La Jornada de Túnez, llamada Jornada de Carlos V a Túnez por Gonzalo de Illescas, es el nombre dado en las fuentes la expedición efectuada por el rey Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico en junio de 1535, por la cual restableció la influencia de la Monarquía Hispánica sobre Túnez, que había sido tomada por el corsario otomano Jeireddín Barbarroja en agosto de 1534.

Fue una de las operaciones anfibias más grandes de todo el ; el historiador Henry Kamen la considera la expedición más ambiciosa organizada por naciones cristianas hasta el momento en toda la historia del Mediterráneo oeste. Fue un despliegue logístico sin precedentes debido a sus dimensiones, complejidad y relativa rapidez, en el que se utilizaron varias clases de navíos, técnicas de asedio y la intervención de los recientemente creados tercios.Gutiérrez Cruz, R. (2025). "La logística de una gran operación de desembarco. Túnez 1545". Revista de Historia Militar, pp. 95-128 ISSN: 0482-5748Uceda Márquez, (2024) "Túnez y La Goleta (1535)". Revista general de marina, ISSN 0034-9569, T. 287, MES 2 (ag.-sept.), 2024, pp. 411-428 Debido a este y otros éxitos, Carlos fundó dos años después la infantería de marina española, que continúa siendo la más vieja aún en actividad.

La jornada destruyó la gran base naval que los otomanos habían montado en el Mediterráneo oeste, dejándoles únicamente con fuerzas suficientes para continuar con los saqueos civiles y la caza de esclavos habitual en la piratería berberisca.Mezzogiorno spagnolo: la via napoletana allo stato moderno, Aurelio Musi, pág.10 Sin embargo, la expedición no logró capturar a Barbarroja, que crecería en su papel como gran almirante turco. Túnez permanecería en manos hispánicas hasta ser capturada por los otomanos en 1569.

Antecedentes A finales de 1534 el Mediterráneo Occidental estaba amenazado por la flota del almirante otomano Barbarroja. El precio de los seguros marítimos se disparó, las ciudades costeras actualizaron sus defensas y pueblos enteros fueron abandonados. Se construyeron nuevas cadenas para bloquear la entrada a los puertos y más torres de vigilancia. El sur de Italia, bajo la corona española, ya había sufrido un ataque otomano, y hasta Venecia empezó a sentirse amenazada y comenzó a fabricar nuevos barcos, a pesar de la tregua que los venecianos mantenían con los otomanas desde que se firmara treinta años antes con el sultán Beyazid II. El mismo año, con una flota de un centenar de galeras turcas, Barbarroja se apoderó de Túnez, deponiendo a Bey háfsida Muley Hasán, vasallo de España.

El emperador Carlos fue consciente de que todos los mares de España e Italia se verían amenazadas si Barbarroja se asentaba permanentemente en Túnez y convertía la región en un enclave leal al sultán Solimán el Magnífico, que además contaría con el apoyo del rey Francisco I de Francia para operar desde sus puertos europeos. Por ello, sabedor de que sólo él tenía el poder para organizar la respuesta, en mayo de aquel año envió al espía genovés Luigi de Presenda para contactar a Muley Hasán, convocó cortes en Madrid para solicitar subsidios y mandó fortiicar las puertos virreinales de Nápoles y Sicilia. Así mismo movilizó a sus principales almirantes, Andrea Doria, líder de la república de Génova, y Álvaro de Bazán el Viejo, general de las galeras de España.

Por medio de Doria, Carlos solicitó además ayuda a los Estados Pontificios y a la Orden de Malta para formar una liga. El papa Paulo III dio su bendición, aunque no logró atraer a Francisco I a la alianza. Por el contrario, Francisco estaba en negociaciones con los otomanos para un ataque combinado contra Carlos y alertó a los otomanos de las intenciones del emperador. Enrique VIII de Inglaterra y la república de Venecia fueron invitados también, pero declinaron el ofrecimiento.

