El Imperio romano de Oriente, conocido historiográficamente como Imperio bizantino o BizancioGriego bizantino: Βασιλεία Ῥωμαίων; griego moderno: Ρωμαϊκό Βασίλειο, Βυζαντινή Αυτοκρατορία, Ανατολική Ρωμαϊκή Αυτοκρατορία, Ρωμανία o solamente, Βυζάντιο; latín: Imperium Romanum Orientale o Imperium Byzantinum., y denominado en sus últimas décadas por fuentes del mundo cristiano occidental e islámico como Romania, fue la continuidad oriental del Imperio romano desde el año 395 hasta la caída de Constantinopla en 1453. Su capital se encontraba en Constantinopla (griego: Κωνσταντινούπολις, actual Estambul), construida sobre la antigua Bizancio, importante ciudad colonial griega de Tracia fundada hacia el 667 a. C. Debido a su progresiva helenización cultural, lingüística y administrativa —especialmente por el reemplazo gradual del latín por el griego como lengua oficial durante el reinado de Heraclio—, parte de la historiografía moderna lo describe como un imperio romano de cultura griega, aunque sus habitantes se identificaban principalmente como romanos— algunos historiadores han optado por referirse a este Estado como un imperio esencialmente griego.
Durante los primeros siglos del Imperio romano, las provincias occidentales fueron romanizadas, pero las partes orientales mantuvieron su cultura helenística. Constantino I (r. 306-337) legalizó el cristianismo y movió la capital a Constantinopla. Teodosio I (r. 379-395) hizo del cristianismo la religión estatal y el griego gradualmente reemplazó al latín para usos oficiales. El imperio adoptó una estrategia defensiva y, a lo largo de su historia restante, pasó por ciclos recurrentes de declive y recuperación.
A lo largo de su dilatada historia, el Imperio bizantino sufrió numerosos reveses y pérdidas de territorio, especialmente durante las guerras contra los sasánidas, normandos, búlgaros, árabes y turcos. Alcanzó su mayor extensión bajo el reinado de Justiniano I (r. 527-565), quien reconquistó brevemente gran parte de Italia y la costa mediterránea occidental. Una plaga empezó alrededor del año 541, y una devastadora guerra con la Persia Sasánida drenó los recursos del imperio. Las conquistas árabes llevaron a la pérdida de las provincias más ricas del imperio—Egipto y Siria—a manos del Califato ortodoxo. En 689, se perdió África a manos del Califato omeya, pero el imperio se estabilizó bajo la dinastía isáurica. Se expandió una vez más bajo la dinastía macedonia, pasando por un renacimiento que duró dos siglos. Posteriormente, periodos de guerra civil e incursiones selyúcidas resultaron en la pérdida de la mayor parte de Asia Menor. Aunque su influencia en África del Norte y Oriente Próximo decayó como resultado de estos conflictos, el imperio continuó siendo una importante potencia militar y económica en Europa, Oriente Próximo y el Mediterráneo oriental durante la mayor parte de la Edad Media. El imperio se recuperó durante la restauración Comneno y Constantinopla continuó siendo la ciudad más grande y rica en Europa hasta el . Tras ello, el imperio comenzó una prolongada decadencia: fue en gran medida desmantelado en 1204, tras el saqueo de Constantinopla durante la Cuarta cruzada, cuando sus antiguos territorios fueron divididos entre estados remanentes griegos y reinos latinos. A pesar de que en 1261 se recuperó Constantinopla, el imperio reconstituido solo ejerció un poder regional durante sus últimos siglos. Sus territorios restantes fueron anexados progresivamente por los turcos otomanos en una serie de guerras libradas en los siglos y . La caída de Constantinopla en 1453 trajo el final del imperio, pero su historia y legados continúan siendo tema de debate hasta la actualidad.
