi Cornaro, nacido hacia 1467 quien a los 35 años, débil, enfermo y agonizante comienza una dieta de restricción calórica y consigue llegar hasta los 104 años. La gran síntesis sobre los conocimientos médicos del envejecimiento la lleva a cabo Gabriele Zerbi en 1489, cuando publica en Roma una obra dedicada al papa Inocencio VIII llamada Gerontocomia scilicet de senum cura atque victu.

Queda para el mundo del misterio el intento de Descartes de encontrar la forma de prolongar la juventud, de la cual decía que era la principal meta de toda su filosofía. En una ocasión llegó a decir que se encontraba muy cerca de lograrlo. No es extraño que su muerte a los 54 años causara una conmoción entre sus discípulos.

El envejecimiento en la ilustración Joseph Priestley, codescubridor junto con Carl Scheele y Antoine Lavoisier del oxígeno, nos advierte en su tratado Experiments and Observations on Different Kinds of Airs, publicado en 1775 que En este pasaje vemos una síntesis de la teoría aristotélica con su propia idea del gas por el descubierto, que no deja de ser de algún modo anticipativa. En la línea higienista nos encontramos a Hufeland, que publica en 1796 su famoso Makrobiotik o el arte de prolongar la vida, empleando el término aristotélico. No en vano se había publicado recientemente la recopilación de Bekker en Berlín. Si bien empleando incorrectamente el término Μακρός.

Teorías de los siglos XIX y principios del XX Tanto la teoría de la evolución de Charles Darwin como el desarrollo de los conocimientos genéticos y los avances en la teoría celular transformaron profundamente nuestros conocimientos sobre los organismos vivientes y los procesos que tienen lugar en ellos. Sin embargo la implantación de estas ideas tuvo que esperar varias décadas. Un ejemplo de ello eran las teorías que vinculaban el envejecimiento en varones con el descenso en las secreciones testiculares. En este sentido fueron precursores de la llamada suplementación o reemplazo hormonal.

En 1889, Charles Edouard Brown-Sequard, un prominente fisiólogo francés, anunció a la Sociedad de Biología de París que había rejuvenecido su mente y cuerpo inyectándose un líquido extraído de testículos de perro y de cerdo de Guinea. Aparentemente las inyecciones no solo incrementaron su fortaleza física y energía intelectual, sino también aliviaron su estreñimiento y le alargaron el chorro de la orina. Más tarde, algunos cirujanos intentaron implantar testículos completos o rebanados dentro del escroto de receptores. Leo L. Stanley era médico residente en la prisión de San Quintín, en California. Comenzó trasplantando testículos (sacados de prisioneros recientemente ejecutados) en convictos en 1918. Algunos de los receptores refirieron una completa recuperación de la potencia sexual. Hacia 1920, la escasez de gónadas humanas indujo a Stanley a sustituirlos por testículos de carnero, cabra, venado y verraco, de los que él decía que funcionaban igual de bien. Continuó practicando cientos de operaciones, tratando pacientes con dolencias tan diversas como la senilidad, el asma, la epilepsia, la tuberculosis, la diabetes y la gangrena.