El Partido Nacional Revolucionario (PNR) fue un partido político mexicano activo entre 1929 y 1938. La muerte del presidente electo Álvaro Obregón en 1928, en torno a cuya persona se aglutinaban distintos grupos y dirigentes surgidos de la Revolución mexicana, acarreó un riesgo de dispersión política. En consecuencia y por iniciativa de Plutarco Elías Calles se fundó el PNR para transitar de un «gobierno de caudillos» a un «régimen de instituciones». No obstante, en la práctica la institucionalización política fue solamente de forma y de fondo se trató de un caudillismo orientado hacia su artífice.

Surgió como una coalición de partidos regionales de diversos estados de la República y más tarde se transformó en una organización centralizada cuando se introdujeron cambios en su estructura que disolvieron las entidades que la habían conformado. En su primera etapa siguió una ideología nacionalista y populista y su programa fue un proyecto capitalista que tomó en cuenta y subordinó a obreros y campesinos. Posteriormente, a partir de 1933 adoptó una postura más cercana al socialismo y en su programa político optó por un intervencionismo de Estado en ámbitos como la economía, la educación y la industria. En su segunda etapa también se efectuó la «semicorporativización de las masas», con la creación de confederaciones y otras organizaciones de obreros, campesinos y empleados públicos.

Definido como un partido oficial, introdujo cambios en el sistema político mexicano, como la regulación y contención de los movimientos políticos promovidos por el interés de obtener la presidencia del país y los «beneficios» asociados. A lo largo de sus nueve años de vida mantuvo una posición preponderante en la vida política nacional y de él surgieron los dos candidatos presidenciales vencedores en ese periodo. Sus métodos, sin embargo, alcanzaron niveles como la represión de opositores.

Calles se mantuvo como una pieza importante en las decisiones políticas tanto del partido, como del país, en un periodo conocido como Maximato, que se extendió de 1928 a 1935, año en el que su enfrentamiento con el presidente Lázaro Cárdenas provocó una crisis política. Como resultado, Calles salió del país exiliado y sus seguidores fueron eliminados del gabinete presidencial y del propio partido. El creciente apoyo de Cárdenas a los grupos obreros y campesinos incrementó el descontento para con la estructura partidista. En última instancia, el presidente abogó por transformar el partido para incorporar a los propios campesinos y obreros, así como a empleados públicos y militares. Finalmente, el PNR fue disuelto en 1938 y dio paso al Partido de la Revolución Mexicana.

Antecedentes thumb|right|235px|El presidente electo Álvaro Obregón el 2 de julio de 1928, días antes de su asesinato. Para Aguilar Camín y Meyer (2000), los primeros partidos políticos emanados de la Revolución mexicana manifestaban una reducida «vinculación con las masas» y, en realidad, fungieron más como vía para la promoción de intereses particulares. Estas formaciones tuvieron, por tanto, una «fragilidad» causada por su «clientelismo estrecho, marcadamente personalista». Entre 1917 y 1928, el ámbito político estuvo dominado por cuatro partidos de carácter nacional: el Partido Liberal Constitucionalista (PLC), el Partido Nacional Cooperativista (PNC), el Partido Laborista Mexicano (PLM) y el Partido Nacional Agrario (PNA). El primero fue el «instrumento político» de Álvaro Obregón durante su presidencia —1920 a 1924—, hasta su ruptura con los líderes de la formación, y el tercero el «brazo político» de la Confederación Regional Obrera Mexicana (CROM), encabezada por Luis N. Morones, y principal respaldo de Plutarco Elías Calles a lo largo de su mandato —1924 a 1928—. Estas formaciones convivían con caciques locales y organizaciones obreras y campesinas que, en su mayoría, eran aparatos de los propios caudillos.

El propio Obregón ya había planteado la creación de un ente similar al Partido Nacional Revolucionario (PNR). De acuerdo con Luis L. León, a principios de mayo de 1928, el expresidente le comentó su intención de crear un organismo en el que se fundieran los «grupos revolucionarios dispersos»: «En esta campaña electoral [elección presidencial de 1928] me he dado cuenta de que en materia política la Revolución está desorganizada. Toman parte en estas campañas los mal organizados núcleos burocráticos federales y locales y las organizaciones obreras y campesinas afines a la Revolución; la única fuerza realmente organizada es el Ejército». Dice Salmerón Sanginés (2000) que para este momento «prácticamente no había dudas de la consolidación» del régimen originado del conflicto armado. Sin embargo, aunque Calles le había proporcionado el «aparato institucional mínimo indispensable» durante su gobierno, un obstáculo para ese afianzamiento era la «falta de unidad del grupo gobernante».

Elección presidencial de 1928

En marzo de 1926, Obregón le manifestó al presidente Calles sus intenciones de volver a contender por la presidencia, ocasión en la que también afirmó sus temores de que ocurriera un conflicto electoral en 1928 entre las fuerzas revolucionarias por la falta de «un gran partido de los “revolucionarios”». Convencido «de que era el indicado para volver a ocupar la presidencia» y decidido a presentarse como candidato a los comicios de 1928, el expresidente asumió «el manejo de la maquinaria política que intentaría conducirlo nuevamente» al cargo. Aunque ese mismo mes aseguró que no había obstáculos para su reelección y tampoco necesidad de reformas constitucionales, estas últimas sí eran necesarias. Esta situación acrecentó los conflictos en la coalición parlamentaria entre PNA y PLM, que mantuvo una mayoría en el Congreso de la Unión y apoyó a Calles durante sus dos primeros años de gobierno. El 20 de octubre, la Cámara de Diputados aprobó con 199 votos a favor el proyecto de reforma de los artículos 82 y 83 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos y, el 19 de noviembre, el Senado hizo lo propio con cuarenta votos.