Presenda fue delatado por un contacto morisco y fue capturado, pero el genovés logró confundir a Barbarroja convenciéndole de que las fuerzas hispanoimperiales eran escasas y nunca podrían enviar contra él más de 150 naves. En todo caso, alertado por los franceses de que la armada iba contra él, Barbarroja dio orden de comenzar a fortificar Túnez y reunir allí toda clase de fuerzas musulmanas. Entre tanto el emperador ordenaba reunir en secreto grandes masas de tropas y naves de España, Italia y el Sacro Imperio Romano Germánico, incluyendo los recién creados tercios bajo el mando de Alfonso de Ávalos y Antonio de Leyva. A la alianza se sumó además Juan III de Portugal, cuñado del emperador, que envió al infante Luis. Durante meses, escuadras católicas se fueron concentrando en Barcelona a la espera de la partida.

Fuerzas enfrentadas Armada cristiana miniaturadeimagen|250x250px|Mapa del Mediterráneo Occidental. La flota aliada se reúne en Barcelona Durante todo el invierno Carlos I reunió la expedición marítima a Túnez. En Génova y Barcelona los barcos se cargaron de galletas, agua, pólvora, caballos, cañones y arcabuces. Reunió hombres y barcos de todo su imperio, incluyendo soldados y marinos desde diversos puntos de recogida costeros España, Alemania e Italia, además de galeotes protestantes traídos desde Amberes. La campaña fue en gran medida financiada por el oro conseguido por Francisco Pizarro tras el derrocamiento del emperador inca Atahualpa, traído por los galeones América para "la causa sagrada de la guerra contra el Turco, Lutero y otros enemigos de la fe" en una cantidad cuyo valor ascendió a 1.200.000 ducados. Como almirante de la flota nombró a Andrea Doria, y como general de las tropas terrestres a Alfonso de Ávalos, marqués del Vasto.

Otros destacados militares que incluía la armada eran Álvaro de Bazán el Viejo, capitán de las galeras españolas, además de Luis Hurtado de Mendoza, marqués de Mondéjar, junto con su hermano, Bernardino de Mendoza, así como un joven Fernando Álvarez de Toledo, duque de Alba. Los capitanes de los itálicos eran Fadrique de Carreto, Agostino Spínola y Girolamo Tutavilla, conde de Sarno, mientras que el de los alemanes era Maximilian Eberstain. Entre los españoles había veteranos como Francisco Sarmiento y Rodrigo de Ripalda.

Según las fuentes, en la flota iban 25.000 combatientes oficiales, entre los cuales había 13.000 españoles, 5.000 italianos y 7.000-8.000 alemanes, además de 700 caballeros de Malta. Duro da además 2.000 portugueses. Así mismo, Martín García Cereceda, presente en la expedición, habla de 32.000 aventuereros a sueldo y 20.000 voluntarios. Salvando posibles exageraciones, pero contando los marineros, los aventureros, los señores invitados y los miembros de los diversos séquitos, sin contar varios miles de damas o enamoradas que resultaron hallarse en los buques contra toda prohibición real, Duro calcula que probablemente la flota pasaba de 54.000 hombres y 2.000 caballos en total.

En cuanto a los buques, la armada reunió las escuadras española, genovesa y portuguesa, a la que se sumaron naves flamencas, y en último lugar las napolitanas y sicilianas traídas por Ávalos. En la flota había tanto naves de remo, entre las que había galeras, galeotas y fustas, como naves de vela, hallándose entre estas las naos, los galeones, las carracas y las urcas. Sandoval afirma que habían aproximadamente 80 naves de remo y 250 de vela, aunque recoge una fuente que da 145 y 275 respectivamente, sin contar ninguno de ellos embarcaciones de aventureros y agregados menores. Un número similar da el testigo Cereceda, afirmando que en total eran 412 cascos, sin contar embarcaciones muy menores. Duro postula alrededor de 100 de remo y 300 de vela. Se componía de las siguientes divisiones:

