miniaturadeimagen|300x300px|La brecha de la Puerta Pía, a la derecha, en una fotografía de la época. La cuestión romana (; ) fue una disputa sobre el poder temporal de los papas como gobernantes de un territorio civil en el contexto del Risorgimento italiano. Finalizó con los Pactos de Letrán entre el rey Víctor Manuel III y el primer ministro Benito Mussolini del Reino de Italia y el papa Pío XI de la Santa Sede en 1929.

Interés internacional A partir del año 751 y a lo largo de más de un milenio, los papas fueron extendiendo gradualmente su control sobre las regiones que iban conformando los Estados Pontificios gobernaron buena parte de la península itálica, cubrieron las regiones italianas modernas de Lacio, Las Marcas, Umbría y Emilia-Romaña.

El 9 de febrero de 1849, la República Romana tomó el control del gobierno de los Estados Pontificios. En julio del año siguiente, una intervención de las tropas francesas restituyó al papa Pío IX en el poder, convirtiendo la cuestión romana en un tema de intenso debate incluso en la política interna de Francia.

En julio de 1859, tras el acuerdo entre Francia y Austria que puso fin a la breve segunda guerra de Independencia italiana, un artículo titulado The Roman Question («La cuestión romana») en Westminster Review expresó la opinión de que los Estados Pontificios debían ser despojados de las provincias adriáticas y restringidos al territorio circundante a Roma. Esto se materializó al año siguiente, cuando la mayor parte de los Estados Pontificios fueron anexionados por lo que se convertiría en el Reino de Italia.

Reivindicaciones del Reino de Italia

derecha|miniaturadeimagen|Proceso de unificación italiana. El 18 de febrero de 1861, los diputados del primer Parlamento italiano se reunieron en Turín. El 17 de marzo de 1861, el Parlamento proclamó a Víctor Manuel II rey de Italia, y el 27 de marzo de 1861, Roma fue declarada capital del Reino de Italia. Sin embargo, el gobierno italiano no pudo tomar posesión de su sede en Roma porque una guarnición francesa (la que había derrocado a la República Romana), mantenida allí por Napoleón III de Francia y comandada por el general Christophe Léon Louis Juchault de Lamoricière, defendía al papa Pío IX. Tras la firma de la Convención de septiembre, la sede del gobierno se trasladó de Turín a Florencia en 1865.

El papa se mantuvo totalmente opuesto a las ambiciones del nacionalismo italiano sobre Roma. A partir de diciembre de 1869, se celebró en la ciudad el Concilio Vaticano I. Algunos historiadores han argumentado que su proclamación de la doctrina de la infalibilidad papal en julio de 1870 tuvo causas tanto políticas como teológicas.

En julio de 1870 comenzó la guerra franco-prusiana. A principios de agosto, Napoleón III retiró su guarnición de Roma y ya no pudo proteger lo que quedaba de los Estados Pontificios. Numerosas manifestaciones públicas exigieron que el gobierno italiano tomara Roma. El gobierno italiano no intervino directamente hasta la captura de Napoleón en la batalla de Sedán. El rey Víctor Manuel II envió entonces al conde Gustavo Ponza di San Martino a Pío IX con una carta personal ofreciendo una propuesta que habría permitido la entrada pacífica del ejército italiano en Roma, bajo el pretexto de proteger al papa.

Según Raffaele De Cesare:

El ejército italiano, al mando del general Raffaele Cadorna, cruzó la frontera el 11 de septiembre y avanzó lentamente hacia Roma, con la esperanza de poder negociar una entrada sin resistencia. El ejército italiano llegó a las murallas aurelianas el 19 de septiembre y puso a Roma en estado de sitio. Pío IX decidió que la rendición de la ciudad solo se concedería después de que sus tropas ofrecieran una resistencia simbólica, suficiente para dejar claro que la toma no era aceptada libremente. El 20 de septiembre, tras un cañoneo de tres horas que abrió una brecha en las murallas aurelianas por la Puerta Pía, los Bersaglieri entraron en Roma (véase toma de Roma). Murieron cuarenta y nueve soldados italianos y diecinueve zuavos papales. Roma y la región del Lacio fueron anexadas al Reino de Italia tras un plebiscito.

De nuevo, según Raffaele De Cesare:

Dilema El papa Pío IX y sus sucesores, León XIII, Pío X, Benedicto XV y Pío XI, se cuidaron mucho de no reconocer la legitimidad del gobierno italiano tras la toma de Roma. Se barajaron varias opciones, pero existía un consenso generalizado de que Roma debía ser la capital para garantizar la supervivencia del nuevo Estado. Sin embargo, Víctor Manuel II de Italia se negó a residir en el Palacio del Quirinal, y las potencias extranjeras también se mostraron reticentes ante la medida. El embajador británico señaló la aparente contradicción de que un gobierno laico compartiera la ciudad con un gobierno religioso, mientras que el ministro de Asuntos Exteriores francés escribió:

Sin embargo, el gobierno rechazó tales sugerencias y el rey finalmente se instaló en el Palacio del Quirinal. Considerado por los ciudadanos romanos como el máximo símbolo de autoridad en la ciudad, el Quirinal había sido construido y utilizado por papas anteriores. Cuando le pidieron las llaves, Pío IX dijo, según se cuenta: «¿A quién creen que engañan estos ladrones pidiendo las llaves para abrir la puerta? Que la derriben si quieren. Los soldados de Bonaparte, cuando quisieron apresar a Pío VI, entraron por la ventana, pero ni siquiera ellos tuvieron la osadía de pedir las llaves». Posteriormente se contrató a un cerrajero.

