El Congreso de Viena fue un encuentro internacional celebrado en la capital del Imperio austríaco, entre el 18 de septiembre de 1814 y el 9 de junio de 1815, convocado con el objetivo de restablecer las fronteras de Europa tras la derrota de Napoleón Bonaparte y reorganizar las ideologías políticas del Antiguo Régimen.

Así pues, su intención era retornar Europa a la situación anterior a la Revolución francesa (1789), no solo para restablecer las fronteras nacionales trastornadas casi 20 años antes, sino también para asegurar un equilibrio de poder que evitase otra serie de conflictos armados a gran escala, como fueron las anteriores guerras revolucionarias francesas y las guerras napoleónicas.

Metas

La reunión abarcó desde el 18 de septiembre de 1814 hasta el 9 de junio de 1815. El congreso tuvo como bases dos grandes principios: el principio monárquico de legitimidad y el principio de equilibrio de poder, siendo el principal impulsor de la reunión el príncipe Klemens von Metternich, ministro de asuntos exteriores de Austria y destacado diplomático de la época.300px|thumb|Palais am Ballhausplatz, sede de reuniones diplomáticas en el Congreso de Viena, hoy Cancillería de Austria.Tanto Metternich como el otro gran diplomático presente, el británico vizconde de Castlereagh, comprendían la urgencia de que las potencias vencedoras de la guerra de la Sexta Coalición mantuvieran un equilibrio de poder en Europa y en paralelo previnieran que las ideas de la Revolución francesa cobraran nuevo impulso y generasen nuevas revueltas y conflictos en el continente europeo, por lo cual las decisiones del Congreso estarían marcadas por un firme conservadurismo político que favorecía la restauración inmediata de gobiernos absolutistas.

Para esto, Metternich y Castlereagh estaban decididos a invocar que los reyes europeos actuaran como "garantes personales" del equilibrio político en la "Europa de la Restauración", sofocando todo atisbo de liberalismo que amenazara a las monarquías europeas, implicando que la paz del continente solo podría lograrse mediante la mutua solidaridad de los monarcas absolutistas. Tal idea complació en particular al zar Alejandro I de Rusia, a quien Metternich confió especialmente este rol de "garante".

Actividad El Congreso de Viena no se realizó realmente con un método de sesiones plenarias, sino como una serie de conferencias bilaterales entre diplomáticos interesados en una cuestión específica, siendo que solo en su conclusión se redactó un acta general, que ni siquiera fue suscrita por todas las delegaciones presentes. De hecho, la actividad diplomática del Congreso pocas veces se ejecutó en grandes reuniones de trabajo, sino que se desarrolló principalmente en cenas, banquetes o bailes de gala, donde los diplomáticos podían reunirse de modo informal y luego concertar reuniones en pequeños grupos para llegar a acuerdos o defender un interés concreto, el cual luego se plasmaba en pactos con otros interesados. De ahí que la incipiente opinión pública europea dijera irónicamente que «el Congreso baila, pero no marcha» debido a la importancia de tales cenas y recepciones para el Congreso.

Por otro lado, enviaron delegaciones casi todos los Estados europeos, incluyendo a la derrotada Francia, aunque el plan inicial de Metternich era que las decisiones claves del Congreso fueran tomadas solo por los delegados de Gran Bretaña, Austria, Prusia y Rusia, al ser estas las potencias que habían sostenido el esfuerzo bélico de la guerra de la Sexta Coalición, excluyendo por completo a la derrotada Francia, pero también apartando de las decisiones relevantes a los aliados antifranceses más débiles como España, Portugal, Suecia, Piamonte-Cerdeña o los pequeños reinos alemanes como Hannover y Hesse-Darmstadt. La exclusión de España significaba el reconocimiento de la pérdida de su condición de gran potencia que había tenido hasta entonces.

Europa tras el congreso, con las grandes potencias en mayúscula.|thumb|upright=1.5 Cabe mencionar, además, al zar Alejandro I de Rusia, quien tuvo un papel clave en el Congreso y vino acompañado por sus consejeros Karl Nesselrode y el conde Andréi Razumovski con el objetivo de unificar los Estados alemanes para impedir un mayor crecimiento del Reino de Prusia e implantar un régimen constitucional en el sector ruso de Polonia uniendo esta a Rusia de modo definitivo, proyecto diseñado por el príncipe polaco Adam Jerzy Czartoryski, diplomático al servicio de Rusia.

Estuvieron presentes también Francisco I de Habsburgo y Federico Guillermo III de Prusia (este acompañado de Hardenberg y Guillermo de Humboldt), junto con representantes del Reino Unido, primero Lord Castlereagh y después el Duque de Wellington, quien tuvo que retirarse al campo de batalla cuando Napoleón escapó de la isla de Elba mientras se estaba celebrando el congreso en 1815 durante los Cien Días.

Metternich insistió en invitar al Congreso a antiguos aliados de Napoleón, como los reyes de Sajonia, Baviera, y Dinamarca, junto con el Reino de Nápoles, llegando inclusive delegaciones de Suiza, los Estados Pontificios y otra de Países Bajos. También hubo españoles (marqués de Labrador), portugueses (Pedro de Sousa Holstein, Conde de Palmela; António Saldanha da Gama; Joaquim Lobo da Silveira), Estados germánicos (Hannover, Baviera y Wurtemberg) y enviados de los Estados Pontificios y de San Marino. Del mismo modo llegaron a Viena delegaciones de diversos "grupos de presión" que empezaban a surgir en Europa: antiesclavistas, intelectuales judíos que pedían libertad religiosa, emigrados franceses requiriendo indemnizaciones, y hasta exgenerales napoleónicos reclamando conservar los bienes y honores otorgados por el Primer Imperio francés a cambio de jurar lealtad al nuevo régimen de Luis XVIII. Todas las delegaciones gubernamentales, ante el contexto que afrontaban, coincidieron en estar unidos y permanecer vigilantes contra los liberales, los republicanos y los ateístas.