El 22 de enero del año siguiente, se publicaron las reformas que permitían a un presidente desempeñar nuevamente el cargo por un único periodo no inmediato al primero. En consecuencia, el Congreso de la Unión se dividió en antiobregonistas y obregonistas, que sostuvieron una frágil y fría alianza con los laboristas. Tres días después de que Antonio Díaz Soto y Gama, a nombre del PNA, le ofreciera la postulación, el 26 de junio, Obregón anunció oficialmente sus aspiraciones presidenciales. El Centro Director Obregonista, conformado por amigos cercanos y encabezado por Aarón Sáenz, dirigió su candidatura, que recibió el apoyo «entusiasta» de los agraristas y, más a regañadientes, del PLM, junto con otras formaciones políticas regionales. Al mismo tiempo se comenzó a formar una oposición a su reelección, en la que hubo un frente común entre los generales Francisco R. Serrano y Arnulfo R. Gómez. Ante las pocas posibilidades de ganar, planearon un golpe militar en octubre que les llevó a la muerte al ser descubierta la conspiración y allanó el camino para Obregón, aunque las diferencias entre sus seguidores y los laboristas llegaron a un punto álgido cuando, unos meses antes de los comicios, Morones expresó abiertamente sus desacuerdos con el expresidente.

De acuerdo con Loyola Díaz (1979), en su camino a la reelección, el exmandatario «logró aglutinar el poder necesario» para imponerse, lo que implicó integrar a caciques, organizaciones de masas, campesinas y obreras, cuadros militares, la burocracia política e incluso al propio gobierno callista. Al mismo tiempo, evitó sostener un programa político extenso «por temor a comprometerse». En la jornada electoral del 1 de julio de 1928, recibió el 100 % de los votos —1 670 453 sufragios— y sus seguidores recuperaron la mayoría en la Cámara de Diputados.

Asesinato de Obregón

El festejo de los obregonistas duró poco, pues dieciséis días después de las elecciones —el 17 de julio de 1928—, el fanático religioso José de León Toral asesinó al presidente electo durante un banquete ofrecido en su honor en el restaurante La Bombilla, en Ciudad de México. Inmediatamente surgieron acusaciones contra Morones y la CROM como responsables del magnicidio e incluso se sospechó de que Calles podría haber estado implicado. Sobre lo primero, Díaz de Soto y Gama aseguró al diario The World que el «autor intelectual del asesinato del general Obregón fue Luis N. Morones ». A solicitud del presidente, el 21 de julio renunciaron a sus cargos en el gobierno los laboristas Morones —secretario de Industria, Comercio y Trabajo—, Celestino Gasca —a cargo de la dirección de Establecimientos Fabriles y Militares— y Eduardo Moneda —que encabezaba los Talleres Gráficos de la Nación—. Para Zúñiga Aguilar (2011), en ese momento Obregón era el único actor político que «lograba aglutinar a los distintos grupos y dirigentes revolucionarios». Su muerte, por lo tanto, «presentó el peligro de una enorme dispersión política» y sumergió al sistema político en lo que parecía ser una «crisis de liderazgo». No obstante, poco a poco se produjo una tendencia «a dejar en manos de Calles la solución del problema».

El presidente negoció con otros líderes políticos y militares una transición institucional; ante un obregonismo debilitado y dividido, el mandatario «aprovechó tanto su división como el tiempo que le dieron, para formar un nuevo grupo gobernante y reconstruir su poder». Castro Martínez (2012) afirma que la muerte de Obregón «dejó en claro que la época del caudillismo había concluido y que ni Calles ni nadie estaba en condición de sustituirlo», lo que hacía necesaria la búsqueda de una «fórmula institucional que mantuviera la hegemonía revolucionaria». Frente a una visión de Obregón en la que el «poder lo debería concentrar e instrumentar el hombre particular», surgió el modelo político de Calles que buscaba consolidar el «aparato estatal posrevolucionario». Finalmente se acordó la nominación de Emilio Portes Gil, que acabó electo presidente provisional el 25 de septiembre de 1928 con 277 votos del Congreso. Sin embargo, la negativa del PNA de respaldar esta propuesta, ante el rechazo del político de romper con Calles, produjo un conflicto con el mandatario y finalmente la división del partido a inicios de 1929.

Fundación Comité Organizador miniaturadeimagen|izquierda|250px|Plutarco Elías Calles en 1924. Dos semanas después del asesinato, Calles le explicó a Portes Gil «la necesidad de crear un organismo de carácter político, en el cual se fusionen todos los elementos revolucionarios que sinceramente deseen el cumplimiento de un programa y el ejercicio de la democracia». El contexto político, que abarcaba la muerte de Obregón, la Guerra Cristera y los levantamientos de Serrano y Gómez, acabaron por convertir a Calles en el «hombre fuerte», en el «jefe Máximo de la Revolución». En su informe presidencial del 1 de septiembre de 1928, el mandatario recalcó «la necesidad que creemos definitiva y categórica, de pasar de un sistema más o menos velado, de “gobiernos de caudillos” a un más franco “régimen de instituciones”». Igualmente afirmó que no buscaría la prolongación de su periodo. Junto con su designación como presidente, a Portes Gil se le encomendó la organización de elecciones extraordinarias en noviembre de 1929.