Durante este milenio de existencia, el Imperio fue un bastión del cristianismo e impidió el avance del islam hacia Europa Occidental. También fue uno de los principales centros comerciales del mundo, estableciendo una moneda de oro estable que circuló por toda el área mediterránea. Influyó de modo determinante en las leyes, los sistemas políticos y las costumbres de gran parte de Europa y de Oriente Medio, y gracias a él se conservaron y transmitieron muchas de las obras literarias y científicas del mundo clásico y de otras culturas.
En tanto que es la continuación oriental del Imperio romano, su transformación en una entidad cultural diferente de Occidente puede verse como un largo proceso que se inició cuando el emperador Constantino I el Grande trasladó la capital imperial a Constantinopla en el año 330. Continuó con la división definitiva del Imperio tras la muerte de Teodosio I en 395 y la posterior caída en 476 del Imperio romano de Occidente, y alcanzó su culminación durante el , bajo el emperador Heraclio I, con cuyas reformas el Imperio adquirió un carácter marcadamente diferente al del viejo Imperio romano. Algunos académicos, como Theodor Mommsen, han afirmado que hasta Heraclio puede hablarse con propiedad del Imperio romano de Oriente, pues este sustituyó el antiguo título imperial de augusto por el de basileus (palabra griega que significa «rey» o «emperador») y reemplazó el latín por el griego como lengua administrativa en el 620, tras lo cual el Imperio tuvo un marcado carácter helénico.
En todo caso, el término Imperio bizantino fue creado por la erudición ilustrada de los siglos y y nunca fue utilizado por los habitantes de este imperio, quienes lo continuaron denominando Imperio romano (en griego: , Basileía Romaíon o , Romanía) durante toda su existencia.
El término «Imperio bizantino» miniaturadeimagen|300px|Imperio romano oriental en el 480. La expresión «Imperio bizantino» (de Bizancio, antiguo nombre de Constantinopla) fue una creación del historiador alemán Hieronymus Wolf, quien en 1557 —un siglo después de la caída de Constantinopla— lo utilizó en su obra Corpus Historiae Byzantinae para designar este período de la historia en contraste con la cultura griega y romana de la Antigüedad clásica. El término no se hizo de uso frecuente hasta el , cuando fue popularizado por autores franceses tales como Montesquieu.
El éxito del término puede guardar cierta relación con el rechazo histórico de Occidente a reconocer al Imperio romano de Oriente como continuación legítima de Roma, al menos desde que, en el , Carlomagno y sus sucesores esgrimieron el documento apócrifo conocido como «Donación de Constantino» para proclamarse, con la connivencia del papado, emperadores romanos. Desde esta época, en las tierras occidentales el título Imperator Romanorum (Emperador de los Romanos) quedó reservado a los soberanos del Sacro Imperio Romano Germánico, mientras que el emperador de Constantinopla era llamado, de manera un tanto despectiva, Imperator Graecorum (Emperador de los Griegos), y sus dominios, Imperium Graecorum (Imperio Griego), o incluso Imperium Constantinopolitanus (Imperio de Constantinopla). Está de más decir que los emperadores en Constantinopla nunca aceptaron estos nombres. Esta distinción tampoco existió en el mundo islámico. El Imperio bizantino fue conocido por los turcos como (Rûm, tierra de los Romanos) y sus habitantes como rumis, calificativo que por extensión acabó aplicándose a los cristianos en general, y en especial a aquellos que se mantuvieron fieles a su fe en los territorios conquistados por el islam.
El adjetivo «bizantino» adquirió después un sentido despectivo, como sinónimo de «decadente», debido a la obra de historiadores como Edward Gibbon, William Lecky o el propio Arnold J. Toynbee, quienes, comparando la civilización bizantina con la Antigüedad clásica, vieron la historia del Imperio bizantino como un prolongado período de decadencia. Influyó seguramente también en esta apreciación el punto de vista de los cruzados de los reinos de Europa occidental que visitaron el Imperio desde finales del .