Los diversos Estados alemanes fueron reducidos de casi trescientos sesenta a solo treinta y ocho, reunidos en la Confederación Alemana que debía presidir Austria, dando por extinto el Sacro Imperio Romano-Germánico y aceptando las mediatizaciones que habían dado más territorios a Baviera, Baden, Hesse-Darmstadt y Württemberg, fusionando minúsculos e imprácticos estados en grandes entidades administrativas.

Igualmente, Rusia consiguió que el Congreso le reconociese su posesión sobre Finlandia (entregada por Suecia en 1809) y sobre el Zarato de Polonia que había obtenido desde la última de las Particiones de Polonia de 1795. Del mismo modo, Prusia y Austria mantuvieron su dominio sobre los sectores de territorio polaco del que se habían apoderado en las Particiones, aunque instaurando la República de Cracovia como ciudad-estado independiente bajo protección de Austria.

El Reino de Prusia obtuvo que se le reconociese su dominio sobre las regiones de Westfalia y Renania, que tropas francesas habían ocupado intermitentemente desde 1792, así como asegurar su dominio sobre los sectores de Polonia que había obtenido desde las particiones de 1772 y sobre territorios de la antigua Confederación del Rin, impuesta por la Francia napoleónica. Logró además anexionarse gran parte del reino de Sajonia, que quedó reducido a poco más de la mitad de su antigua extensión.

Por su parte Austria recuperó todo el Tirol, logró que se le otorgase posesión efectiva sobre el Véneto y la Lombardía al norte de Italia, además de restablecer a monarcas de la casa de Habsburgo en los estados italianos de Toscana y Módena, lo cual la tornaba de facto en el mayor poder político de la península itálica; Austria también recuperó las Provincias Ilirias y Ragusa en la costa dálmata, pero debió ceder los Países Bajos Austríacos al reino de Holanda.

España y Portugal en el Congreso de Viena Pedro Gómez Labrador representó al rey español Fernando VII en los tratados de Congreso de Viena, pero su poca habilidad diplomática lo enfrentó rápidamente con la delegación de la derrotada Francia (apartada de las negociaciones relevantes al igual que España), siendo que la debilidad española impedía a Gómez Labrador ofrecer algún apoyo relevante a Gran Bretaña o Austria para que se consideraran sus intereses. La austeridad de la delegación española le impedía participar también de las cenas y banquetes que eran corrientes en el Congreso como eventos que permitían entrevistas diplomáticas de alto nivel.

Para colmo, Gómez Labrador pedía a las potencias europeas el apoyo para recuperar Luisiana (cedida por España a Francia, y luego vendida por Francia a Estados Unidos en 1803), el reconocimiento de sus derechos soberanos sobre las colonias de América que estaban en plenas guerras para obtener su independencia, al punto que el Virreinato del Río de la Plata era un territorio autónomo de facto desde 1810. España solicitaba además ayuda bélica de estas potencias -con tropas y armamento- para luchar en contra de los rebeldes alzados desde México hasta la Patagonia. Tales planes fueron descartados por los líderes de la Sexta Coalición al considerarlos muy poco realistas para la débil España y que imponían a las grandes potencias unos elevados costos a cambio de escasos beneficios prácticos, además que Gran Bretaña -cuyos comerciantes lograban grandes ventajas gracias a los "problemas españoles" en América- rehusaba apoyar tales proyectos. Ante esta situación, el jefe de la delegación francesa, Charles Maurice de Talleyrand, consideró "un completo inepto" a Gómez Labrador.

Incluso en Italia, el apoyo garantizado por el rey Fernando VII a las aspiraciones de su hermana María Luisa, antigua reina de Etruria, para que los Borbones de Parma fueran restituidos a su ducado epónimo, fue en vano. Por el contrario, el Ducado de Parma y Plasencia fue concedido a la antigua emperatriz de los franceses, María Luisa de Austria, mientras que los Borbones de Parma fueron mal compensados con el establecimiento del Ducado más pequeño de Lucca, que la Infanta María Luisa rechazó con desdén. Fernando VII se negó entonces a firmar el Acta Final del Congreso hasta la firma del tratado accesorio de París de 1817: con él se reconocía el derecho de reversión a los Borbones de Parma sobre su ducado epónimo a la muerte de María Luisa de Austria, fecha a partir de la cual también habría surtido efecto el derecho de reversión sobre el ducado de Lucca ya reconocido a los Habsburgo de Toscana.

A diferencia de la española, la delegación de Portugal limitó sus peticiones a que las grandes potencias reconociesen los derechos lusitanos sobre Brasil (que sí estaba bajo dominio efectivo de Portugal) y admitiesen la creación del Reino Unido de Portugal, Brasil y Algarve, en tanto el propio rey Juan VI aún residía con su corte y funcionarios en Río de Janeiro desde donde gobernaba Portugal y su imperio (de hecho, Juan VI no volvería a la metrópoli hasta 1821). Tal propuesta no implicaba compromiso alguno para Austria, Prusia y Rusia, y fue defendida por Gran Bretaña, que en la práctica dominaba el comercio exterior portugués.

Francia en el Congreso de Viena 250px|thumb|Charles-Maurice de Talleyrand-Périgord, diplomático francés. 250px|thumb| El príncipe von Metternich, diplomático austriaco.