Ley de garantías papales

La ley de garantías papales de Italia, aprobada por el Senado y la Cámara del Parlamento italiano el 13 de mayo de 1871, otorgaba al papa ciertos honores y privilegios similares a los del rey de Italia, incluyendo el derecho a enviar y recibir embajadores con plena inmunidad diplomática, como si aún conservara el poder temporal como gobernante de un Estado. La ley pretendía evitar un mayor distanciamiento del papa tras la unificación y fue duramente criticada por políticos anticlericales de todo el espectro político, especialmente de la izquierda. Al mismo tiempo, sometía al papado a una ley que el Parlamento italiano podía modificar o derogar en cualquier momento.

El papa Pío IX y sus sucesores se negaron a reconocer el derecho del rey de Italia a reinar sobre lo que anteriormente habían sido los Estados Pontificios, así como el derecho del gobierno italiano a decidir sobre sus prerrogativas y legislar en su nombre. Afirmando que la Santa Sede debía mantener una independencia manifiesta de cualquier poder político en el ejercicio de su jurisdicción espiritual, y que el papa no debía parecer simplemente un «capellán del rey de Italia», Pío IX rechazó la ley de garantías papales, que proponía un pago anual al papa.

A pesar de las reiteradas garantías del Estado italiano sobre la absoluta libertad de movimiento del papa dentro y fuera de Italia, los papas se negaron a salir del Vaticano y, por consiguiente, a ponerse bajo la protección de las fuerzas del orden italianas, ya que eso supondría un reconocimiento implícito del cambio de situación. En consecuencia, se les denominó «prisioneros en el Vaticano».

Durante este período, la nobleza italiana que debía sus títulos a la Santa Sede en lugar de al Reino de Italia pasó a ser conocida como la Nobleza Negra, ya que se consideraba que estaban de luto.

Planes para abandonar Roma En varias ocasiones durante su pontificado, Pío IX consideró abandonar Roma por segunda vez. Ya había huido de Roma disfrazado en noviembre de 1848, tras el asesinato de su ministro de Finanzas, el conde Pellegrino Rossi. Una de estas ocasiones tuvo lugar en 1862, cuando Giuseppe Garibaldi se encontraba en Sicilia reclutando voluntarios para una campaña con el objetivo de tomar Roma bajo el lema «Roma o Muerte». El 26 de julio de 1862, antes de que Garibaldi y sus voluntarios fueran detenidos en Aspromonte, Pío IX confió sus temores a Lord Odo Russell, ministro británico en Roma, y le preguntó si se le concedería asilo político en Inglaterra una vez que las tropas italianas hubieran entrado en la ciudad. Odo Russell le aseguró que se le concedería asilo si fuera necesario, pero afirmó estar seguro de que los temores del papa eran infundados.

Tras la toma de Roma y la suspensión del Concilio Vaticano I, surgieron nuevos rumores sobre la partida del papa. Estos fueron confiados por Otto von Bismarck a Julius Hermann Moritz Busch:

Uno de los confidentes del papa, Juan Bosco, un sacerdote y educador popular conocido por sus profecías, envió a Pío IX una nota escrita en tono profético: «¡Que el centinela, el Ángel de Israel, permanezca firme en su puesto, para custodiar la fortaleza de Dios y el Arca de la Alianza!». Pío IX aceptó y permaneció en su puesto como un prisionero autoimpuesto en el Vaticano; así lo hicieron sus sucesores, hasta que la firma de los Pactos de Letrán propició el reconocimiento de las libertades papales.

Pactos de Letrán

Los Pactos de Letrán resolvieron la cuestión romana en 1929; la Santa Sede reconoció la soberanía italiana sobre los antiguos Estados Pontificios e Italia reconoció la soberanía papal sobre la Ciudad del Vaticano. La Santa Sede limitó su solicitud de indemnización por la pérdida de los Estados Pontificios y de los bienes eclesiásticos confiscados por el Estado italiano a una cantidad muy inferior a la que le habría correspondido en virtud de la ley de garantías.

Literatura Novelas históricas como Fabiola y Quo vadis? han sido interpretadas como una comparación del trato que el recién formado Reino de Italia daba a los papas con la persecución a los cristianos en el Imperio romano.

Véase también Cuestión meridional Estado teatral

Referencias

Bibliografía

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