La visión de los bizantinos como hombres sutiles y frívolos sobrevive en la expresión italiana «discusión bizantina», en referencia a cualquier disputa apasionada sobre una cuestión intrascendente, seguramente basada en las interminables controversias teológicas sostenidas por los intelectuales bizantinos.
Identidad, continuidad y conciencia Bizancio puede ser definido como un Imperio multiétnico que emergió como un Estado cristiano y terminó sus más de 1000 años de historia en 1453 como un Estado griego ortodoxo, adquiriendo un carácter verdaderamente nacional. Los bizantinos se identificaban a sí mismos como romanos, y continuaron usando el término cuando se convirtió en sinónimo de helenos. Prefirieron llamarse a sí mismos, en griego, romioi (pueblo griego cristiano con ciudadanía romana), al tiempo que desarrollaban una conciencia nacional como residentes de Romania.
El patriotismo se reflejaba en la literatura, particularmente en canciones y en poemas como el Digenis Acritas, en el que las poblaciones fronterizas (de combatientes llamados akritai) se enorgullecían de defender su país contra los invasores. Con el tiempo, el patriotismo se volvió local, porque no podía ya descansar en la protección de los ejércitos imperiales. Aun cuando los antiguos griegos no fueran cristianos, los bizantinos se enorgullecían de estos ancestros. Aun en los siglos que siguieron a las conquistas árabes y lombardas del y la consecuente reducción del Imperio a los Balcanes y Asia Menor, donde residía una muy poderosa y superior población griega, continuó este carácter multiétnico. A pesar de todo, desde el se agudizó el proceso de identificación con la antigua cultura griega.
A medida que avanzó la Edad Media pasaron de referirse a sí mismos como romioi (romanos) a helenoi (que tenía connotaciones paganas tanto como el de romios) o graekos (griego), término que fue usado frecuentemente por los bizantinos para su autoidentificación étnica, en especial en los últimos años del Imperio. La disolución del Estado bizantino en el no deshizo inmediatamente la sociedad bizantina. Durante la ocupación otomana, los griegos continuaron identificándose como romioi y helenos, identificación que sobrevivió hasta principios del y que aún persiste en la moderna Grecia.
Historia
Origen La partición demográfica y geográfica del Imperio oriental tiene mucho que ver con la fisonomía que había adquirido la herencia que dejaron las conquistas de Alejandro Magno (). Tras su muerte, el imperio helenístico quedó fraccionado en Grecia, Anatolia, Media, y Egipto. Los herederos (diádocos), mantuvieron enfrentamientos durante más de 100 años. Las pujas constantes terminaron debilitando a todos los reinos en cuestión, acudiendo a Roma como mediador entre sendas partes, fueron ocupadas paulatinamente y luego invadidas, entre los siglos y . Lo que a Alejandro Magno le llevó doce años, Roma lo hizo en 150 años: pasaron a ser todas provincias romanas (a excepción de Persia y Media oriental). Los rasgos característicos de todas las regiones eran su origen multiétnico, la pluralidad religiosa (predominaba el politeísmo de cada región) y la gran diversidad de idiomas. Se destacaba principalmente la ciudad que el macedonio fundó, Alejandría, centro de proliferación del saber y la ciencia. En sí, Roma optó en dejar «todo tal como estaba», pero importando recursos económicos, ingenieros, cientistas y pensadores trabajando para su imperio.
Para asegurar el control del Imperio romano y hacer más eficiente su administración, el emperador Diocleciano, a finales del , instituyó el régimen de gobierno conocido como tetrarquía, consistente en la división del Imperio en dos partes, gobernadas por dos emperadores augustos, cada uno de los cuales llevaba asociado un «vice-emperador» y futuro heredero césar. Tras la abdicación pacífica de Diocleciano, el primer tetrarca, el sistema perdió su vigencia y se abrió un período de guerras civiles que no concluyó hasta el año 324, cuando Constantino I el Grande unificó ambas partes del Imperio.