La marina genovesa de Andrea Doria, gran almirante imperial y también capitán general de la jornada, con 19 galeras. Incluían éstas la galera real del emperador, la Capitana o Bastarda, un cuatrirreme ricamente decorado de veintiséis bancos. Con él iban cinco galeras más de Antonio Doria y nueve de otros ciudadanos de la república. También venía con ellos gran galeón fuertemente artillado, capitaneado por Franco Doria, que servía como buque insignia de las naves de vela. La armada española reunida por Álvaro de Bazán el Viejo, con 15 galeras y multitud de carabelas, galeoncetes y transportes. Entre ellas había 80 naos gruesas fletadas en Málaga y encabezadas por una nao gigante apodada la Capitana, de seis gavias y que servía de barco hospital, además de 42 naos de la escuadra del Cantábrico llegadas desde Vizcaya. La armada portuguesa, con el famoso galeón São João Baptista o Botafogo, una nao y 20 carabelas, comandada por el Infante Luis de Avis, hermano de la emperatriz. Entre sus militares estaba João de Castro. Las escuadra de Sicilia de Berenguer de Requesens, con 10 galeras. También era de Sicilia el corsario Guglielmo Bellomo con un galeón muy artillado. La escuadra de Nápoles, con seis galeras comandadas por García Álvarez de Toledo y Osorio. La flota de los Países Bajos de los Habsburgo con 60 urcas y naos flamencas. La Orden de Malta bajo Aurelio Botigela, prior de Pisa, con cuatro galeras. La gran carraca de la orden, la Santa Anna, llegó separadamente a Túnez el 17 de junio como parte de una flotilla siciliana. La escuadra de los Estados Pontificios con doce galeras capitaneadas por Virginio Orsini, conde de Anguillara. El principado de Mónaco con dos galeras.

La disciplina y moral se mantuvieron altas en la armada en todo momento, hasta el punto de que según Sandoval, "era cosa notable ver un ejército de tantas y tan diferentes gentes, y tan conformes, que no hubo desmán ni pendencia de consideración entre ellos".

Ejército otomano thumb|Tropas otomanas en la conquista de Túnez, 1535. Barbarroja había preparado Túnez para la batalla, poniendo a 9.000 cristianos cautivos y multitudes de moros locales para levantar fortificaciones en toda el área de la urbe tunecina y la fortaleza portuaria de La Goleta. De acuerdo con las fuentes, inicialmente pensó en desplegar toda su flota, pretendiendo o vencer en el mar o escapar aun a costa de perder Túnez. Sin embargo, decidió al fin concentrar sus fuerzas en tierra, desconfiado de la lealtad de los tunecinos si embarcaba sus tropas. Para ello, dejó casi toda su flota, compuesta por más de un centenar de galeras y fustas, en el interior del lago de Túnez, detrás de La Goleta, y sacó de los buques todas las piezas de artillería y montándolas en las defensas terrestres, sólo dejando fuera quince galeras armadas. Llamó refuerzos de Argel, de Djerba, de Tremecén y de Constantinopla, y contrató a mercenarios de toda la región.

Entre sus capitanes se hallaban Hasán Aga, Sinán el Judío, Salih Reis y Aydin "Cachidiablo", además del jefe de jenízaros Jafar Aga y el jefe de los renegados cristianos Mustafá Cordobés, entendido en las propias tácticas españolas. Sus tropas más señaladas eran 8.000 turcos, 800 de ellos jenízaros, y tropas tunecinas consistentes en 7.000 lanceros, 8.000 arqueros equipados con flechas envenenadas y barbadas y 8.000 jinetes que montaban con similar equipo y tácticas a la antigua caballería númida. El tamaño total de su ejército es desconocido, pero según documentos capturados al secretario de Barbarroja, a mediados de julio disponía de hasta 150.000 hombres y 30.000 caballos nutriéndose de mercenarios y milicias. Según las crónicas, sus combatientes eran azuzados por morabitos y mujeres santas locales que animaban su fervor religioso, asegurando que estaban protegidos contra las balas enemigas. También se reclutó a mujeres, viudas de soldados caídos, con el fin de vengarlos o caer como ellos.

La operación

Travesía thumb|200px|Combate entre un barco español y uno otomano durante la jornada.